¡No le castigues!: sobre las pautas que hacen daño 

[…] Casi nunca pido a las personas adultas con las que trabajo que dejen de gritar, amenazar o castigar a sus hijas e hijos. […] 

Igual os explota la cabeza con lo que voy a decir, pero voy a decirlo:  

Casi nunca pido a las personas adultas con las que trabajo que dejen de gritar, amenazar o castigar a sus hijas e hijos.  

¿Comorrrrl?   

Vaya por delante que soy bastante sensible a las diferentes formas de maltrato que sufren las niñas, niños y adolescentes; y que considero que las que he nombrado antes son formas de hacerles daño. De hecho, mi trabajo consiste, principalmente, en lograr que las familias desarrollen formas de relación más satisfactorias y eso, en ningún caso, pasa por tolerar o sostener este tipo de comportamientos.  

¿De qué palo vas, entonces? 

Del que sé que funciona.  

Echa un vistazo y pregúntate qué pasa cuando le dices a un padre o una madre que no grite, amenace o castigue a sus hijas e hijos. No caben demasiadas opciones. O lo acepta, y es víctima de una profunda sensación de exposiciónremordimiento vergüeza, que le llevan a un peor estado nervioso autónomo; o no lo acepta, y proyecta el malestar que le hemos generados —sí, nosotras y nosotros— en terceros, resintiéndose probablemente la relación con las y los profesionales cuyo cometido es acompañar y ayudar en estos procesos.  

Pensad que cualquier tipo de conducta, especialmente las lesivas hacia las hijas e hijos, están cimentadas en toneladas de autojustificacionesnarrativas vitales y, lo que es peor, experiencias corporalizadas que protegen a las personas de sentirse una verdadera mierda; y que esta estructura no puede derribarse de un plumazo, porque deja a la peña expuesta a la maldita e inasumible Nada.  

Llegados a este punto, toca cuestionarse las pautas bienintencionadas que muchas y muchos profesionales volcamos en redes sociales, en plan, sé bueno y cariñoso con tus hijas e hijos, que es lo que mola, lo chuli, y lo que es bueno para ellos. Porque a menudo tienen el efecto contrario: alejar a las personas que maltratan de nuestro mensaje, activando la oposición y la resistencia, llamándonos comeflores, diciéndonos que no somos padres, que no tenemos ni puta idea y que nos metamos nuestro rollo chupijipi por lo más oscuro.  

Por el ojete, digo.  

Normal, porque duele, principalmente porque el mensaje les llega sin una preparación que permita una digestión saludable. Y porque estamos metiendo más tensión a gente que se le saltan los fusibles. Claro, entiendo que nos manden a tomar por culo.  

¿Cómo lo hago entonces? 

Pues con mitad de ciencia, y mitad de arte. Pero aceptando que cualquier reacción dañina de madres y padres hacia hijas e hijos no es tanto el resultado de una decisión meditada o consciente, sino el resultado natural de la activación o desactivación de sus sistema nervioso autónomo. Es decir, de un estado protector que, en muchas ocasiones, tiene escasa vinculación, integración o comunicación con la curiosidad y la compasión que se vive desde la calma.  

Vamos, lo de siempre, que el sistema nervioso simpático y el parasimático van a su pedo y no son de hacer demasiado caso al resto del mundo.  

Por eso se pueden mantener en el tiempo dichas conductas, porque cuando estoy jodido, no conecto con el daño que estoy haciendo, ni con lo que pienso y siento cuando mi mente está guay y quiere disfrutar de un helado.  

Por eso, lo primero es valorar en qué punto anda la peña. Si pendulan entre la sensación de seguridad, inseguridad y amenaza o se han quedado atascados. Porque, si el escenario es el primero, podemos lograr algo; pero si es el segundo, hay que hacer lo posible para desatascarlos. Y hay peña que podría con apoyo de otro tipo, y gente que no podrá en los tiempos que sus hijas e hijos necesitan, por lo que debemos valorar medidas de protección que pongan a las niñas y niños a salvo, mientras ellas y ellos se recuperan.  

Que sí, que es jodido y que no mola nada. Pero es lo que toca.  

Pero, en la mayor parte de los casos, nos encontramos con gente que sí pendula, es decir, que sí se mueve entre los diferentes estados, aunque su sensación sentida sea estar siempre en la lucha, la huida o el bloqueo. Y son estas transiciones las que debemos fomentar en las sesiones para que, poco a poco, disfruten del impacto que en ellas tiene el cuidado y el autocuidado: las pequeñas interacciones, gestos, palabras, tonos, contactos, que los llevan a un estado de mayor seguridad y calma. Porque, así, pueden empezar a sentir no sólo que actúan desde diferentes estados y perspectivas de las relaciones y del mundo, sino que siempre hay una salida a través del buen trato. Y es esta salida la que van a poder aplicar, primero para autorregularse mejor y, luego, para dar un mejor trato a sus hijas e hijos.  

Porque, aunque existen las personalidades psicopáticas, el maltrato en escasas ocasiones es el resultado de un deseo de dañar, sino del atasco del sistema nervioso autónomo. Un atasco que dificulta ver las necesidades, intereses y dolor de los pequeños; y que se resuelve cuando madres y padres pueden ver simultáneamente su forma de funcionar desde la seguridad, la sensación de peligro o la certeza de la amenaza. Y, sobre todo, cuando empiezan a sentir, muy dentro en el cuerpo, el impacto que tiene el buen trato en su sistema nervioso, llevándoles a sentir el deseo de que sus peques tengan la misma experiencia que, por fin, han podido disfrutar ellas y ellos.  

Así el coche se conduce sólo.  

La educación familiar no pasa nunca por cuestionar a las familias; y pasa, siempre, por integrar los diferentes estados del sistema nervioso a través de la conciencia y el buen trato.  

O es integradora, o es una mierda para todo el mundo.  

No sé cómo decirlo más claro.  


Lecturas recomendadas:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 

SIEGEL, D. y HARTZELL, M. (2012). Ser padres conscientes. Barcelona: La Llave 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

2 comentarios en “¡No le castigues!: sobre las pautas que hacen daño 

  1. Grace W.

    Gracias por compartir esto. No sé si entiendo bien lo que quieres decir con: que se resuelve cuando madres y padres pueden ver simultáneamente su forma de funcionar desde la seguridad, la sensación de peligro o la certeza de la amenaza. ¿algo así como poderse ver a uno mismo en perspectiva en las diferentes situaciones y eso ayuda a …¿poder explicar a uno mismo y a los hijos lo que ha pasado e intentar buscar formas de pasar de un estado a otro sin atascos??.

    Le gusta a 1 persona

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