[…] no tenemos tiempo —y yo me atrevo a decir que tampoco legitimidad empresarial o institucional— para hablar de estas cosas. Apenas nombramos los efectos que tienen en las personas el modelo de relación que creamos y sostenemos con ellas. Sin embargo, es el núcleo invisible de nuestro trabajo. […]
¿Cómo reconocer como una historia de dignidad, protagonismo y esperanza las microinteracciones que se producen a través del cuerpo?
¿Cómo unir nuestra propia historia de dolor y la de las personas a las que acompañamos en una narrativa de esperanza?
¿Cómo sostener una mejor relación con los síntomas de sufrimiento?
¿Qué pasaría si aceptásemos que formamos parte de la secuencia de interacciones que sostiene el síntoma?
¿Y qué hostias podemos hacer con eso?
Ni puta idea. Aquí no hay gurús, ni pollas en vinagre. Pero sí podemos crear un espacio que nos permita sentir más curiosidad hacia lo que acontece, maravillosa y mágicamente, en ese gran olvidado que es el sistema nervioso autónomo.
Somos un cuerpo que se protege, unido a una mente que da un sentido narrativo a esa experiencia.
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[…] En ausencia de esa interacción con lo real, serás, seré, seremos y cualquier persona será víctima de los prejuicios, para bien o para mal. Y los prejuicios tienen una cualidad extraña: se vuelven cada vez más grandes y rígidos si no se confrontar vivamente con la realidad. […]
[…] Porque identificar el amor con la agitación del corazón no es baladí, sino que contiene una serie de significados ocultos. Unos significados que, ahora que te has formulado la pregunta, quizás y sólo quizás, puedes empezar a vislumbrar. […]
[…] Porque, colega, estás hecha o hecho de relaciones y eso es justo de lo que vamos a hacer aquí, impartiéndote una materia que no está ni estará en las escuelas pero que el mundo necesita para hacer uso de su libertad. […]