Clase 2: ¿Dónde sientes el amor? 

[…] Porque identificar el amor con la agitación del corazón no es baladí, sino que contiene una serie de significados ocultos. Unos significados que, ahora que te has formulado la pregunta, quizás y sólo quizás, puedes empezar a vislumbrar. […] 

¿Dónde sientes el amor? 

Joder, pavo, menuda pregunta.  

Pues sí, repito: ¿dónde sientes el amor? Me refiero a en qué parte del cuerpo lo localizas. Es fácil, amiga o amigo, sólo tienes que poner la mano o la atención ahí.  

Hay una cosa del sistema educativo que me perturba. Nos enseña a buscar respuestas, pero no a formular las preguntas adecuadas. Y son justo éstas, las preguntas, las que estimulan la mente y permiten al pensamiento alcanzar nuevos niveles de apertura. Pero, oye, las preguntas no son neutras, sino que por definición cuestionan y, por tanto, comprometen el equilibrio y generan malestar.  

Así que responde, copón: ¿dónde sientes tú el amor? 

Lo normal es que respondas que, coño, es evidente, pues en el corazón. Ese órgano que se acelera al ver, oler o sentir el tacto de la persona amada. Evidente, ¿verdad? 

Pues déjame que te joda un poco la vida.  

Porque identificar el amor con la agitación del corazón no es baladí, sino que contiene una serie de significados ocultos. Unos significados que, ahora que te has formulado la pregunta, quizás y sólo quizás, puedes empezar a vislumbrar.  

Date un tiempo para pensar.  

Que no sigas, joder, hazme caso. Date un tiempo para encontrar por ti misma o mismo las respuestas, no dejes que sea yo quien te las imponga como un criterio de autoridad.  

¿Lo ves? 

Te voy a decir lo que pienso yo. Y es que es un error asociar el amor con la agitación del corazón y, en consecuencia, con la activación de nuestro sistema nervioso simpático, a saber, con la respuesta de lucha o huida. Esto no nos hace ningún bien.  

Porque esa concepción del amor, muy del romanticismo del siglo XIX, contiene la creencia —creencias son las ideas de las que no somos conscientes— de que el amor está relacionado, de alguna manera, con el peligro; y es justo eso, peligro, lo que es deseable sentir o esperar.  

¿Y tendrá esto algo que ver con la violencia contra las mujeres? No sé. Responde tú.

Hostia tú, lo que acabas de decir.  

Vale, sí, he disparado con un cañón. Pero, repito, ¿dónde sientes tú el amor? Me refiero al amor de verdad, el que tú quieres tener. No el que conviene a la supraestructura capitalista —que llega también en el siglo XIX, con la revolución industrial—, que nos quiere incómodos, alerta y activados para que sintamos la necesidad de consumir.  

Y para que no pensemos bien. Porque la profundidad en el pensamiento sólo se produce en lo que llamamos un estado de integración, a saber, en la calma y sintiendo seguridad.  

Hay dos hormonas de las que te quiero hablar: la dopamina y la oxitocina. La dopamina es la hormona del placer. La que nos da un chute de gustito tapando el malestar que podamos sentir. El problema de la dopamina es que es adictiva, y nos lleva a repetir la conducta que nos mola, como la rata de laboratorio que da una y otra vez a una palanca para que le salga agua con azúcar, en vez del pienso que tiene todos los nutrientes que necesita para crecer sana y sobrevivir. La oxitocina, sin embargo, es la hormona que se segrega en las relaciones que nos ofrecen refugio, seguridad y tranquilidad. La que está en la base de nuestro bienestar a largo plazo y de nuestra salud mental.  

La movida aquí es que la activación de nuestro sistema nervioso nos lleva a buscar soluciones rápidas y sencillas que nos ayuden a sacudirnos ese malestar. Y es la maldita pescadilla que se muerde la cola, porque a más activación, más necesidad de dopamina; y a más dopamina —que no resuelve nada—, más activación.  

Te conviertes en la criatura perfecta para consumir.  

Y todo eso, en parte, porque no te has preguntado nunca dónde sientes de verdad el amor. Porque, depende dónde lo sitúes, tu experiencia y tu relación con las personas va a cambiar. 

Te lo aseguro.  

Yo, por ejemplo, lo siento en la espalda. Porque cuando mi pareja me acaricia allí, todo mi organismo se relaja, haciéndome sentir en casa y con la absoluta seguridad de que nada malo me va a pasar. Y es justo esa sensación cálida, como una camita limpia, a la que puedo retornar cuando las cosas van mal, sin necesidad de darme un chute de opiáceos o dopamina que sólo me reporta alivio momentáneo, y más necesidad de lo mismo: consumir.  

Eso implica la activación del sistema parasimpático que, como habrás estudiado en biología, es el freno que nos ayuda a retomar la tranquilidad y, en consecuencia, la sensación de seguridad.  

Lo sé, qué plasta soy. Pero, ¿dónde sientes tú el amor? 

La pregunta no es baladí. El amor es la forma más sana que tenemos de vincularnos y, por tanto, de gestionar nuestras relaciones y, como hemos dicho en la clase anterior, estamos hechos de relaciones, porque son las relaciones las que configuran nuestro sistema nervioso central y periférico, haciéndonos lo que somos, y diseñando un sistema de motivaciones expectativas que nos llevan, siempre, hacia algún lugar.  

Y yo, lo que quiero con este texto, es que seas tú y no otras y otros, quien decida hacia dónde quieres ir.  

Para eso hay una pregunta clave, ¿dónde sientes tú, y sólo tú, el amor? 

Y, ¿qué dice eso de tu historia y de ti? 


Escucho tu respuesta, preguntas o reflexiones en comentarios. Lo dicho, ninguna idea es definitiva. Este es un texto para estimular a pensar. Gracias por participar.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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