Un pinchazo de rencor

[…] En ese momento, justo en ese momento, sentí el primer atisbo de compasión hacia ella y, en consecuencia, ganas de acercarme, reparar y acompañar esa tristeza que no hablaba de mí, sino de una niña sobrepasada por los retos —sin duda, abrumadores— de una vida que estaba por cambiar: el inicio de cole, nuevas rutinas, nuevos amigos, nuevas obligaciones y Aita y Ama mucho menos disponibles de lo que, hasta ahora, han podido estar. […] 

Se dice que la crianza es algo muy totxo, que te enfrenta a grandes dificultades. Pero lo que no se dice es que esas dificultades pueden comenzar en momentos que pueden parecer chorras o intrascendentes.  

Pijadillas de ná.  

Hace poco escribí un post en el que describía cómo gestioné la tristeza de mi hija con la ayuda de un globo azul. Os lo resumo: la niña se pone moñas porque echa de menos a su ama, y a aita, superaita, se le ocurre una movida muy guapa para explicarle que puede cuidar su tristeza para sentirse mejor. Qué guapo. Olé por ti, amigo. Puto amo. Plas, plas, plas.  

Lo que no os conté es el previo. Y los preliminares que, como en todo, tienen su miga también. Me refiero a cómo me impactó a mí el hecho de que la niña prefiera estar con su madre. Porque, no nos vamos a engañar, sentí un pinchazo fuerte al escuchar eso de «quiero ir con Ama».  

Si me paro a conectar ahora con ese impacto, veo que mi sistema nervioso autónomo lo TRADUCE así:  

«Quiero ir con Ama.» 

«No quiero estar contigo. Quiero estar con Ama.» 

«No te prefiero a ti; prefiero a Ama.» 

«No eres tan bueno para mí como Ama.» 

«No eres suficientemente bueno o valioso.» 

Ayayayyy…  

Por eso, mi respuesta automática fue cortar la conexión con ella, como si todo mi cuerpo dijera: «Pues nada, si quieres estar con ella, anda, vete con ella, a pastar.» Y ella, claro, quiso ir con su madre, con más intensidad y fuerza, porque su padre no podía reportarle ninguna seguridad.  

La que has liao, pollito.  

No podemos controlar estas reacciones, pero sí hacer algo medio bueno con ellas. En mi caso, fui suficientemente consciente de cómo mi cuerpo reaccionaba, y se ponía en modo bajón como si un vampiro de energía me hubiera picado y absorbido las ganas de vivir. A partir de ahí, tuve claro que lo que estaba viviendo no tenía que ver con el momento presente, sino con cositas del pasado que todavía no habían encontrado su lugar.  

«Estás protegiéndote de los fantasmas del pasado, no estás conectado con lo que está pasando en el presente. Igual te toca cuidar eso en terapia, colega. Porque ya sabes que estas cosas, con el debido cuidado y acompañamiento van a mejor», me dije, no sin cierto esfuerzo.  

En ese momento, justo en ese momento, sentí el primer atisbo de compasión hacia ella y, en consecuencia, ganas de acercarme, reparar y acompañar esa tristeza que no hablaba de mí, sino de una niña sobrepasada por los retos —sin duda, abrumadores— de una vida que estaba por cambiar: el inicio de cole, nuevas rutinas, nuevos amigos, nuevas obligaciones y Aita y Ama mucho menos disponibles de lo que, hasta ahora, han podido estar. Normal que pida más de su principal refugio, que es su madre, la persona que ha estado junto a ella incondicionalmente durante los primeros 3 años de su vida, priorizándola a ella, sin apenas fallar.  

Y eso, concho, no tiene nada que ver con que ella no me quiera, no me prefiera o sienta que no tengo valor. Que se nos va la pinza, colega; que se nos va.  

El resto ya lo sabéis, guau, aita, puto amo, idea guapa, golpecitos en el pecho y voy a escribir un post. Orgulloso como un pavo. Pero no tanto de la idea, como de haber sido capaz de preparar mi sistema nervioso para poderla acompañar.  

Que no es fácil, joder.  

Porque, si no hubiera iniciado la interacción en estado de calma e integración, apaga y vámonos. Las niñas y los niños escuchan por encima de nuestros gestos y nuestras palabras lo que transmite nuestro sistema nervioso autónomo y, en este caso, podría haber sido distancia, hostilidad y apagón, justo lo contrario a lo que ella necesitaba, que era empatía, cuidados y conexión.  

Queda claro, ¿verdad? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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