El desajuste traumático de la conyugalidad 

[…] Pero, lo que es peor, estaban provocando en el hijo que tenían en común una experiencia muy similar al dolor que tanto les aquejaba, porque, en medio de esta pelea, él también se sentía invisible y con un nivel de exigencia que no podía tolerar, entre otras cosas, porque tenía que hacerse cargo del estado de ánimo de unos progenitores de quienes dependía su estar en el mundo y su salud mental. […] 

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La alegría de la casa 

[…] Pensad, por un momento, en su experiencia. Son pequeños a los que se les pide que entretengan a los adultos y, en el peor de los casos, que se hagan cargo del estado mental (ansioso, depresivo, etc.) de sus mayores. Y cuando a una niña o un niño se le impone una única misión, gran parte de la valoración de su persona pasa por cumplir o no ese mandato.  […] 

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La herida del amor condicional 

[…] Lo que me sorprende es que este dolor, muchas veces, tiene que ver, precisamente, con la herida del amor condicional, una herida que se transmite con mucha facilidad entre generaciones, porque cuando un adulto se protege tratando de conservar el amor, desconecta de la experiencia interna de su hija o hijo. Paradójicamente, le deja solito. […] 

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Pégame, pero no te enfades 

[…] La niña o el niño se encuentra, entonces, en una disyuntiva. Si reconozco y expreso esos estados de ánimo, me arriesgo a perder la mirada del adulto. En los casos más graves, pueden llegar a sentir que pueden perder al adulto, por completo. Y esa pérdida es inconcebible cuando se trata de las únicas figuras que pueden garantizar la protección y, por tanto, la supervivencia. […] 

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Un pinchazo de rencor

[…] En ese momento, justo en ese momento, sentí el primer atisbo de compasión hacia ella y, en consecuencia, ganas de acercarme, reparar y acompañar esa tristeza que no hablaba de mí, sino de una niña sobrepasada por los retos —sin duda, abrumadores— de una vida que estaba por cambiar: el inicio de cole, nuevas rutinas, nuevos amigos, nuevas obligaciones y Aita y Ama mucho menos disponibles de lo que, hasta ahora, han podido estar. […] 

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Una tijera de tres dedos: sobre la normalización del maltrato

[…] —Vete a la ferretería de abajo, y tráeme una tijera para tres dedos —dijo—. Pero dile claramente al señor que no me vale una tijera cualquiera, sino que tiene que tener 3 hojas y 3 asas. Anda, a por ello. […] 

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