El desajuste traumático de la conyugalidad 

[…] Pero, lo que es peor, estaban provocando en el hijo que tenían en común una experiencia muy similar al dolor que tanto les aquejaba, porque, en medio de esta pelea, él también se sentía invisible y con un nivel de exigencia que no podía tolerar, entre otras cosas, porque tenía que hacerse cargo del estado de ánimo de unos progenitores de quienes dependía su estar en el mundo y su salud mental. […] 

La mayor parte de los desajustes de pareja que se prolongan en el tiempo, se basan en el sufrimiento sin elaborar de ambos progenitores. Y la mayor parte de los divorcios que son dañinos para adultos y niños, se basan en un tipo de sufrimiento adulto que no es provocado por la expareja, sino por asuntos del pasado que siguen haciendo a las personas reaccionar “desde las tripas”.  

No todos, oye. No todos. Pero sí un montonazo enorme.  

¿Cómo lo sé? 

Porque, en mi práctica profesional he podido ir comprobando, una y otra vez, que son situaciones que, si se trabajan con buena voluntad por parte de ambos, producen cambios brutales a nivel de toda la familia y, sobre todo, en el estado de las hijas y los hijos.  

Por ejemplo, Marta y Javier formaron hace muchos años una pareja. Pero a esa relación de pareja no fueron solos, sino con su sufrimiento del pasado.  

Ella proveniente de una familia autoritaria —es decir, una familia donde el valor más importante es la obediencia—, se habría criando bajo la constante presión de ser perfecta, entendiendo esta perfección por hacer las cosas como mandaban su padre y su madre, que era una única correcta. Como no podía llegar a ese nivel de exigencia, se protegió “mandando todo a tomar por culo”, es decir, haciendo lo que quería, pero recibiendo un buen golpe en el autoestima, porque la norma subyacente era que, si uno no respondía como es debido, era “menos que los demás” o “peor persona”. Eso le marcó profundamente a lo largo del tiempo, como una gota que horada la roca, y a fecha de hoy, es especialmente sensible a cualquier mensaje que le cuestione si forma de hacer las cosas, reaccionando de la misma manera, como si todavía fuera una niña pequeña.  

Él viene de un modelo de familia sacrificante, en el que los adultos lo dan todo por los hijos, a cambio de su lealtad y buen comportamiento; pero en el que la mirada está puesta en lo que “se debe hacer” como si se midiera contantemente la inclinación de la balanza entre donde se pesa lo que uno recibe y lo que uno da a los demás. En este contexto, también carencial, vivió con el dolor de que no importaba nada, pero nada de nada, lo que él pudiera querer o necesitar, dado que lo importante era lo que él recibía y el pudiera dar. Y esto fue algo de lo que no se pudo defender, porque no había ninguna forma de maltrato visible a simple vista, sino todo lo contrario, porque parecía que los adultos lo hacían todo especialmente bien. Llegó así a la edad adulta, con una sensación profunda de que “nadie le tenía en cuenta” y que, por tanto, “no era suficiente” ni tenía ningún control sobre su vida o la de los demás.  

Durante los primeros años de la relación, la pareja funcionó relativamente bien. Resumiendo más de la cuenta, ella le daba él la “chispa”, la espontaneidad y la alegría que le faltaba; y él le daba a ella lealtad y amor incondicional.  

El problema empezó a vislumbrarse cuando llegó su hijo, Adrián, que implicó una crisis profunda en la conyugalidad, que, a grandes rasgos, podría resumirse en un círculo vicioso que se ve así.  

Como buena familia integrada en un modelo patriarcal, es la mujer quien se hace cargo principalmente del hijo. Pero, cuando ella afronta esa responsabilidad, vuelve a sentir el imperativo de ser perfecta y hacer las cosas como sus padres dijeron, porque en esa narrativa sin elaborar, es la única forma de hacer las cosas bien. Pero, cuento más se esfuerza por cumplir el mandato familiar, más se carga de estrés y culpa por no llegar al nivel y, como la niña pequeña que fue y sigue sufriendo en su interior, se protege mandando todo a la mierda y reprochando a su marido que no hace nada, que la deja sola, y que ya le vale. Cosa que, por otro lado, es coherente con la situación.  

Entonces, aparece él con el rol de salvador. Dado que ella deja de lado sus responsabilidades, él se afana por cubrirlas. Pero, de camino, siente que ella no le valora, no le tiene en cuenta, ni tiene en cuenta el esfuerzo que hace para cubrir las necesidades económicas de la familia, trabajando de sol a sol. Por eso, se protege proyectando su cansando y dolor sobre ella, sermoneándola —con aparente buena voluntad y como hacían sus propios padres— y diciéndole cómo debe hacer las cosas para que todo vaya bien. Cuídate más, come mejor, vete al médico, piensa en esto y en lo otro, y yo qué sé.  

Pero, lejos de ayudar, estos mensajes le dan en la línea de flotación a ella, porque le imponen más exigencia su cabe, llevando su sistema nervioso a unos noveles de tensión que ya no puede soportar. Es como si se dijera “lo he intentado con todas mis fuerzas y no he podido”, por lo que “soy una mala madre” que hace daño a su hijo y que “siempre lo estropea todo haciendo” daño a los demás. No hace falta decir que ese discurso no es suyo, ni acorde con la realidad, pero es una reproducción del maltrato que fue tragando y del que todavía no se sabe proteger.  

Llegados a este punto, la madre estalla, lo manda todo a la mierda, y decide hacer las cosas “a su manera”, en una ruptura protectora con todo: con su familia de origen, con el padre de su hijo, y con su hijo, que ve todo su mundo y estructura peligrar.  

Este “hacer lo que le da la gana”, no es inofensivo para él. Porque él, siente que ella hace lo que quiere, sin contar con él. Y este dejarle de lado, ahonda en una herida muy profunda, que no ha causado ella, sino que se enraíza en una infancia muy triste en la que todo lo que quisiera, pensara o le motivara, carecía de valor. Por eso, sufre un reflejo vagal dorsal, y se sume en un estado depresivo con elevados niveles de ansiedad. “Mi mundo se va a la mierda y no puedo hacer nada”, dice, conectando, además, con la muerte de su padre, un hombre alcohólico y periférico, pero que era con el único que tenía cierta seguridad en la vinculación.  

Pero este estado de bloqueo en él, tampoco es baladí para ella. Porque, lógicamente, le conecta con los reproches y el daño que hace a los demás. Es como si el dedo penetrara más en la llaga de que ella no es buena, no es suficientemente capaz, y nunca lo será.  

No sé si se ve, pero ambos estaban haciéndose un daño tremendo. No porque se odiaran, sino porque se estaba protegiendo de las experiencias de una infancia maltratante o carencial. Pero, lo que es peor, estaban provocando en el hijo que tenían en común una experiencia muy similar al dolor que tanto les aquejaba, porque, en medio de esta pelea, él también se sentía invisible y con un nivel de exigencia que no podía tolerar, entre otras cosas, porque tenía que hacerse cargo del estado de ánimo de unos progenitores de quienes dependía su estar en el mundo y su salud mental. 

La buena noticia es que hay algo que se puede hacer para mejorar las cosas. Y es que madre y padre tomen conciencia de que lo que están activando no tiene que ver con su expareja, ni con las circunstancias del momento, sino con todo ese dolor tan profundo que les provocó, años atrás, unas condiciones de vida que ninguna niña o ningún niño merece soportar.  

Porque, al fin de cuentas, el sufrimiento de ambos tiene muchos elementos en común: ambos han sido ninguneados, maltratados, se han protegido con mecanismos disociativos, y han estado más pendientes de las necesidades de sus propios padres, que de las suyas propias. Y eso —hostia tú— les une un montón.  

Y es eso sobre lo que hay que currar. Porque, a menudo, los profesionales dedicamos un montón de tiempo y esfuerzo en estrategias que atiende a la urgente pero no a lo importante, consiguiendo que nada cambie o que las cosas vayan a peor.  

Porque, si con ayuda profesional no pueden, ¿qué dice eso de ellos? 

Igual ella se siente, de nuevo, ante una exigencia que amenaza con devorarla entera.  

E Igual él siente, otra vez, que no puede modificar nada en él ni en su contexto, cayendo más si cabe en ese apagón emocional.  

Así que ojo. Cuidado.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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