Lo único que me queda 

[…] En estas condiciones, el único lugar donde se sentía valiosa la niña, era en casa, con sus figuras de apego y de referencia, que sí podían verla como una niña valiosa, con independencia de sus dificultades o circunstancias. Por eso, le cuesta tanto reconocer sus errores… quizás, porque todo su cuerpo grita:  «Aquí no, por favor. Aquí no me hagáis también sentir pequeñita.» […] 

Que el mundo adulto lo sepa:  

Hay una regla que se cumple en multitud de ocasiones. Cuando una niña o un niño se niega a reconocer los errores, no es porque sea malo, maleducado, o quiera tocar la genitalia a sus mayores, sino porque está luchando por preservar lo poco que le queda de autoestima.  

Lo digo porque no hay cosa que nos toque más lo cocos, que decirle a nuestras hijas o hijos que la ha cagado, y nos salga por peteneras, evadiendo la conversación, haciendo el tonto, o discutiéndonos con vehemencia. Sin embargo, esta actitud es sintomática de que algo profundo se puede estar rompiendo, porque, en condiciones óptimas, no pasa nada por reconocer que uno está equivocado.  

Por ejemplo, María ha estado haciendo el tonto durante toda la comida, y ha acabado escupiendo fuera del plato. Su padre, que es testigo de la escena, le lleva a su cuarto y la reprende, diciéndole que está mal lo que ha hecho. Ella, en vez de bajar la cabeza, se protege haciendo más el tonto. Esto, conecta al padre con la sensación de que no lo está haciendo bien, porque su hija se le “está subiendo a la chepa”, por lo que insiste con más fuerza, mostrándose autoritario y expresando un mayor enfado.  

Le dice que no va a salir de la habitación hasta que reconozca su error. Y se muestra firme en este sentido. Pero la niña, lejos de bajar la cabeza —y como es razonable— cambia de la huida a la lucha, y da a su padre una patada. El padre, que ya estaba hasta la polla con cebolla, explota de furia, y retiene a su hija con fuerza, gritándole que ya le vale e imponiéndole un castigo, a lo que la pequeña responde llorando con fiereza. Ese llanto, lejos de permitir la conexión, lleva a su padre a cerrar la puerta, dejándola sola en una habitación vacía.  

No es una escena tan extraña. Todos los padres y madres entramos en ciclos de retroalimentación de mierda. En nuestra desregulación efectiva, somos incapaces de ver qué puede haber detrás de la conducta de la niña o del niño.  

Porque lo que no se ve es que María lleva un año horroroso. Le ha costado mucho adaptarse en su primer año de escuela y, especialmente, hablar con sus profesores y amigos. Esta actitud ha preocupado especialmente al mundo adulto, que le ha presionado de manera directa o indirecta para que cambie su actitud, y tenga un comportamiento más normalizado, que no despierte las angustias de sus mayores. Pero, cuanto más insistían en que hablara, más pequeñita y vulnerable se sentía la cría, en un ciclo de revictimización o —si se me permite— retraumatización que se repetía cada día.  

En estas condiciones, el único lugar donde se sentía valiosa la niña, era en casa, con sus figuras de apego y de referencia, que sí podían verla como una niña valiosa, con independencia de sus dificultades o circunstancias. Por eso, le cuesta tanto reconocer sus errores… quizás, porque todo su cuerpo grita:  

«Aquí no, por favor. Aquí no me hagáis también sentir pequeñita.» 

Normal que huya, que se pelee, y que se revuelva.  

«Por favor, dejadme en paz. Que es el único lugar donde puedo sentir que soy buena y puedo con la vida.» 

Porque, para las niñas y niños, especialmente si están viviendo circunstancias difíciles, culpa y vergüenza se confunden, conformando un ariete sólido contra la autoestima. Una autoestima que este padre, en su deseo de que ella reconozca sus errores y corrija su comportamiento, estaba golpeando como un oso una colmena.  

Si este artículo te resuena, y te deja un poco jodida o jodido, presta atención a lo que se remueve, y dale importancia. Pero no desesperes, porque siempre se puede hacer algo para compensar los errores que hayas podido cometer. Y recuerda que la experiencia de reparación es especialmente grata.  

Repara lo que tengas que reparar y, la próxima vez que te pase, recuerda decir —si lo vas a decir de corazón— que, aunque haya hecho las cosas mal, eso no implica que le dejes de querer, ni le resta ni un ápice de valor como persona. Recuérdale todas las veces que ha hecho las cosas bien y, aun así, se niega a disculparse, respeta su decisión, como la de quien protege algo especialmente bello, valioso o sagrado. Porque eso es lo que es la relación que mantiene con su malestar y consigo mismo.  

Porque lo que a veces se siente como un desafío, no es sino un “vosotros no, por favor, que sois lo único que me queda”.  

¿Se ve? 

Gracias de su parte.  

Que el mundo adulto lo oiga.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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