Pégame, pero no te enfades 

[…] La niña o el niño se encuentra, entonces, en una disyuntiva. Si reconozco y expreso esos estados de ánimo, me arriesgo a perder la mirada del adulto. En los casos más graves, pueden llegar a sentir que pueden perder al adulto, por completo. Y esa pérdida es inconcebible cuando se trata de las únicas figuras que pueden garantizar la protección y, por tanto, la supervivencia. […] 

«Desde muy pequeña recuerdo una voz en mi interior que le decía a mi padre: “pégame; pégame ya, pero no te enfades”. Prefería un millón de veces 100 golpes que verle sumido en ese estado que yo interpretaba que era como odio hacia mí, o desprecio contenido. Siempre había pensado que el sufrimiento tan intenso que me había causado mi Padre, día tras día, era porque me odiaba o estaba enfadado conmigo; ahora me libera muchísimo saber que era el trauma, y que no estaba luchando contra mí, sino contra sus propios demonios. Hemos estado toda una vida sintiéndonos enemigos, cuando, en realidad, el único enemigo era el sufrimiento que le desbordaba. Lo que pasa es que era muy complicado para alguien como yo, entender que lo que motivaba su conducta no estaba presente aquí y ahora, sino en otro lugar y tiempo. Visto lo que significó para mí, ahora me aterra, Gorka, que mis hijos estén teniendo la misma experiencia conmigo.» 

Quienes me conocéis sabéis que soy un pesado. Que no paro de hablar de la importancia que tiene en la crianza —y qué hostias, en la vida— la regulación emocional de los adultos.  

¿Habéis pensando alguna vez qué es lo que pasa cuando una niña o un niño se sale de sus casillas, y el adulto no puede acompañarle? 

La base de la comunicación se produce a través de las señales que emite el cuerpo. Estas señales, que son muy sutiles, pueden denotar seguridad y calma, peligro o amenaza, e impactan preconscientemente en el cuerpo de la otra persona, más intensamente, si cabe, si son niñas o niños, llevándolos de un lugar a otro, en este baile infinito que se produce entre sistemas nerviosos autónomos que están íntimamente conectados.  

Si somos capaces de mirar con compasión y curiosidad a nuestras pequeñas o pequeños con independencia de lo que activen para defenderse o protegerse, ellos también podrán verse como valiosos a pesar de estar tristes, enfadados, con miedo o bloqueados. Se producirá cierta comunicación en el sentido de “vaya, estoy fastidiado, es normal que no haya hecho las cosas bien, o que no haya tratado bien a la gente, pero cuando esté mejor trataré de arreglarlo”. A fin de cuentas, tendrán la sensación de que estas emociones no son una fuente de vergüenza, sino la respuesta natural y comprensible del cuerpo a determinados acontecimientos.  

Otro gallo canta —de culo y a deshoras— cuando estas emociones desatan en las figuras adultas las defensas. Porque, por muy bien que sepamos hacerlo, la niña o el niño percibirá, irremediablemente, que algo chungo pasa con ellos. Si mi actitud me predispone a la huida, a la lucha o, peor aún, al bloqueo o el colapso, necesariamente le estaremos mandando un mensaje que no está bajo nuestro control ni en nuestras manos; “hay partes tuyas que no son aceptables, porque las siento como peligrosas o amenazantes”.  

La niña o el niño se encuentra, entonces, en una disyuntiva. Si reconozco y expreso esos estados de ánimo, me arriesgo a perder la mirada del adulto. En los casos más graves, pueden llegar a sentir que pueden perder al adulto, por completo. Y esa pérdida es inconcebible cuando se trata de las únicas figuras que pueden garantizar la protección y, por tanto, la supervivencia.  

Lo normal es que, llegados a este punto, el la niña o el niño reprima, escinda o disocie esos estados de ánimo, porque ponen literalmente en riesgo su vida. Es decir, que, con gran esfuerzo, los aparte en su mente, para no tener ninguna relación con ellos. “Si no lo veo, no existe”, dicta su pensamiento mágico.  

Este esfuerzo de control rara vez tiene el resultado pretendido. Las necesidades y las reacciones del sistema nervioso autónomo no se pueden apartar sin más, porque son esenciales para la vida y la supervivencia. Por eso, permanecen ocultas, como una aplicación en segundo plano, consumiendo un huevo de RAM, como una olla a presión, y preparadas para saltar a la mínima de cambio.  

Este sistema cargado de tensión es como un arco tensado, que carga una flecha incendiaria. Y que, a la mínima, puede con la fuerza del brazo, y desata el desastre. Un desastre el términos de reacciones impulsivas y descontroladas, bien hacia la acción (hiperactivación) o el bloqueo (hipoactivación), que en ningún caso encontrarán a empatía y el cuidado que necesitan, por parte de unos adultos que han demostrado incapacidad para hacerse cargo de ellas.  

Éste es, a grandes rasgos, uno de los círculos viciosos que minan las salud mental de millones de personas a lo largo del mundo, desde su más tierna infancia. Y que sólo puede romperse si las figuras adultas —que son a quienes se les puede pedir responsabilidad sobre sus actos— decidan explorar el impacto que tiene el buen trato en ellas mismas, y cuidarse en los episodios de su pasado que, por una u otra razones, quedaron desatendidos.  

Así, con suerte, algunas niñas y niños podrán cambiar el “pégame, pero no te enfades”, por un “aprende a cuidarte, y a cuidar de lo que te pasó, para acompañarme”.  


Recomendados:  

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Barcelona: Gedisa 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 

VAN DER KOLK. B, (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Eleftheria: Barcelona 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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