La ansiedad por separación: soluciones en la escuela 

… No es cosa de las niñas o niños, sino de la respuesta que les damos. 

Me apetece sacar el tema de las niñas y niños que sufren lo que solemos llamar “ansiedad de separación”, y que es muy dolorosa en los periodos de adaptación a la escuela.  

En concreto, quiero hacer explícito el ciclo de retroalimentación que, muchas veces, les fija en un bloqueo (vagal dorsal: sensación de desamparo, indefensión e impotencia) que les impide activar el sistema de exploración, a pesar de que la escuela sea un lugar objetivamente seguro.  

Pero también vamos a tratar de dilucidar alguna solución que os permita acompañarles mejor en estos momentos y, lo que es más importante, ayudarles a que retomen la sensación de seguridad y competencia.  

Ocurre que estas niñas y niños activan mucho su sistema de apego en la relación con sus profesoras o profesores. Son muy demandantes, porque sienten que necesitan la protección cercana de una figura adulta. Por eso, pueden llegar a ser especialmente insistentes a través de conductas de búsqueda de la base segura, como el llanto o “las mañas”.  

Estas conductas, normalmente, activan a la figura adulta, que siente la necesidad de acudir donde la niña o niño, calmándole con su presencia o sus mimos.  

A pesar de que esa presencia calma en un primer contacto —de eso no hay duda—, supone un golpe para las niñas o los niños que sufren, porque, si dependo de la profesora para estar bien, «no soy tan competente, mayor o bueno, como el resto de mis compañeras o compañeros».  

La persona adulta no puede estar permanentemente presente en la relación con la niña o niño que sufre, porque debe atender al resto de la clase. Por eso, llega un momento en el que debe poner un límite, y marcharse. Este límite, como habéis podido intuir, supone un segundo golpe para el alumnado afectado: si el adulto no va a permanecer, necesitaré activar más la intensidad de mi respuesta.  

Tras repetirse en varias ocasiones este modelo de interacción, las niñas y niños —que lo están pasando muy mal— empiezan a verse como una molestia, tanto porque demandan demasiado a la profe, como porque no dejan disfrutar de la calma al resto de sus compañeras o compañeros.  

Entonces, la respuesta natural del adulto es poner un límite: “A ver, ¡Basta ya!”, aunque con mejores formas.  

Este límite llega a la niña o niño con ansiedad por separación como una bomba nuclear que estalla. Todo está perdido. Haga lo que haga, no voy a poder encontrar la seguridad en la única figura que puede proporcionármela. La sensación es, entonces, de absoluta indefensión. Se bloquean, se quedan pálidos, ensimismados, autoestimulándose, en lo que llamamos un reflejo vagal dorsal, que no es otra cosa que una muerte en vida. Pero, así, muertitos, dejan en paz a todos.  

En esos momentos, la profesora puede encontrarse dividida. Por un lado, sabe que la niña o el niño lo está pasando mal, porque no explora y salta a la vista; pero, por otro lado, también sabe que si le hace caso va a activar su sistema de apego y volverá el llanto y la demanda. En consecuencia, opta por dejarlo pasar: tan mal no estará si no da guerra.  

Se establece así un ciclo de retroalimentación que mantiene a estas niñas y niños en el peor de los estados, y normalmente en un periodo sensible de su desarrollo: están bloqueados, se sienten incompetentes y no pueden salir del pozo por sus propios miedos, perpetuándose esta situación hasta dios sabe cuándo.  

Porque lo que necesitan es lo mismo que cualquier persona en vagal dorsal: protección y cuidados.  

Mi propuesta es que tomemos conciencia de que esto pasa, y de que hay un momento crítico para intervenir, que es cuando estas niñas y niños todavía se sienten competentes, a saber, cuando están haciendo mañas o llorando.  

Sed vosotros quienes fijéis las condiciones para que puedan sentirse muy cerca vuestro. No dejéis que sea su angustia la que desencadene vuestra respuesta, así sólo les estaréis lanzando el mensaje de que es la intensidad de su respuesta (de lucha) la que provocará vuestra presencia. Dadle tareas para que os ayuden como, por ejemplo, ordenar las cosas, limpiar las mesas, o lo que sea, pero que sepan, muy clarito, que haciéndolo podrán encontrarse con vosotras o vosotros. Pero esta vez en la paz y la tranquilidad, no sólo en la angustia o la desesperación. 

Y estad ahí, según lo prometido.  

De esta manera les estáis protegiendo de un grave colapso, no sólo porque están activos —lo contrario al bloqueo— y saben qué hacer para teneros cerca, sino porque mantenéis en todo momento su sistema de compromiso social activado.  

Proteger no sólo es evitarles el peligro, sino también crear las condiciones para que su sistema nervioso no sufra ningún daño.  

La angustia por separación no tiene tanto que ver con las niñas o niños, sino con la respuesta que les damos.  


Recomendados:   

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa 

BENITO MORAGA, R. (2020). La regulación emocional. Bases neurobiológicas y desarrollo en la infancia y adolescencia. Madrid: El Hilo Ediciones 

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017) Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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