Las aventuras de Ambustia: un monstruo incomprendido 

[…] Ambustia era de color violeta, le faltaban algunos dientes, y los que le quedaban eran pequeños y puntiagudos. Tenía manos y pies, con unas uñas muy largas; y mucho pelo, siempre enmarañado. […] 

Paula era una niña que quería mucho a su Ama. Le gustaba mucho estar con ella cocinando, jugando, pintando y echando la siesta muy juntitas.  

Pero Paula tenía una cosa muy especial. Todavía no lo entendía bien. Dentro de ella, vivía un pequeño monstruo que se llamaba “Ambustia”.  

Ambustia era de color violeta, le faltaban algunos dientes, y los que le quedaban eran pequeños y puntiagudos. Tenía manos y pies, con unas uñas muy largas; y mucho pelo, siempre enmarañado.  

Este monstruito se alimentaba de la esperanza de Paula. Cuando la niña quería algo con mucha fuerza y pensaba que haciendo alguna cosa lo iba a conseguir, Ambustia atacaba, mordiéndole justo aquí, en el pecho. Cuando Ambustia mordía poco, Paula hacía mañas; pero cuando mordía mucho, no podía evitar echarse a llorar, porque dolía muchísimo.  

Lo peor de los ataques de Ambustia era que convertían a Paula en un bebé, haciéndola mucho más pequeñita. Entonces, cuando Paula se miraba a sí misma, se veía mucho más frágil y vulnerable, como un vaso de cristal que podría romperse en cualquier momento. Por eso pedía a gritos que una persona mayor estuviera muy cerca de ella y la protegiera.  

Para Paula, lo peor era ir a la Ikas. Allí, Ambustia mordía con más fuerza. Cuando su Ama se marchaba, quería con todas sus fuerzas que volviera, y creía que haciendo algo conseguiría su propósito. Por eso, Ambustia mordía con más y más ganas, impidiéndole jugar con los juguetes y con sus amigos.  

Paula no sabía qué hacer. Estaba desesperada.  

¿Se quedaría así para siempre? 

Un día, Paula tuvo una idea.  

Toc, toc —golpeó en su propio pecho.  

—¿Quién es? —surgió una voz desde su interior.  

—¿Ambustia, estás ahí?  

—Sí… —susurró el bicho, sorprendido.  

—¿Podemos hablar un ratito?  

Se hizo un silencio. 

—Sí, he pensado que sería buena idea —continuó Paula—. No nos estamos llevando nada bien, y creo que podríamos ser amigos.  

—¿Y de qué te gustaría hablar?  

—Me gustaría hacerte una pregunta.  

Ambustia se quedó callado, y Paula lo interpretó como curiosidad por su parte.  

—Quiero saber por qué me muerdes tan fuerte y me haces tan pequeñita. ¿Es que quieres hacerme daño? —preguntó Paula, sobreentendiendo que así eran las cosas.  

—No, no es eso —respondió Ambustia, aliviado de poder hablar del tema.  

—Entonces… ¿por qué lo haces? 

—Quiero que estés “a busto”.  

—¿A gusto? —gritó, Paula— ¿Cómo voy a estar a gusto si me muerdes? 

—Es mi forma de decirte que tienes que hacer algo para lograr estar mejor. Lo hago porque te quiero, y no me gusta verte sufrir tanto.  

«Anda no fastidies», se dijo Paula, alucinando de que el bichillo tuviera buenas intenciones.  

A partir de entonces, el diálogo fue más sencillo.  

—Pero, ¿sabes lo que pasa? —dijo Paula—. Cuando me muerdes me convierto en bebé, y los bebés no pueden pensar en lo es bueno para ellos. Pido y pido cosas, pensando que son esas cosas las que van a hacerme sentir mejor, y muchas veces lo que necesito es que me lleve hacia la calma «Tisteza”.  

—Conozco a Tisteza. Somos amigos y hace muy bien su trabajo: ayudar a aceptar las cosas y a adaptarse a los cambios.  

—Entonces, ¿por qué no le dejas ayudarme? 

—No lo sé. Nunca lo había pensado —respondió el monstruo, confundido—. Igual es porque soy Ambustia, y necesito las cosas ya, para ahora.  

—¿Y cómo podría yo ayudarte, Ambustia? —dijo Paula, que ahora se sentía mucho más cercana al bichito.  

—No lo sé —respondió Ambustia—. Pero se me ocurre una cosa: si te muerdo, coloca tu mano en el lugar donde te ha dolido, como si quisieras mimar ese dolor que sientes. Así, a través de la piel, yo sentiré tu calor y me sentiré más acompañado y tranquilo. De esta manera, quizás, pueda dejar a Tisteza hacer su trabajo.  La verdad es que me agobia mucho encargarme yo de todo.  

Al día siguiente, Paula volvió a la Ikas. Como era habitual, se quedó llorando, echando mucho de menos a su Ama. Su primera reacción fue pensar que tenía que hacer algo para su Ama se volviera, para que su andereño le hiciera caso, o para que el tiempo corriera más rápido. Entonces lo sintió, como una bola fría en el pecho.  

—¡Ay! ¡Ambustia! —se quejó con fuerza.  

Y Ambustia mordió con mucha más fuerza.  

De repente, recordó el acuerdo al que había llegado con el monstruito y, apretando los dientes, decidió hacer lo que él le había pedido. Colocó la mano sobre su pecho, y trató de que el calorcito mitigara el dolor y acompañara a su amigo.  

Estuvo así un rato. Al principio no notaba nada, pero luego… 

El dolor del pecho latía y fue subiendo hacia su garganta. Cuando llegó a la boca, salió en forma de llanto. Pero era un llanto calmado, azul, liberador, sin nervios. Era evidente que Tisteza le estaba mimando, ayudándole a aceptar lo que estaba pasando. Mirando dentro de ella, la vio, como un charco salpicado por el agua en un atardecer de lluvia.  

—Gracias, Paula—escuchó muy bajito, dentro de ella.  

—¿Hola? —preguntó, intuyendo que era la vocecilla de Ambustia.  

—Gracias por ayudarme a descansar —suspiró con alivio—. Te estoy infinitamente agradecido.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

2 comentarios en “Las aventuras de Ambustia: un monstruo incomprendido 

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