Respira mamá: la infancia rota por la desconexión afectiva 

[…] La verdad, no era lo que me esperaba. Normalmente los gritos suelen activar una respuesta defensiva en las niñas y los niños, bien llevándoles a un estado de mayor rigidez, de mayor caos, o hacia el bloqueo; pero raramente hacia la calma, como era el caso. […] 

—No sé qué hacer, Gorka. Sólo me funciona el grito.  

La profesora estaba desbordada, pero pidiendo mi ayuda.  

En estas situaciones, me suelo poner un poco nervioso. Siento que debo dar una buena respuesta, como si estuviera en un examen del que depende la nota de otro compañero.  

Finalmente, le hice una pregunta para ganar tiempo.  

—¿Y crees que te funciona porque el niño se bloquea, o porque se siente más en paz y más seguro? 

—Siento que le tranquiliza.  

La verdad, no era lo que me esperaba. Normalmente los gritos suelen activar una respuesta defensiva en las niñas y los niños, bien llevándolos a un estado de mayor rigidez, de mayor caos, o hacia el bloqueo; pero raramente hacia la calma, como era el caso.  

—Estoy pensando en una cosa… —me aventuré.  

—¿En qué? —preguntó la profe con ilusión en los ojos.  

—No voy a hablar de él porque no le conozco mucho. No quiero meter la pata. Pero lo que me cuentas me recuerda a un patrón recurrente en las niñas y niños que viven con progenitores desconectados de la vida y, por tanto, también de ellos.  

—Pues cuéntame, a ver si podemos iluminar un poco lo que está pasando.  

—A ver si consigo explicarme —me lancé—. Se trata de niñas y niños que se enfrentan diariamente a la amenaza de dejar de existir, por no ser vistos. Sus padres o sus madres pueden estar presentes en la habitación, pero no en el aquí y el ahora, ni mucho menos en la relación con ellos. Y esto es profundamente perturbador porque, permíteme la metáfora, es como vivir con zombis o muertos en vida.  

—Da mucho miedo.  

—Sí, es terrorífico. No sólo por el vacío que perciben en su mirada, que denota sin palabras que algo gravísimo está ocurriendo, sino también por la sensación de no ser nada a su lado. Que se sienten desprotegidos ante la certeza de que, si algo malo les ocurriera, su madre o su padre no podría responder para protegerlos. Son niñas y niños que viven anhelando una mirada que les haga correr la sangre por el cuerpo y les de la vida, porque la ausencia de mirada es como si un vampiro les chupara la sangre cada día.  

—Qué fuerte.  

—Lo es —seguí—. Estas niñas y niños tienen que activarse muchísimo para sacar a sus progenitores de ese estado, haciendo las cosas mal para sentirse presentes en su mirada. Es como si estuvieran gritando “aita, ama, estoy aquí” o “enfádate conmigo, por favor, pero no te mueras”.  

—La verdad es que le veo reflejado en lo que me cuentas —dijo, muy interesada.  

—El problema de estas niñas y estos niños es que sólo reconocen a sus progenitores en el desborde emocional, que es lo que más puede conectarles con la vida. No tienen conciencia de que hay otra forma de estar mucho mejor, como es seguro, conectado y tranquilo. Por eso, buscan en los adultos la misma respuesta, que es la única que puede regularles.  

—Puedo verlo. Sí, lo veo bastante claro.  

—Para ellos —continué— el hecho de que un adulto se acerque desde la seguridad y la calma puede ser un gatillador de una respuesta de alta intensidad afectiva. Lo que debía regular, les desrregula por completo. El motivo es que, a falta de la experiencia de adultos que puedan permanecer conectados pero seguros, viven la calma como desconexión, y eso activa todas sus defensas.  

—Es lo que percibo yo. Que cuanto más tranquila o razonable me muestro yo, peor se porta.  

—Claro, porque su sistema nervioso no está preparado para conectar desde la calma —le advertí—; sólo para pinchar a sus madres o padres para que griten, les castiguen, les amenacen o les peguen, pero se mantengan vivos.  

—Vaya… 

—Lo peor de todo es que estas niñas y niños suelen recibir un doble golpe por nuestra parte. De alguna manera, piden que les gritemos, que nos enfademos y que les castiguemos, porque es la única forma que contemplan para mantenernos a su lado. Pero, irremediablemente, nos cargan mucho, hasta el punto que acabamos poniéndoles un límite desde el rechazo. Y eso es lo peor, porque les conecta frontalmente con el daño que han recibido: no soy valioso, no existo, estoy desprotegido.  

—¿Qué podemos hacer, entonces? 

—No lo tengo muy claro, porque no conozco mucho al niño, pero sí que hay algunas cosas que podrían funcionar un poco, a sabiendas de que el síntoma va a permanecer mientras no cambien las condiciones en casa.  

—¿Cómo cuáles? 

—Lo primero es tratar de cambiar nuestra mirada. Si lo natural es prestar atención a su mala conducta y a los desencadenantes de la misma, forzarnos como equipo a registrar todas esas cuestiones que le llevan a la calma. Así, con un mapa completo sobre el papel, igual podemos vislumbrar mejor lo que necesita.  

Apuntaba en su cuaderno.  

—Lo segundo es darles la intensidad que necesitan, pero no desde lo enfado ni desde lo negativo.  

—¿Cómo? —preguntó, levantando la mirada.  

—¿Con quién se porta mejor? 

—Con la profe de inglés —respondió con los ojos muy abiertos—. Cosa muy curiosa porque se le da fatal la materia.  

—Déjame que adivine… es una persona que le habla mucho, con mucha intensidad y mucha fuerza.  

Se quedó visiblemente asombrada.  

—¿Cómo lo sabes? 

—No lo sabía… pero es lo lógico en un niño que necesita la intensidad para regularse. Y que necesita que el adulto sea intenso, no como respuesta a su conducta, sino porque “le sale”.  

—Aibalahostia —se le escapó.  

—Os necesita vivos, a su lado, sin ser él quien os desentierre y os trate de devolver con desesperación a la vida.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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