Muñecas rotas: la maldición de la niña pequeña 

[…] Porque esto no habla ni bien ni mal de ellas, quede claro, porque cualquiera en su situación y con los recursos de una niña reaccionaría de la misma manera. El problema no está en ellas, sino en la estructura y organización de la familia. No es una cuestión de capacidad o de voluntad, sino relacional, estructural y sistémica. […] 

Hay un perfil que sufre significativos niveles de #maltrato por parte de las y los profesionales que intervenimos.  

Ojo con ello. Que fijo que te suena.  

Se trata de mujeres —sí, a los hombres nos cuesta más maltratarlos— que son descritas como caóticas y negligentes. Es decir, que en ocasiones sufren arrebatos en los que mandan todo y a todos a la mierda.  

Dame un tiempo. Verás que tiene sentido.  

Muchas veces ocupan entre sus muchos hermanos y hermanas el lugar de la niña pequeña. Suelen ser familias de origen sobrepasadas por sus dificultades y los acontecimientos, en las que los padres no pueden estar presentes, por lo que se delega el cuidado de los hermanos pequeños en los más mayores.  

Esto provoca un conflicto muy grave entre la fratría, que viene dando porque los mayores intentan con todas sus fuerzas cuidar y controlar a los pequeños, pero estos no aceptan su autoridad al considerarlos equiparables en las cotas de poder que manejan. En paralelo, estos hermanos mayores —con buena voluntad pero sin recursos— suelen menoscabar el autoestima de los pequeños, por vías indirectas (“mira lo bien que lo hago yo, en comparación contigo”) como por vías directas, a través de castigos, amenazas o reproches.  

La peor parte de este conflicto se le llevan las niñas pequeñas. Por el lugar que ocupan, es frecuente que se protejan infantilizándose, siento superficialmente complacientes, y evitando en conflicto. Pero eso no quita que se vayan cargando como una olla a presión con los mensajes que reciben y que nutren su vergüenza de base: “no soy suficiente”, “no soy competente”, “soy una carga”, “no soy buena”.  

Se trata de estas niñas que, llegado un punto de ruptura, sufren un secuestro emocional y mandan a todo el mundo a la tomar por culo, como si les energizara la premisa de que “si todos pensáis que soy una mierda, voy a serlo, al menos así puedo hacer lo que me de la gana o ser yo misma”. Pero, sufrido este arrebato, miran atrás y ven que todo lo que han provocado no hace sino confirmar la idea que tienen de sí mismas como seres carentes de valor y no merecedoras de afecto.  

Es como si tuvieran que elegir todo el rato entre ser buenas o ser ellas mismas, en una falsa dicotomía que destruye la mirada que pueden poner en sí mismas.  

Ello les lleva, más si cabe, a tratar de ser buenas con todas sus fuerzas, insistiendo en esa infantilización y complacencia superficial que les sirve para mantener el vínculo con los suyos a costa de la imagen y el sentimiento que tienen hacia ellas mismas, reproduciendo el círculo vicioso.  

Sácalas tú de ahí, si puedes.  

Porque esto no habla ni bien ni mal de ellas, quede claro, porque cualquiera en su situación y con los recursos de una niña reaccionaría de la misma manera. El problema no está en ellas, sino en la estructura y organización de la familia. No es una cuestión de capacidad o de voluntad, sino relacional, estructural y sistémica.  

El problema es que, cuando estas niñas se hacen mayores y tienen hijos, la cosa se complica. Los mecanismos de protección que les sirvieron cuando eran niñas, ya no les sirven pero, como no tienen otros, siguen funcionando de la misma manera: exigiéndose ser mejores hasta el punto de ruptura.  

Así acontece el desamparo de las pequeñas y los pequeños.  

Y aquí es donde entramos los servicios sociales como un elefante en una cacharrería. Como un pulpo en un garaje, y con la confianza de Manolete en Linares. Porque en seguida y sin criterio de cuidados, nos colocamos en el mismo lugar que esas hermanas o hermanos parentalizados que sirven sin demasiada gana a un poder superior, exigiéndoles más esfuerzo, más dedicación y más látigo a quienes llevan la espalda desgarrada, con la piel cayéndose a tiras.  

«Es que cómo puede hacer eso.» 

«¿No se da cuenta del daño que hace?» 

«Es que es la hostia esta tía.» 

«Pa mí que me miente. Pero no soy tan tonto como se cree.» 

«Tiene que ponerse las pilas.» 

Sin considerar que llevan pilas mucho más potentes de las que necesitan. Pilas que llenan de tanta energía el sistema que hacen que pete el motor, quemando los circuitos. Pero tú, hala, apretando el acelerador, haciendo caso omiso al cuentavueltas al rojo. Verás la que lías.  

Porque lo que importan son nuestros tiempos, nuestros protocolos y nuestra urgencia.  

Cuando lo que necesitan realmente estas personas es deconstruir su autoestima. Llegar a entender, a su ritmo y por sus propios medios, que esa voz que les dice que son una caca y que no valen ni para hacer la o con un canuto, no es de ellas. Que su hiperactivación y desconexión es la respuesta natural de su cuerpo a un maltrato sistemático. Que lo que sienten acerca de sí mismas nada tiene que ver con ellas, sino con el lugar que ocuparon en un entramado familiar ahogado por el trauma, por condiciones de vida desfavorables y por decisiones que eran una trampa, porque, si bien parecían cojonudas a corto plazo, a la larga eran tóxicas para su sistema nervioso.  

Y, coño, condiciones de vida dignas y que les permitan tomar sus decisiones, con criterio de autonomía.  

Y eso no se consigue, nunca, amigas y amigos, desde el control, desde la exigencia o desde la amenaza, sino desde la compasión, la justicia social, los cuidados y la curiosidad hacia la vida de los demás que permita recobrar cierta esperanza. Una esperanza que se perdió hace muchos años, cuando aceptaron sacrificar su autoestima para preservar los vínculos que les daban seguridad y el amor por los suyos.  

Pero algo subyugó esa narrativa.  

No lo hagamos nosotros también.  

Que lo que hacemos siempre comunica.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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