Violencia y expulsión en la familia delegante 

[…] Le casca seriamente, golpeándole la cabeza contra la pared y haciéndole mucho daño. Por suerte, puede pedir socorro. Y entonces es su padre quien aparece, separándolos, maldiciendo y expulsando al crío de casa. A tomar por culo. […] 

Su hermana se había llevado unas buenas hostias.  

Y en consecuencia, la familia le había expulsado de casa, obligándole a ir con su madre alcohólica.  

Una consecuencia aparentemente acorde a la gravedad de la agresión, en plan, tío, eso no lo aceptamos en esta familia así coges la maleta y te piras. Y, si una vez allí piensas en lo que has hecho, y se te bajas los calzoncillos y reconoces la cagada, quizás vuelvas a tener la puerta abierta.  

Pero una y nunca más. Hala.  

Pum. Portazo y fuera.  

Si piensas como hermano mayor, supernnanny o la pedagogía conductista y severa del nacionalcatolicismo, quizás te parezca una buena idea. A lo hecho, pecho. Que a los chavales hay que aplicarles menos chorradas y más vara de avellano, que si no se suben a la chepa.  

Pero veamos la secuencia a cámara lenta.  

Muy a cámara lenta.  

El hermano y la hermana discuten por cualquier chorrada, pero se enganchan de lo lindo. A él le toca las narices que su padre siempre le saque la cara a ella, y a ella que él haga siempre lo que quiere a espaldas de su familia. Así que empiezan a poner en juego cosas que nada tienen que ver con lo que ha pasado, sino con el lugar que ocupan en la familia.  

Sube la intensidad hasta amenazarse.  

En ese momento, su padre —que vive con sus hijos en casa de los abuelos— ve lo que pasa. Pero no hace nada. Para él es muy complicado tomar una postura a favor o en contra de alguno de ellos, entre otras cosas, porque los críos amenazan constantemente con pirarse a casa de su madre, y porque sabe que sus padres van a actuar de manera más prudente y consecuente con ellos.  

Así que pasa… y pasa… a la espera de que intervenga la abuela.  

Llega entonces la abuela, con buenas intenciones pero muy alterada. El abuelo está con problemas de corazón y no le convienen disgustos. Así que trata de mediar entre los hermanos, activando la súplica y una actitud victimista.  

«¿No veis que nos estáis matando?», dice con la mirada.  

Este golpe remata al chaval, que se siente de nuevo señalado como el culpable de todos los males que afectan a la familia: la mala gaita de todos, la depresión de la abuela, el corazón del abuelo, y hasta de la perra que se ha roto la pata. En consecuencia, salta rabioso hacia la anciana:  

—¡¡Dejadme en paz!! —grita con fuerza, y da un puñetazo a una puerta.  

El golpe llama poderosamente la atención de su tío, que vive en la casa familiar en el piso de abajo. Y sube hecho un basilisco. «A mi madre nadie la toca, y quien lo haga se las va a ver conmigo.» 

Al llegar, casi tira la puerta abajo del empujón, y salta hacia el crío:  

—¡¿Pero quién cojones te crees?! —grita, endemoniado y levantando la mano— ¡Ni se te ocurra hablar así a la abuela! 

El crío se retrae, acojonado. El tío es grande como un armario, y fuerte como un rinoceronte. Si le mete una guapa, lo estampa. Así que su sistema nervioso colapsa y él queda frío, bloqueado, sabiendo que la ha liado cojonuda.  

El tío, orgulloso de su intervención, se pira para abajo.  

Pero, cuando desaparece, el chaval siente que su cuerpo vuelve a cargarse de rabia. Una rabia incontrolable que hace que le duela el pecho, la espalda y los brazos. Una rabia que le graba a fuego en la mente que no va a largarse nunca, a no ser que haga daño a quien lo merece. Aguanta como puede, pero se le va la pinza: 

—¡¡Cago en la putaaaaaaaa!! —grita, y se va directo hacia su hermana, a quien hace culpable de todo lo que ha pasado: que su padre sea un mierdas, que su tío sea un cabrón, que el abuelo esté enfermo, y que la abuela fume deprimida en pipa.  

Le casca seriamente, golpeándole la cabeza contra la pared y haciéndole mucho daño. Por suerte, puede pedir socorro. Y entonces es su padre quien aparece, separándolos, maldiciendo y expulsando al crío de casa.  

A tomar por culo.  

El padre, por fin, se siente un padre protector y con autoridad. La abuela que su hijo puede hacerse valer. El tío, que su hermano empieza a hacerse cargo. La hermana reconocida en su rol de niña buena. Y el chaval visto y reconocido.  

Así se reestablece cierto equilibrio.  

Un equilibrio que no rompió el adolescente, a pesar de lo que pudiera parecer a simple vista. Porque él sólo estaba actuando bajo la presión impuesta por todos y cada uno de los miembros de su familia. Una familia constituida desde un modelo delegante, en el que los padres (o las madres) pierden su rol, al residir en casa de los abuelos. Donde todos se hacen cargo de todo, sin llegar a nada, en una lucha perpetua por esquivar el bulto. En una casa donde no pueden poner las normas ni hacerse valer, porque no es la suya; donde se les exige el imposible de tener autoridad, cuando no juegan el rol de padres, sino de hermanos —con suerte— mayores.  

Y eso es justo de lo que hay que hablar. De las sensaciones y sentimientos que afloran de manera natural en esa organización de la familia. De la estructura relacional que confunde los roles y dificulta hacer respetar los límites. Del machismo que se ha comido el chico y que afecta a los roles que desempeñan las mujeres. De lo que duele, de lo que se espera y de lo que calma. De la sensación de que nada puede cambiar y de los momentos en los que sí pudo haber esperanza.  

No de la charlita de hermano mayor —tras un sometimiento brutal— en plan eres un puto irresponsable y un cabrón con tus padres. O el sermón del Calatayud arengando a los padres a que den más hostias y dialoguen menos, porque el respeto se impone como en el sistema judicial, con la policía por medio.  

¿Lo ves? 

Eso sólo retroalimenta el problema.  

Hala, a cascarla.  

O a darle al dedo.  

Que falta nos hace.  


Referencias y lecturas complementarias:  

DANGERFIELD, M. (2017). Aportaciones del tratamiento basado en la mentalización para adolescentes que han sufrido adversidades en la infancia. Cuadernos de psiquiatría y psicoterapia del niño y del adolescente. SEPIPNA, nº 63.    

MINUCHIN, S. (1998). Calidoscopio familiar. Barcelona: Paidós 

NARDONE, G.; GIANNOTTI, E.y ROCHI, R. (2012) Modelos de Familia. Conocer y resolver los problemas entre padres e hijos. Barcelona: Herder 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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