La transmisión intergeneracional del trauma 

[…] Todas las familias tenemos una maldición. Y no es nada fácil esquivarla. […] 

No es ningún secreto que el trauma se transmite intergeneracionalmente; pero, a veces, en formas diferentes.  

Uno de los casos más graves con los que trabajé era el de una mujer que había sufrido sistemáticamente abuso sexual por parte de la pareja de su madre. Que, en una ocasión, pudo revelar el abuso, pero, entonces, el contexto que debía protegerla le dio la espalda, tachándola de fantasiosa o mentirosa, y guardando los trapos sucios debajo de la cama.  

El abuso se perpetuó así durante años. Con el añadido, ahora, de más violencia, como castigo por haber delatado al pederasta violador.  

Ella jamás atacó sexualmente a sus hijos. Jamás. Pero su mente estaba rota, porque lo único que puede hacer una niña sometida sistemáticamente a tan salvaje abuso es irse fuera. Fuera del cuerpo profanado y fuera de esa mente invadida, desconectándose de todo, para sobrevivir con esa angustia y esa vergüenza. La vergüenza de ser utilizada como un mero objeto para la satisfacción de ese cerdo, y la vergüenza de que toda su familia, sin excepciones, prefiera el equilibrio y proteger su imagen, en vez de rescatarla a ella.  

Como su mente estaba rota, había una parcela aislada que contenía toda esa vergüenza y ese dolor. Un sufrimiento profundo que estaba relacionado con la idea de ser ignorada, desprotegida y priorizada ante terceros. Ella hacía todo el esfuerzo del mundo para mantener esa caja a salvo y cerrada, llegando a tener el sistema nervioso reventado, pero siempre aparecía un momento de debilidad en el que la perdía de vista, se caía, se rompía, y todo su interior se desparramaba.  

Entonces, parecía transformarse en otra persona. No recordaba el contenido inmediatamente anterior de la conversación, ni podía conectar con nada de lo que habíamos hablado en sesiones previas. La mirada hacia sus hijos estaba cargada de hostilidad y reproches, como si no hubiera nada bueno en ellos.  

Siendo testigo en varias ocasiones de esta transformación, puede intuir cuál era el detonante: los intentos de sus hijos de diferenciarse de ella, haciendo las cosas de manera independiente, a su manera.  

Podemos pensar que estos detonantes están relacionados con los sucesos potencialmente traumáticos, ¿verdad? Sería de esperar que ella se sintiera amenazada ante la proximidad física de un hombre, un contacto no deseado, o determinado aroma que le recuerde al violador. Sin embargo, lo que observamos en el trabajo con las familias es que los detonantes muchas veces, están relacionados con la respuesta del contexto al suceso traumático. Por ejemplo, en el caso de esta mujer, al hecho de que su madre le diera la espalda y actuase como si nada, ignorando sus necesidades de protección y dejándola sola.  

Y eso era justo lo que esta mujer reproducía ahora con sus hijos. El desapego, la hostilidad y el odio hacia una persona que la ignoró cuando más vulnerable era, y se dedicó a hacer su vida, como si no pasara nada. Un proceso que es natural en las hijas e hijos adolescentes, por el que necesitan pasar si quieren diferenciarse y desarrollar una autonomía sana. Y que estos chicos no podían disfrutar porque su madre haría lo posible para protegerse de ese rechazo sentido. Un rechazo que sentía como una ruptura del vínculo, que le dejaba en el peor de los lugares, expuesta a sus peores monstruos.  

Porque los monstruos aparecían y permanecían ahí, cada vez que ellos volaban.  

La paradoja es que, aunque ella no les agrediera física ni sexualmente, había muchos puntos en común entre su experiencia del pasado y la experiencia que ahora estaban teniendo sus hijos. Una experiencia caracterizada por el rechazo en los momentos en los que se sentían más vulnerables. Una experiencia en la que los adultos pueden mostrarse empáticos y amables y, en un click, convertirse en monstruos que odian, apartan y rechazan.   

Así es como el infierno se hereda, si no hay una intervención debidamente estructurada.  

Todas las familias tenemos una maldición, que tratamos de esquivar, y en la que caemos cuanto más nos esforzamos en evitar esa trampa.  


Lecturas complementarias:  

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon 

MARTINEZ DE MANDOJANA, I. (2021). Pero a tu lado. De la parentalidad positiva a la crianza terapéutica. Madrid: El Hilo Ediciones. 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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