Errores en la mentalización | por qué las cosas salen mal 

[…] Las y los profesionales solemos caer en las mismas trampas que perjudican a las familias, sobre todo, cuando tratamos de relacionarnos con otras figuras profesionales que tienen un ámbito de actuación o un criterio diferente. […] 

Las y los profesionales solemos caer en las mismas trampas que perjudican a las familias, sobre todo, cuando tratamos de relacionarnos con otras figuras profesionales que tienen un ámbito de actuación o un criterio diferente.  

No es extraño que, por ejemplo, designemos un chivo expiatorio para que cargue con toda la culpa, en plan, es que este tío es imbécil o, más sutilmente, es que el cole está mal situado.  

Un chivo expiatorio ayuda a que nos calmemos a corto plazo, porque nos quita responsabilidad, pero a la larga perpetúa los problemas porque conlleva la creencia de que el cambio depende, en exclusiva o casi en exclusiva, de lo que hagan las y los demás, limitando sustancialmente nuestra intervención.  

Tampoco es raro que articulemos ideas irracionales para evitar conectar con el daño que hemos hecho. A fin de cuentas, somos figuras profesionales, con muchos y caros estudios, y es difícil asumir que hemos causado un daño significativo por nuestra intervención. Por eso, nos decimos cosas del tipo “es que con éste no hay nada que hacer” o “lo que necesita es un ingreso en psiquiatría y nosotros no se lo podemos proporcionar”. Son formas sutiles de evitar la responsabilidad de la reparación cuando sabemos, por los libros y por la práctica, que para las personas que sufren esa experiencia es clave para el alivio y/o la sanación.  

Por último, solemos confiar en soluciones mágicas que, de repente, van a proporcionar una solución. Rollo, “todo cambiará cuando sepa el esfuerzo que se está haciendo por ella” o “en cuanto se encuentre con unos amigos que le valoren, todo mejorará”. Cosas que, normalmente, no están bajo nuestro control y que, si nos ponemos a pensar, pocas ocasiones están conectadas con la afectación profunda que la persona pueda padecer.  

Todas estas cositas, nos hacen mantener el equilibrio, pero en la parálisis. Desplazar la atención de nuestra propia responsabilidad, desconfiando del impacto que sí puede tener nuestro trabajo. Son como un veneno que nos paraliza y nos hace reproducir, con las familias, los mismos patrones que les han causado daño, convirtiéndonos en parte del problema, en vez de en lo que podría ayudar.  

Pero, ¿cómo evitar esto? 

Lo primero es reconocer que estas cosas pasan a menudo en los mejores equipos profesionales, por lo que no hay nada de lo que avergonzarse. Si algo nos debiera de sacar los colores es, precisamente, no verlo y, sobre todo, no actuar.  

Y lo segundo —y quizás lo más importante— es expandir nuestra capacidad de mentalización. Porque lo hacemos bien o medio bien con las personas a quienes acompañamos, pero no tanto con otros niveles:  

Llamamos mentalización a la capacidad para representar los estados mentales y corporales de los demás, resonando empáticamente con ellos, de manera que se produzca la conexión emocional que permite la confianza en el contexto de la relación.  

Por ejemplo, la mentalización aplicada a nosotros mismos, como personas afectadas por la interacción con personas que sufren y que activan, necesariamente, determinados recursos para protegerse de su dolor, y de lo que nosotras y nosotros significamos para ellas. Porque, ¿qué trato damos a las sensaciones que se despiertan en nuestro interior? ¿Cómo estamos gestionando nuestro malestar? ¿A través del buen trato, o desde un intento de control? 

O, también, la mentalización aplicada a nuestro equipo de trabajo. Es decir, a las compañeras y compañeros que acompañan nuestra labor, en el contexto de nuestra organización. Porque entre nosotras y nosotros irremediablemente pasan cosas que, muchas veces, no hablamos porque lo consideramos un peligro (o no) según el pasado del equipo o nuestra cultura organizacional.  

O, lo que es más difícil, la mentalización aplicada a otras figuras de la red profesional: escuela, pediatras, psiquiatras, psicoterapeutas de la red pública o cualquier otro tipo de agente que también tiene que intervenir, a veces, con decisiones que no nos gustan o comprometen nuestro criterio y nuestra labor. Porque, más allá de lo primero que nos viene a la mente, que suele ser un insulto con palabrotas o sin ellas, seguramente hayan tenido buenos motivos para actuar así. Buenos motivos que pueden tener que ver con su criterio profesional, o con la afectación que les suscita el caso, coño, que también tienen derecho a desregularse y cagarla, como lo tienes tú y lo tengo yo. Porque nadie necesita intervenciones perfectas, sino capacidad para reparar.  

La cosa es que en nuestras reuniones de equipo difícilmente salimos del primer nivel de mentalización: el que se aplica a las personas a quienes acompañamos. Pero esto, tiene severas repercusiones en nuestro trabajo, porque nos predispone a sostener ese equilibrio tóxico, en el que la confianza del proceso se pone en elementos externos a los que podemos controlar.  

Eso cuando mentalizamos bien, porque la mayor parte del tiempo estamos en ese estado chungo que algunos autores han llamado pseudomentalización, que tiene muchas caras, entre las que la más visible es poner nombre a los estados mentales de los demás, pero sin resonar empáticamente con sus vivencias, como un maldito robot que transmite una gran frialdad que, a menudo, conecta con el peor de los tratos al que en el pasado se tuvieron que enfrentar: rechazo, abandono, soledad, etc.  

Cambiemos nuestros patrones de mentalización. Pero ya.  

Porque muchas intervenciones no fracasan porque hayamos cometido errores graves en el análisis de caso, sino por los problemas de relación que aparecen y no se resuelven entre las figuras profesionales, porque no tienen costumbre de mentalizarse y cuidarse entre sí.  


Referencias:  

BATEMAN, A. y FONAGY, P. (2016). Tratamiento basado en la mentalización para los trastornos de la personalidad. Bilbao: Deslee de Brouwer 

DANGERFIELD, M. (2017). Aportaciones del tratamiento basado en la mentalización para adolescentes que han sufrido adversidades en la infancia. Cuadernos de psiquiatría y psicoterapia del niño y del adolescente. SEPIPNA, nº 63.    

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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