El globo de la tristeza

[…] Cogí un pellizco al globo y lo mordí a la altura del nudo, haciéndole un agujerito muy pequeño. Después, me lo metí dentro de la camiseta, en el pecho alto, casi a la altura del cuello. Se escuchaba un silbido muy leve. […] 

—¡Quiero ir con Ama! —dijo, llorando— ¡¡Quiero ir con Ama!! 

Últimamente, Amara anda un poco blandita. Imagino que algo tiene que ver el inicio del cole, y el fin de las vacaciones. Ya sabéis, muchos cambios activan el sistema de apego, y las niñas y niños necesitan más cercanía y mimitos. Puede decirse que es la forma que tienen de asegurarse que sus figuras de referencia permanecen, conservando ese lugar en el que poder refugiarse cuando las cosas se tuercen, y que los que curramos en esto llamamos base segura.  

—¡Quiero llamar a Ama! —pidió, casi desesperada.  

Pero a Ama no le podíamos llamar ahora, porque estaba en el médico, y no podíamos interrumpir su consulta.  

—No podemos llamar ahora a Ama, pero sí dentro de un ratito —dije, con cuidado.  

—¡Nooo! ¡Quiero con Ama! —siguió gritando.  

La tomé en brazos, y ella los aceptó con gusto.  

—Vamos a caminar un poco por la casa, que eso te ayuda mucho —dije—, pero no te guardes el llanto que es peor. Echa todos los nervios fuera.  

—Ya está —dijo, reprimiéndose.  

—No, no está —le corregí—. Todavía tienes mucha tristeza dentro. Estás echando mucho de menos a Ama. No te lo guardes, es mejor que llores para que estés más a gustito.  

Rompió a llorar de nuevo. Esta vez con más fuerza.  

Cuando sentí que remitía el llanto y ella me empezaba a pedir algo más, tuve una idea: 

—Mira, Amara, quiero explicarte una cosa importante —dije.  

Ella se acercó, curiosa.  

Tomé un globo azul inflado.  

—Este globo es azul, como la… 

—Tristeza —completó ella.  

—Eso es. Como la tristeza que se siente aquí —toqué la parte alta de su pecho— cuando Ama se marcha.  

Miraba atenta.  

—Mira lo que voy a hacer.  

Cogí un pellizco al globo y lo mordí a la altura del nudo, haciéndole un agujerito muy pequeño. Después, me lo metí dentro de la camiseta, en el pecho alto, casi a la altura del cuello. Se escuchaba un silbido muy leve.  

—Es el globo de la tristeza. Parece que es muy grande y que siempre va a ser así, ¿verdad? Pues vamos a ver qué pasa si le damos mimito.  

Empecé a acariciar el bulto grande y, de vez en cuando, le daba besitos.  

—¿Escuchas? 

—Sí.  

—Se oye “zzzzz”, como una serpiente. Eso significa que está funcionando. Vamos a continuar mimando esa tristeza, ¿te parece buena idea? 

—Vale. 

Los dos continuamos acariciando el globo, con mucho cuidadito. De vez en cuando, tocaba la parte alta de su pecho, para que sintiera en su propio “globo” algo parecido.  

—¿Te gusta? 

—Sí —respondió.  

La verdad es que estaba muy concentrada.  

Mira, el globo cada vez se está haciendo más pequeño. Al principio, parecía que siempre se iba a quedar así, grande y gordo, pero se está desinflando. Va poco a poco, pero seguro que se queda pequeñito.  

Mientras, seguíamos mimando el globo, y con esa escusa cada vez estábamos más juntitos.  

—Mira, Aita, ya se ha desinflado —dijo, sacándolo con sus manitas.  

—Ay, qué gustito.  

—Está roto —dijo, explorándolo de cerquita. 

—¿Qué tal está ahora tu globo? ¿Lo sientes dentro? —dije, posándole la mano encima del pecho.  

Me atravesó con la mirada: 

—No, ya se ha ido.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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