Cabalgando la ansiedad 

[…] Todo eso para descubrir que lo que me había estado jodiendo vivo todo este tiempo no eran “los nervios”, “el estrés” o “la ansiedad”, sino la profunda vergüenza asociada a tantos eventos de mi vida que me habían configurado para sentir que nunca, haga lo que haga, voy a ser suficiente, porque el mal estaba hecho y eso no se podía resolver. […] 

A ver. Vaya por delante que mi experiencia no tiene por qué ser como la tuya. Que lo que a mí me ha servido, seguramente, no te sirva para nada. Pero me apetece mucho contar una movida que, creo, puede arrojar algo de esperanza para las personas que padecen ansiedad o cualquier otra expresión dolorosa de su experiencia interna.  

Vale, otro paréntesis, que si no me crujís y con más razón que un santo. La ansiedad, la depresión, los TAC, los TOC, los pum y los pam, a veces —sólo a veces, que las farmacéuticas ya se están frotando las manos—, necesitan de ayuda farmacológica, porque el sistema nervioso requiere una ayuda extra para restaurar sus funciones; pero, en todos los casos, son eso, el dolor que las personas padecen como resultado de lo que se les mueve dentro.  

No se trata de escribir un tratado concienzudo que sea fiel a la ciencia, sino de explicar como el menda lerenda, aquí presente al otro lado del cristal, ha superado la ansiedad. No para sentar cátedra, sino para trasladar al público un poco de esperanza, porque de esta mierda horrorosa se puede salir.  

Hace unos meses pasé un par de semanas mal, aquejado de una sensación de agitación general muy potente, que se materializaba, especialmente, en opresión en el pecho y una fuerte presión en la frente que bajaba tras los ojos, y colocaba una especie de pantalla ahí, que me daba cierta sensación de irrealidad. No me podía concentrar bien, y mi capacidad para sentir a los demás y acompañarlos estaba por los suelos. Y, lo peor de todo, era que esa sensación permanecía inalterable, ahí.  

Parecía que ya estaba superado, pero no.  

Hace un par de semanas, sin motivo aparente, la misma sensación reapareció. Y me cagué vivo.  

¿Hostia, otra vez tú por aquí? 

Lo primero que hay que saber es que la ansiedad, en sí misma, contiene tres TRAMPAS.  

La primera, nos la sabemos. Cuando una toma una MEDICACIÓN para la ansiedad —en mi caso, tomé ocasionalmente orfidal— la ansiedad desaparece. Se está estupendamente bien. Y en esas condiciones, tó guays, es muy difícil que hagamos algo para resolver nuestro malestar porque no se siente suficiente motivación para hacerlo y, sobre todo, si como es el caso, las soluciones más eficaces pasan por sentir nuestro cuerpo en toda su intensidad.  

A todo ello se añade el mal hábito de muchos médicos de cabecera de recetar psicofármacos, sin una valoración previa de cómo es la persona y de cómo esta encaja en su ecología relacional.  

En mi caso, la cosa fue todavía más grave porque pedí que me derivaran a salud mental y me respondió algo así como “¿para qué, si ya tienes lo que hay que tomar?” 

«Anda a cascarla, imbécil», grité en silencio por todos los pacientes a los que habrá jodido la vida.  

A veces no soy todo lo asertivo que debería. Yavestú. 

Además, los efectos de la medicación son tan potentes que, sin duda, ANULAN EL IMPACTO DE LA PSICOTERAPIA. Porque a ver quién es el guapo que espera meses para resolver un problema si no puede sentir los pequeños avances impactos que sus decisiones, su dialogo interno y sus hábitos tienen sobre su mundo interior.  

Claro que sí, Guapi.  

La segunda trampa son las SOLUCIONES INTENTADAS para rebajar el sufrimiento. Poque lo que hacemos —y lo que hacen los demás— cuando estamos por las nubes, suele tender a incrementar el malestar. Porque sí, uno sabe que parte del problema es la hipervigilancia sobre el cuerpo y el deseo irrefrenable de luchar contra ese dolor pero, en ese estado de agitación brutal, en el que el sistema nervioso simpático está desatado, el cerebro y, sobre todo, las conexiones entre las estructuras superiores e inferiores responden de manera regular.  

Y la tercera trampa son las ETIQUETAS DIAGNÓSTICAS que colocamos a nuestro malestar. Parece que decirse a uno mismo “padezco ansiedad” tiene un efecto sanador. En un primer momento, se siente que lo que pasa tiene un nombre, y eso da cierta esperanza de solución, pero la ansiedad —o lo que sea— no se puede gestionar porque ese diagnóstico, frío y distante, no nos conecta con nuestra experiencia, nuestro sufrimiento o nuestra realidad.  

En mi caso, superar las tres trampas y, con ellas, la ansiedad, implicó un proceso largo y complejo, gracias a Thor, Odín y Marduck, sustentado en años de aprendizaje y psicoterapia de base.  

Quizás, lo primero fue aceptar la realidad. Mi cuerpo estaba sobreactivado hasta doler, pero ya me había currado yo con mi terapeuta incrementar los márgenes de mi ventana de tolerancia para aguantar ese sufrimiento tomando conciencia, además, de las pequeñas ondulaciones u olas que me permitían confiar en que eso se movía y, si se movía, podía hacer que se moviera más. Así que pude aguantar más tiempo sin medicación porque, aunque dolía un huevo, eran niveles de estrés tolerables para mí.  

Estrés tolerable es aquel que puede soportar nuestro sistema nervioso sin perder la función ejecutiva, y depende no sólo de la intensidad de las sensaciones que emite nuestro cuerpo, sino con el tamaño de nuestra ventana de tolerancia, es decir, nuestra capacidad de permanecer conectados con dicho dolor.

Llegados a este punto, empecé a sentir lo que tenía que sentir. Sabía que estas cosas son como pelar una cebolla: fijo que había más sustancia detrás. Pero también sabía que, para que limpiar en las profundidades, necesitaba activar el autocuidado, es decir, ser comprensivo conmigo mismo y forzarme a hablarme, en contra de mis impulsos, lo mejor posible. 

Que ya sé que no te lo crees mucho ahora, Gorka, pero no te mereces sufrir.  

Esta autocompasión, primero forzada, y progresivamente más conectada con mi cuerpo y mi realidad, fue despertando cierta tristeza. Y esas gotitas o lágrimas que chispeaban, se convirtieron en lluvia y, luego, en tormenta y en huracán.  

En medio de las inundaciones, agotado de nadar sólo, sentí que necesitaba una balsa para sobrevivir, y grité pidiendo ayuda con el cuerpo y con desesperación.  

—Ayúdame, que no puedo sólo —le dije a mi mujer.  

Y su respuesta fue todo lo contrario a la pelea y soledad que temía mi ansiedad. Recibí cariño, cuidados, comprensión, tiempo y mimos, lo que caló profundamente en mí, sintiéndome parte de una tribu que no me iba a defraudar. Esto me llenó de fuerza y de esperanza, y me animó más para seguir un camino que intuía que iba a ser muy duro, pero en el que al final había una paz y una calma a la que quería llegar.  

A veces no podemos solos. Y está bien que sea así.  

Pero el golpe de gracia, el punto de inflexión, la joya de la corona, el no va más, fue cuando me di cuenta de LO QUE DE VERDAD ERA mi maldita “ansiedad”. Lo hice en el contexto de un ejercicio que me llegó solo, como un chispazo, en un momento de tristeza profunda. Me vi a mí mismo, como el padre que soy ahora, descubriendo a mi hija con varios de los comportamientos o actitudes que me llenaban de vergüenza y, sin restar importancia a lo que veía, sentí que me salía desde lo más profundo ser comprensivo y cariñoso con ella.  

«Se puede no poder acompañar mi muerte, y eso no cambia nada del cariño y del respeto que siento por ti. No cambia en nada los buenos momentos que hemos vivido juntos y quiero, por encima de cualquier cosa, que perduren en ti.» 

Menuda llorera. 

Y ya sabes cómo va esto. Una cosa lleva a otra y, click, clack, se van soltando los nudos con sólo estirar.

Todo eso para descubrir que lo que me había estado jodiendo vivo todo este tiempo no eran “los nervios”, “el estrés” o “la ansiedad”, sino la profunda VERGÜENZA asociada a tantos eventos de mi vida que me habían configurado para sentir que nunca, haga lo que haga, voy a ser suficiente, porque el mal estaba hecho y eso no se podía resolver.  

Entender que era vergüenza lo que me atormentaba, lo que no me dejaba relajarme y disfrutar de las sensaciones de paz y bienestar que me reportaba mi cuerpo, fue profundamente esclarecedor. Pero mejor fue, si cabe, sentir que a mí no me salía tratar a mi hija con la exigencia, la intolerancia y la crueldad con la que toda mi vida me había tratado yo.  

Sin embargo, lo estaba haciendo un poco. Porque me imagino un poco cómo ella estaba viviendo mis “rayadas” y mis crisis de ansiedad.  

Bien seguro que no.  

Qué movida, colega.  

Qué movidas hay que hacer para sentir algo de paz.  

Por qué movidas hay que pasar para que los nuestros nos puedan disfrutar.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

2 comentarios en “Cabalgando la ansiedad 

  1. fhvtea

    Te sigo desde hace meses, en silencio porque prácticamente todo lo que publicas resuena en mí y necesito silencio para escucharme mientras te leo. Agradezco tu valentía al exponer tu vulnerabilidad porque me sirve como modelo al que mirar cuando me hunda en mis propias mierdas. Por lo demás, en lo profesional, que es lo de menos, me dedico a la orientación educativa en el sistema educativo público, en Madrid, y tus materiales me flipan; gracias también por tu generosidad. Un abrazo de mi parte.

    Le gusta a 1 persona

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