Muletas para un cadáver 

El síntoma suele ser la única forma que las niñas y niños tienen para pedir ayuda y recibirla en los límites que impone su estado nervioso actual.  

Llegué a su casa temprano. Mi idea era acompañarlas a ella y a la madre al autobús del cole, así, de paso, chequeaba un poco en qué estado estaba la niña, dado que el cole había dado la voz de alarma al verla decaída, muy metida para dentro, y sin querer interactuar con nadie.  

Me sorprendió verla con muletas. Al regresar a casa, pregunté a la madre:  

—Anda, ¿qué le ha pasado? 

—Nada. Tiene mucho cuento.  

—¿Cuento? 

—Sí, se torció un tobillo el domingo, pero fuimos al hospital y me dijeron que no tenía nada.  

—¿Y las muletas? —pregunté, desconcertado.  

—Nos las ha dejado la abuela —respondió—. Se puso tan tontorrona que tuvo que traerle unas que tenía en casa. Ya ves.  

«Ándate, tú», me dije, poniéndome una nota mental para tratarlo cuando llegásemos a la casa.  

Todos los SÍNTOMAS —o ajustes creativos— cumplen cuna doble función: a nivel relacional y a nivel comunicacional. Pero esta doble función está muy relacionada con el estado del sistema nervioso dominante.  

En este caso, el estado VAGAL DORSAL, caracterizado por la inmovilidad, impotencia y desesperanza. Un color, a saber, el gris, que teñía el mundo entero como un lugar amenazante del que una no se podía proteger.  

En el caso de esta niña, hipotetizamos que el síntoma podría cubrir una serie de NECESIDADES en el contexto escolar: era la forma de protegerse del daño que podían causarle terceros (“estoy mal físicamente, así que dejadme en paz”), y de pedir ayuda al contexto adulto (“miradme, atendedme, cuidadme, protegedme”), que era la ÚNICA FORMA en que ella podía PEDIR Y RECIBIR AYUDA en su estado nervioso actual.  

Cosas todas ellas comprensibles en una niña cuya vida ha estado caracterizada por la intromisión y el maltrato y que, además, había vivido previamente graves episodios de acoso escolar.  

El problema, en estos casos, es que el mundo adulto suele reaccionar como lo hizo su madre, por un lado, atendiendo a la demanda de las niñas y los niños pero, como “no les pasa nada” tachándoles de mentirosos, exagerados, o manipuladores, sin tomar verdadera conciencia de lo que hay detrás.  

Y detrás hay una niña en un pozo oscuro, que lucha para sobrevivir. Para la que el mundo se ha teñido de tinieblas, como si hubiera caído una noche de la que le iba a resultar imposible salir. Una niña aterrorizada, hecha un ovillo en una esquina, que apenas puede articular un hilo de voz para pedir la ayuda que necesita para respirar.  

Pero una niña que, en su colapso, no da guerra, así que “tan mal no estará”. Y, mientras, pasa el tiempo hasta que ella, con mucho esfuerzo, logra hacer algo para salir adelante. Una maravilla a la que hay que ATENDER.  

Porque ese síntoma es el único ENLACE que puede permitirse con el mundo exterior. Su única esperanza de recibir algo de ayuda. Y, si me pides mi opinión, no hay otra opción que dársela, en sus términos, dentro de los límites que pueda tolerar, para que ella pueda volver a sentir algo de seguridad.  

Y quizás, en esa SEGURIDAD GANADA, inestable, leve y fugaz, pueda pedir ayuda de una manera mucho más eficaz: rompiendo algo, tocándonos los cojones o rompiéndose en mil pedazos, para que alguien la abrace y la empiece a remendar.  

Los síntomas siempre son una PUERTA DE ACCESO a los cuidados, la conexión y la vulnerabilidad.  

¿Se puede ver? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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