No soy bien 

[…] Y ahora, cada vez que puede disfrutar de algo, véase un logro, una relación amable o la paz interior, hay un resorte que se activa dentro de ella que activa su respuesta de lucha porque ella no se debe puede relajar, porque relajarse es perderse a sí misma y todo lo que es. Dado que, en ausencia de la lucha que le ayudó a sobrevivir, ella vuelve a ser esa niña pequeña invisible, a la que nadie supo ver. […] 

María tiene una madre muy invasiva, que trata de cambiarla constantemente. Nunca está satisfecha. Si la niña se viste a su gusto, le reprocha que los colores no combinan bien; si dice que le gustaría ser pintora, exclama que vaya tontería, que haría mejor en dedicarse a una profesión con futuro; y si se encuentra a gusto con un grupo de amigas, trata de que salga con otras chicas que hagan las cosas a su gusto.  

La madre de María no se siente culpable, porque hace las cosas por el bien de su hija pero, cada día, María se va a la cama con la sensación de que, decida lo que decida, NUNCA VA A SER SUFICIENTE, y no va a ser reconocida en su diferencia. Es decir que ella misma —cono dicen mis amigas y amigos gallegos— “no es bien”.  

María no siente que su madre atenta contra su autoestima. Hacerlo colocaría una distancia insalvable entre ellas, y necesita a su madre para crecer, porque es su único apoyo para la construcción de su identidad a través de la identificación. Por eso, se dice a sí misma que no es que a su madre no le guste su forma de ser, sino lo que hace, algo hasta cierto punto acorde con la realidad.  

Sin embargo, María tiene que PROTEGERSE de las constantes interferencias de su madre, porque las vive como un verdadero tormento. Por eso, cada vez que su madre le dice “mejor así” o “mejor por allí” se pone hecha un basilisco y, escupiendo espuma por la boca, se marcha, se aísla, y se dice a sí misma:  

«Vale. Soy una puta mierda, pero déjame en paz.» 

María repite este PATRÓN a menudo. Necesita aire y sólo puede respirar separándose por la fuerza de una madre que no tolera la diferencia, entre otras, porque la personalidad de la niña lleva a sentir demasiado cerca a algunos hombres abusivos de su vida como, por ejemplo, su padre, su hermano o varias de sus exparejas, que recurrieron a la violencia y al rechazo para someterla, manipularla y tratar de cambiarla como si fuera un OBJETO a merced de su voluntad.  

María no sabe nada de esto. No entiende que su madre la está intentando PROTEGER al intentarla modelar de una forma que ella considera mejor, más sana y mejor vinculada a los demás. Y se retira a su cuarto, con la espalda atrancando la puerta, mientras se dice:  

«Voy a ser mejor que tú. Ya verás. Y te lo voy a restregar por la cara. Aunque me cueste la vida: te vas a enterar.» 

Pero es eso, justo eso, lo que sin saberlo le lleva a aceptar que todavía no es suficiente para los demás. Lo que estimula su vergüenza como esa voz que le activa y le recuerda que, haga lo que haga, no va a ser suficiente. Jamás.  

«Vale. Soy una puta mierda, pero déjame en paz.» 

«Vale. Soy una puta mierda, pero déjame en paz.» 

«Vale. Soy una puta mierda, pero déjame en paz.» 

Tip, tap, tip, tap.  

A María le acaba pasando lo que a otras niñas y a otros niños vulnerados. Al protegerse de lo urgente, olvidan cuidar lo importante. Porque María quizás logre diferenciarse de su madre, hacer su propia vida, sentirse independiente y válida en sus intereses, pero a costa de construir una VERGÜENZA DE BASE cuyo origen es la aceptación de que ella es mala, insuficiente, una puta mierda, cuya única solución es el aislamiento y la soledad.  

Llegados a determinado punto, ya no se puede relajar. No puede disfrutar.  

Y da igual lo que le digas a María… que es lista, que es sensible, que es un ser prodigioso, porque no se lo cree. Y es que tiene grabadas a fuego las palabras que se dijo tantas veces para justificar su conducta y sobrevivir.  

«Vale. Soy una puta mierda, pero déjame en paz.» 

Y ahora, cada vez que puede disfrutar de algo, véase un logro, una relación amable o la paz interior, hay un resorte que se activa dentro de ella que activa su RESPUESTA DE LUCHA porque ella no se debe puede relajar, porque relajarse es perderse a sí misma y todo lo que es. Dado que, en ausencia de la lucha que le ayudó a sobrevivir, ella vuelve a ser esa niña pequeña invisible, a la que nadie supo ver.  

Ojalá su madre pueda ver algún día que la EXPERIENCIA INTERIOR de su hija —que ella vive como un rechazo visceral— no es muy diferente de la que ella tuvo con todas esas personas abusivas que la trataron como un objeto a su merced, prometiéndose a sí misma, una y otra vez, que ella lo haría mejor… que ella lo haría bien.  

«Vale. Soy una puta mierda, pero dejadme en paz.» 

«Voy a ser mejor, aunque me cueste la vida. Demostraré lo que valgo. Ya veréis.» 

El TRAUMA se cuela así, entre nuestras defensas, para emponzoñar a las siguientes generaciones. Reproduciendo el mismo juego y el mismo patrón.  

Pero es ahí, justo ahí, donde ambas experiencias se pueden encontrar. 


Lecturas relacionadas:  

GONZÁLEZ, A (2021). Las cicatrices no duelen. Cómo sanar nuestras heridas y deshacer los nudos emocionales. Bilbao: Planeta 

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta 

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017). Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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