Un pozo profundo 

[…] Con suerte, tras varios días de agonía, su padre, su madre, u otra persona que les quiere, los descubren allí, enterrados en vida. Y, entonces, empiezan a hacer cosas a la desesperada. […] 

A veces, las niñas y los niños caen en un pozo muy profundo.  

Abajo, el agua está helada, y permanecen a oscuras, temblando ateridos por el frío. Intentan trepar por las paredes, pero están llenas de verdín y musgo,  por lo que sus manos y pies resbalan, cayendo de nuevo a las aguas negras, que se meten por su nariz y su boca, amenazando con ahogarlos y dejarlos inertes, olvidados, allí solitos.  

Luego, cae la noche. Y entonces, el agua está más fría y el pozo más oscuro.  

Con suerte, tras varios días de agonía, su padre, su madre, u otra persona que les quiere, los descubren allí, enterrados en vida. Y, entonces, empiezan a hacer cosas a la desesperada.  

Hay quien pregunta quién les ha empujado hacia el vacío, cogen un palo y salen en su busca. Pero eso no ayuda porque se queda allí, otra vez, solito.  

Otros, les lanzan una cuerda y les gritan que la agarren con fuerza y que suban. Pero eso, tampoco les hace ningún bien, porque no les quedan fuerzas para trepar, dado que han gastado toda su energía luchando contra la congelación y, ahora, apenas pueden moverse tiritando de frío.  

Otros, corren a buscar ayuda. Y aunque eso puede activar cierta esperanza, se quedan gritando en silencio “¡aita, ama, no te vayas!”. Saben que pueden morir y lo terrible que será el momento de la despedida si no haya nadie al otro lado.  

Pero hay otros que se quedan allí, mirándolos. Y al verlos y sostener su mirada, el frío y el terror se meten también en su cuerpo. Bajan junto a ellos, y permanecen con los mismos olores, el mismo dolor de las congelaciones y de los sabañones, compartiendo el frío.  

Entre estertores, ambas miradas hablan. Lo hacen con pequeños movimientos de los ojos, sin que prácticamente se note. Y allí, conectadas, se transmite lo más importante.  

«Te veo en el pozo.» 

«Estoy contigo.» 

«Sé que no puedes salir, ni sólo, ni conmigo.» 

«No es culpa tuya no poder, ni haber caído.» 

«Sé que sientes que nunca vas a salir y que te vas a morir aquí, en la soledad y el frío.» 

«Pero del pozo se sale. Lo sé porque he estado yo muchas veces, y aquí me tienes, bajando con seguridad al frío.» 

«Sé que no puedo darte mucho calor, pero aquí tienes un abracito.» 

Y, si hay suerte, «la ayuda viene de camino.» 

Entonces, pasan cosas maravillosas, mágicas e inesperadas, allí abajo.  

¿Puedes sentirlas?  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

2 comentarios en “Un pozo profundo 

  1. Pingback: CUANDO ESTOY AQUÍ “PERO” … – Eva Carballar

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