La amenaza de la ausencia

[…] Pero nos cuesta mucho, muchísimo más, comprender que, a veces, su sistema de protección se active no por la presencia de un peligro o amenaza, sino por la ausencia de apoyo social. […] 

Entendemos muy bien a las personas cuando se protegen ante un peligro o amenaza que podemos identificar.  

Por ejemplo, si nuestra pareja sufre un atraco o una agresión, es muy fácil que nos acerquemos a él o ella de manera empática, activando la comprensión, los cuidados y, en general, el buen trato.  

Pero nos cuesta mucho, muchísimo más, comprender que, a veces, su sistema de protección (simpático o parasimpático) se active no por la presencia de un peligro o amenaza, sino por la AUSENCIA de apoyo social.  

Por ejemplo, a mí mismo me costó mucho entender que mi mujer estuviera afectada por la ruptura de la relación con quien, hasta entonces, había sido una buena amiga, reprochándole que no era para tanto, que fuera fuerte y que tirara hacia delante, como si nada hubiera pasado.  

Mierda pa mí.  

Y es que todas y todos nosotros, para mantenernos en un estado de suficiente calma e integración —es decir, para sentirnos seguras y seguras— necesitamos sentirnos parte de una manada suficientemente conectada como para activar nuestro sistema de compromiso social (freno vagal ventral). Y en ausencia de tribu, no nos podemos regular.  

Es lo que ha pasado a muchas personas durante estos 2 años de pandemia. Las medidas de protección impuestas ante la enfermedad les han privado del contacto natural con sus seres queridos, además de dificultarles el acceso a otros recursos que les ayudaban a regular su mundo interior (los bares, el deporte, actividades de ocio, etc.), dejándoles en una situación de extrema vulnerabilidad. Porque, si falla el FRENO VAGAL VENTRAL, el sistema nervioso simpático se hiperactiva dando lugar a cuadros cercanos al de la ansiedad; o, en ausencia de esperanza, aparece el reflejo vagal dorsal, dando lugar a cuadros de malestar y apatía vital, más cercanos a lo que habitualmente entendemos como depresión.  

Pero, lo peor de todo, es que no lo sabemos ver.  

¿Por qué estás tan jodido, si no te ha pasado nada? 

— Y yo qué sé.  

Pues dejadme que responda yo por muchas de las personas —cercanas a vosotros y vosotros, o no— que están pasando por algo similar.  

«Estoy jodido porque me siento sola o solo, y siento que toda la carga de la vida cae sobre mí. Y cuanto más consciente soy de esto, más me activo —o desactivo— y menos recursos tengo para enfrentarme al día a día, con todo lo que hay que hacer. Y cuanto más limitado me veo, más me exijo, introduciendo más tensión a un sistema nervioso que no se puede regular en esta maldita soledad.» 

No se puede.  

La cultura individualista y capitalista en la que estamos inmersos nos impone el MITO DEL TRIUNFADOR, es decir, esa persona —normalmente un hombre— que se ha hecho a sí misma, sin la ayuda de los demás. De quien primero se mofaron, luego trataron de derribar y finalmente, como en un acto de justicia divina, todos admiran como el ejemplo al que les gustaría aspirar.  

Pero este mito es esencialmente falaz. Una patraña. Porque nadie, repito nadie, puede contar con todos sus recursos sin otras personas que sostengan su SISTEMA DE COMPROMISO SOCIAL; y si algún iluminado, por los motivos que sea lo consigue, quizás debiéramos plantearnos qué precio tendría para su salud física o mental.  

Lo jodido de este mito, es que nos impone a las personas sanas la necesidad de emularlo. Es como si se diera más valor a lo que hemos conseguido contra viento y marea, en la guerra con los demás. Porque, si el mundo nos ha apoyado y ha hecho parte del trabajo, quizás estemos en deuda con él. Y eso es de débiles, de personas vulnerables, y no de los lobos de Wall Street que queremos ser.  

Y es justo esa cultura que sólo da valor al logro individual lo que podría estar detrás de las múltiples patologías que se han disparado con esta maldita pandemia. Porque sí, las medidas sanitarias han sido muy salvajes para todas y todos, y especialmente para la infancia, pero también han caído en un contexto en el que se INFRAVALORA LA IMPORTANCIA DEL APOYO SOCIAL. En el que un beso, un abrazo o una manita en la espalda son chorradas, mariconadas, cositas que sólo tienen importancia para las personas blanditas y vulnerables, mujeres, que son lo más bajo de la sociedad.  

Porque vivimos en un PATRIARCADO que baila el agua al SISTEMA NEOLIBERAL, en la que la pausa para el café se entiende como un mero descanso, sin considerar que podría ser un espacio, también, para cuidarse, sostenerse, derrumbarse, repararse y cuidar. Y es que lo que importa es sólo llenar de nuevo las baterías de la máquina, para que pueda producir más rápido y más eficaz. Y este MECANICISMO, que entiende el cuerpo humano como una herramienta y el cerebro como un ordenador, es sintomático de lo que hay detrás.  

No sé cómo he llegado hasta aquí, pero me quedo con una idea: nadie se puede regular en ausencia de los demás. Promover el individualismo es una forma de estimular el sufrimiento y las patologías mentales de toda una sociedad. Y aunque hay gente cuya cabeza debería rodar por ello, todas y todos somos partícipes de este problema, porque hemos NORMALIZADO o NATURALIZADO que las relaciones entre las personas sean así, contradictorias con nuestra naturaleza más profunda, que es eminentemente SOCIAL.  

Habiendo salido de las cavernas, sobrevivido a Pompeya, librado de la peste, esquivado los cañones de Trafalgar, y parapetándonos de la metralla en Jarama, nos seguimos necesitando para sobrevivir.  

Vamos, que, si alguien a quien quieres está sufriendo, igual no es porque le pase nada, sino porque os necesita a vosotros, o te necesita a ti.  

Ya ves. Menuda responsabilidad.  

¿Entiendes ahora que se sienta así? 


Lecturas recomendadas:  

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa 

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta 

MARTINEZ DE MANDOJANA, I. (2017). Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales. Madrid: El Hilo Ediciones. 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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