A las y los docentes interesados en el trauma: gracias de corazón 

[…] Porque estar ahí, desconectado de la materia, de los compañeros, de los profesores, deseando huir, angustiado, es un tormento brutal. Máxime cuando uno se dice y se repite a sí mismo que es un burro, un inútil, por no estar al nivel de los demás, haciendo esfuerzos prodigiosos para que la mente vuele y me lleve a otro lugar más amable, en el que, al menos, se pueda estar. […] 

Normalmente empiezo a escribir con una vaga idea acerca de lo que voy a contar o, al menos, de a dónde puedo llegar. Pero hoy no es el caso. Y es que mi función ejecutiva —la que nos permite coordinar medios y fines— está atorada. Es lo que pasa cuando está activo el sistema nervioso parasimpático, en la rama vagal dorsal: el cuerpo pesa, la frente pesa y las dificultades, por pequeñas que sean, se perciben como muros de hormigón armado que jamás se podrán traspasar.  

Sé que este tipo de sensaciones están ligadas a experiencias traumáticas, esto es, momentos del pasado en los que nos sentimos en peligro, sin capacidad para protegernos, y sin una compañía sabia, fuerte y amable, que estuviera presente para proteger. Sin embargo, ahora parece que no ha habido un gatillador claro, es decir, que no sé qué me ha llevado a sentirme de esta manera.  

Sea como sea, hay algo que normalmente me lleva a sentir así: la sensación de estar obligado a permanecer en un lugar, sin una puerta disponible por donde salir. Si lo miro a cámara lenta, observo una secuencia de pasos:  

Todo empieza a torcerse cuando me siento que se espera que esté, o que debo ir. Quizás sea una presión social leve, insignificante, pero que a mí me impacta como tren de mercancías. Me chupa la sangre del cuerpo, dejándome frío y gris. Algo dentro de mí dice, entonces, que no es justo, y que no lo voy a poder soportar; mientras otra parte repite, un montón de veces que, coño, Gorka, no es para tanto, y que debo hacer un esfuerzo para superar esta situación. Irrumpe entonces la angustia en el pecho, y un apagón general que, en la mayor parte de los casos, se resuelve mandando todo a tomar por culo, y buscando la soledad. Pero, claro, esta búsqueda de la soledad no es gratuita, sino que obliga a pagar cierto precio en términos de la relación que tengo con los demás. A fin de cuentas, ven lo lógico, lo evidente: un tipo rancio, que se huye con cara de póker, sabe Dios de qué. Y claro, cuando pasa el tiempo y miro atrás, se refuerza la idea de que no puedo con eso, que soy alguien despreciable porque no lo puedo soportar.  

Si me centro en las sensaciones que me reporta el cuerpo en esos momentos, y dejo la atención puesta un buen rato ahí, la mente me lleva a un momento y un lugar curiosos, que no me podía esperar: la adolescencia en el colegio en el que crecí. Me veo en clase, aburrido, dibujando los mismos garabatos de siempre, contando los minutos y los segundos para poder salir; o recuerdo, como si fuera ayer, cómo revisaba el calendario de clases, esperando como un tormento las asignaturas que detestaba, como una tortura que no podía eludir.  

Qué hostias. Eran una tortura que no podía eludir. La ley, la burocracia, la familia, las expectativas, la pertenencia y la madre que los parió, me obligaban a estar ahí.  

Porque estar ahí, desconectado de la materia, de los compañeros, de los profesores, deseando huir, angustiado, es un tormento brutal. Máxime cuando uno se dice y se repite a sí mismo que es un burro, un inútil, por no estar al nivel de los demás, haciendo esfuerzos prodigiosos para que la mente vuele y me lleve a otro lugar más amable, en el que, al menos, se pueda estar.  

Lo previsible o lo normal es decirse a uno mismo que no fue para tanto. Que nadie me hizo daño de manera directa, y que otras y otros muchos lo pasan peor. Que no me puedo quejar.  

Pero sí que puedo, ¿no? Y, además, mi experiencia no es muy diferente a la de miles, decenas o centenas de miles de estudiantes, que soportan estar en la escuela, —dejadme que exagere— como quien cuenta los días en una cárcel o un campo de refugiados, sometido por las leyes de inmigración.  

Hoy, quizás, pueda construir una imagen más amable hacia lo que pasó. Igual es que no era tan burro, oye. Quizás estaba muy solito ante retos demasiado formidables y, en estas condiciones, lo natural es que la mente se vaya, en un último intento para proteger del dolor. Pero este volar de la mente —la disociación— no tiene un interruptor que permita encenderla o apagarla a voluntad, sino que está asociada a un apagón en general. Un apagón que repercute en la motivación hacia las materias, y en la capacidad de resonar y comprender qué pasa en y entre los demás.  

Ojalá hubiera tenido alguien cerca compasivo hacia lo que estaba viviendo. Es decir, que se diera cuenta de mi sufrimiento tal y cual fue, de sus motivos, sus repercusiones y su intensidad. Quizás así, yo qué sé, ahora podría mirar con más cariño estas sensaciones de bloqueo e impotencia que me abruman y que llegan sin dejar muy claro de dónde o para qué. Y que me llevan lejos, muy lejos de las personas que me importan, en un último deseo desesperado por proteger mi autoestima y mi identidad.  

Por eso, quiero agradecer de corazón el trabajo de todas y todos los docentes que estáis aquí, interesados en saber más acerca de las razones y motivos que llevan a las y los estudiantes a pasarlo mal, buscando, con pico y pala, maneras de hacerles su estancia en la escuela más cálida y amable, a pesar de todo lo que han tenido que sufrir. Confiando en que el primer objetivo de toda educación, por encima de cualquier cosa, es crear las condiciones para que la gente pueda sentir seguridad; y el segundo, seguido de muy cerca, que las alumnas y alumnos puedan amigarse con su sistema nervioso, en vez de —como me pasó a mí— enemistarse con él. 

Llegaréis a tiempo. Quizás no para todo el mundo. No se puede. Pero marcaréis la diferencia para quien todavía lo pueda recibir.  

Gracias de corazón.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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