Una nube gris

[…] Es una nube densa, oscura, como si hubiera una tormenta dentro. Sólo la puede ver él. Por eso, cuando Aita te mira, parece que no te ve. Que te atraviesa con la mirada. Es porque su imaginación y su mente están en otro sitio, muy lejos de aquí. […] 

Cuando Aita está preocupado, se le coloca una nube gris frente los ojos.  

Es una nube densa, oscura, como si hubiera una tormenta dentro. Sólo la puede ver él. Por eso, cuando Aita te mira, parece que no te ve. Que te atraviesa con la mirada. Es porque su imaginación y su mente están en otro sitio, muy lejos de aquí.  

Cuando Aita lleva esa nube, se le ve con los ojos bastante abiertos. Su cuerpo está cargado de electricidad que nota como una bola en el pecho, como un peso muy grande en la frente. Y respira así, rápido, sin tragar el aire, como una lagartija en una pared.  

Cuando está la nube, no están las ganas de jugar. Ni de bailar, ni de reír, ni de bromear. Es como si Aita fuera un pedazo de metal, rígido, frío y afilado, con el que hay que tener cuidado porque que puedes cortar.  

Hay muchas historias detrás de esa nube gris. Son historias que sólo Aita conoce, y que le hacen sufrir. Son cuentos que Aita está reescribiendo con la ayuda de una chica, y poco a poco está a aprendiendo a contárselos mejor, con otro tono, y de una manera mucho más amable para él. 

Cuando la nube asoma en los ojos de Aita, suele querer retirarse un rato y estar solo en su habitación. Si otras personas insisten en hablar o jugar con él, se puede enfadar. Pero su enfado nunca es culpa de la gente que la habla, sino el por lo mal que lo pasa con esa nube gris.  

Cuando estás con Aita y con la nube gris, es normal que te sientas sola, desprotegida, culpable, triste y enfadada. Aita no puede hacerte el caso que necesitas, y es normal que te sientas así. Pero, lo que debes saber por encima de todas las cosas, es que Aita te sigue queriendo, confiando y creyendo en ti.  

Porque, igual que llega y se queda un rato, al final esa nube gris se marcha, y deja que Aita vuelva a la calma. Entonces, ambos os podéis sentir bien. Cuando está tranquilo, Aita se suele arrepentir, porque no le gusta nada, pero nada, que te sientas mal con él. Pero también quiere disfrutar del momento porque ahora, en paz, su cuerpo se siente más liviano, flexible y con ganas de mimar y reír.  

Lo que quiero que sepas, con todo esto, es que esa nube gris existe, y nos hace pasarlo mal. Y que esa nube no tiene nada que ver con lo que tú haces, piensas, sientes o dejas de hacer. Es una nube de historias difíciles, muchas de las cuales ocurrieron cuando Aita era un niño como tú, y no se podía proteger. Pero que está revisando ahora, porque es grande y fuerte y, ahora sí, se sabe tratar bien.  

Pero, ¿sabes? Hay una cosa que podemos hacer para llevarnos mejor con esa nube gris. Si algún día la intuyes —es decir, la sientes con tu imaginación—, y Aita está con esa mirada rara, rígido como un palo, y sin ganas de hablar, puedes preguntarle:  

Aita, ¿está la nube gris? 

Si es así, prometo decirte la verdad. Entonces, tú, Ama y yo hablaremos de qué podemos hacer para cuidarnos, que se marche lo antes posible, y poder descansar. 

Recuerda: ¿está la nube gris? Sólo eso.  

Verás qué bien.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

Un comentario en “Una nube gris

  1. Pingback: Una nube gris (II) – educación familiar

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