Tigre bueno, tigre malo

[…] —Yo creo que el tigre no es ni bueno ni malo —retomé la conversación—. Sencillamente actúa para proteger, aunque no siempre puede pensar con caridad y hacerlo con buen criterio.   

—Es como si tuviera dos tigres —continuó—. Uno bueno y uno malo. […] 

—Pero Gorka, yo no quiero que me salga “el tigre” —me confesó.  

El tigre es la metáfora que utilizamos en sesiones para referirnos a la respuesta del sistema nervioso simpático que orienta la el cuerpo y la conciencia hacia la lucha.  

—Entiendo que tienes la sensación de que el tigre es malo, ¿verdad? —pregunté, anticipándome a la respuesta.  

—Sí, porque me hace daño a mí, y les hace daño a los demás.  

—Pero, ¿eso le hace malo? 

—No siempre…  

Se quedó pensando.  

—Yo creo que el tigre no es ni bueno ni malo —retomé la conversación—. Sencillamente actúa para proteger, aunque no siempre puede pensar con caridad y hacerlo con buen criterio.  

—Es como si tuviera dos tigres —continuó—. Uno bueno y uno malo.  

—¿Cómo te imaginas al tigre bueno? ¿Puedes verlo en tu mente? 

—No sé… —hizo una pausa larga—. Blanco, grande, con expresión tranquila, tumbado; pero imponente y serio.  

—¿Y al tigre malo? 

—A ése lo tengo más claro. Es como… ¿Cómo se llamaba? —se preguntó a sí misma—. El malo de la película del rey león. Eso.  

—Scar.  

—¡Ése! 

—No sé si te has dado cuenta de lo que ha pasado ahora —interrumpí.  

—¿El qué? 

—Me refiero a lo que ha pasado cuando evocabas en tu mente al tigre bueno y al tigre malo.  

Me miró confundida, como diciendo que no sabía a qué me refería, que aquí no había pasado nada.  

—En tu cuerpo.  

Se quedó mirando a un punto fijo de la habitación un rato largo. Entonces continuó.  

—Ya… 

—Lo has notado, ¿verdad? —dije—. Desde aquí se puede adivinar cuándo estás evocando al tigre naranja o al blanco.  

—¿Tanto se nota? 

—Muchísimo.  

—Es verdad. Si pienso en el tigre blanco, me calmo y siento alivio; pero si pienso en Scar me revuelvo por dentro.  

—Es que no es el tigre, sino la mirada que le lanzamos —aclaré—. ¿Lo ves? 

Se hizo un grave silencio.  

—Y también es lo que activa esa mirada —continué—. Porque al tigre blanco nos sale acercarnos, cuidarlo y dejar que nos proteja; pero respecto al otro nos sale huir, tratar de ejercer control, o protegernos.  

Seguía el mismo silencio.  

—Porque, ¿dónde aprendiste, hasta dar por supuesto, que ese tigre era malo? ¿Y con que experiencias te conecta ese tigre bueno? 


Referencias:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal el terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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