Amara canguro: historia en una bolsa

[…] Un día, su ama le habló con firmeza. 

Amara, cariño —le dijo—. Es importante que salgas de la bolsa, para que tú también aprendas a saltar hasta el cielo. […]

Hace muchos, muchos años, en un lugar muy remoto llamado Australia, vivía una niña canguro llamada Amara.

Amara apenas conocía el mundo exterior porque siempre había estado en la bolsa de su ama. 

Ahí estaba muy a gusto, porque tenía calorcito, tetín, y se sentía protegida. Si venía algún bicho a molestarle como, por ejemplo, una mosca de las gordas, su ama daba palmadas y la espantaba. 

En la bolsa, también, había una pelusa. Era una bola de pelo gorda, que ella había ido entretejiendo hasta darle forma de osito. Muchas veces, se entretenía jugando con ella. 

Escondida en ese saco de gustito, sólo podía atisbar lo que pasaba fuera. A veces, apartaba un poco la piel de la bolsa y sacaba un ojo. La luz le deslumbraba pero, cuando la vista se acostumbraba, disfrutaba mirando a otros canguros grandes, como su aita, su ama, y sus hermanas mayores. 

Por encima de otras cosas, le encantaba ver los saltos que daban. Tenían las piernas y la cola muy fuertes y, a veces, parecía que llegaban hasta el cielo. Era espectacular: cuando más alto saltaban, más reían y mejor se lo pasaban. 

«Algún día quiero ser como ellos», se decía Amara, con un poco de envidia. 

«Me apetece un montón, pero no sé si me las voy a saber arreglar sola», se repetía pero, al final, siempre volvía a su huequito, porque fuera se sentía vulnerable, como la tela de una araña pequeñita. 

Un día, su ama le habló con firmeza. 

—Amara, cariño —le dijo—. Es importante que salgas de la bolsa, para que tú también aprendas a saltar hasta el cielo. 

La tomó en bracitos, y la dejó con cuidado fuera. 

—¡No, Ama! —respondió Amara—. Hay moscas, serpientes y arañas, y tengo mucho miedito. 

Nada más tocar el suelo, saltó con fuerza hacia la bolsa. Entró de cabeza, y ya no quiso salir en todo el día. Su ama, que se había dado cuenta de que lo había pasado mal, no volvió a insistir para que saliera. 

Pero, cuanto más pensaba en lo que había pasado, más orgullosa se sentía. A fin de cuentas, era la primera vez que pasaba un ratito fuera, como las canguros mayores, y para volver a la bolsa había pegado un salto de la pera. 

Al día siguiente, su madre volvió a dirigirse a ella: 

—Amara, lo vamos a volver a intentar —le dijo. 

—¡No quiero! —se negó Amara. 

Pero algo dentro de ella le decía que no era tan mala idea. Se estaba haciendo mayor y, ahora, podía hacer muchas cosas sola. 

—¿Estás segura del todo? —le preguntó su ama. 

—Espera un poco —respondió Amara. 

Miró hacia fuera. No parecía haber ningún peligro. No veía moscas, arañas ni serpientes, y toda la manada estaba tranquila. 

Miró hacia dentro, y vio su pelusa favorita, que era blandita, gustosa, y olía como su ama. La abrazó con fuerza, hasta que le dio la fuerza que necesitaba para aventurarse fuera. 

Al poco rato, sacó una patita. 

Luego la otra y, después, la colita. 

Cuando se dio cuenta, estaba fuera, agarrando con fuerza a “Pelusi” —que así había llamado a su pelusa—, y mirando fascinada como el resto de canguros hacían cosas de mayores pero muy divertidas. 

El aire olía a flores y a brisa fresca. 

Era una verdadera maravilla. Se tumbó en la hierba y se revolcó, sintiendo muchas cosquillitas. 

Una canguro mayor se acercó a ella: 

—¿Vienes con nosotras? —le dijo a Amara—. Si quieres, podemos jugar a saltar hasta el cielo.

Amara se fue con ellas y estuvo jugando un buen rato, saltando alto, muy alto, hasta que le dolieron las piernas. 

—¡Cómo salta! —escuchó decir a su aita—. Qué mayor y qué fuerte se ha hecho, ¡Olé por ella!

Y otros canguros fuertes y sabios también aplaudieron. 

Entonces, apareció una mosca muy gorda; de esas negras, que hacen mucho ruido. 

«¡Bzzz, bzzz!»

Amara corrió hacia su ama y, de un salto grande, se metió otra vez en la bolsa. 

—Siempre podrás volver si sientes miedo —le dijo, orgullosa—; estaré cerca. Podrás estar en la bolsa, conmigo, todo el tiempo que necesites. Pero lo bonito del día de hoy es que has demostrado que puedes explorar el mundo por ti misma. Pronto tus saltos llegarán a las nubes, y después hasta el cielo. 

—Te traeré una estrella cuando vaya —respondió, Amara—. Creo que con la Luna todavía no puedo. 


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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