Un dolor de tripa

[…] —Es que Amara y yo queremos contarte el “cuento de lo que nos ha pasado” —repetí—. ¿Verdad Amara? […]

—A mí me gustaría contar a Ama “el cuento de lo que nos ha pasado” —le dije—. ¿La llamamos?

—Sí. 

—¡¡Ama!! —grité fuerte, porque en casa somos un poco escandalosos. 

Mi mujer vino, y nos encontró a los dos en la cama. Yo sentado en ella, y la niña recostada en mis piernas, arrebujada como si estuviera en un nido, arropada con la toalla con la que la acababa de secar. 

—Es que Amara y yo queremos contarte el “cuento de lo que nos ha pasado” —repetí—. ¿Verdad Amara? 

—Sí —dijo, y se fue a los bracitos de ella, buscando su complicidad. 

—He oído que ha habido lloritos —respondió su madre—. Me gustaría saber qué ha pasado. 

—Pues te lo vamos a contar. ¿Lo cuento yo o lo cuentas tú? —dije, preguntándole a la canija. 

—Lo cuenta Aita —afirmó ella. 

—Vale, pero tú me ayudas —señalé—. Si me equivoco en algo, me corriges. 

—Sí. 

—Pues mira —empecé—, estaba Amara en la bañera y hemos discutido. Al final, le he pedido perdón, porque había sido un poco injusto con ella. 

—¿Cómo ha sido eso? —respondió mi mujer. 

—Pues Aita le ha reñido a Amara dos veces porque se iba a beber el agua amarilla —es el color del que queda con una bomba de baño que le encanta—. Entonces, Aita, un poco enfadado, ha decidido que Amara tenía que salir de la bañera, porque ya estaba bien. 

—Es que ya sabes, Amara, que no puedes beber el agua amarilla —dijo su madre, dándome la razón. 

—Pero eso, a Amara no le ha gustado nada —continué—. Ha llorado un montón. 

Se hizo un breve silencio. 

—¿Ha sido así? —le pregunté a la protagonista. 

—Sí. 

—Pero, mientras lloraba, Aita ha pensado que igual había algo que a Amara le había parecido muy mal —dije—. Y pensando y pensando, he llegado a la conclusión de que Amara tenía, también, un poco de razón. 

Mi hija me clavaba la mirada. 

—Es que, ¿sabes que creo que ha pasado, Ama?

—No —respondió mi mujer. 

—Que Amara se ha sentido muy mal porque me estaba doliendo mucho la tripita, y no le estaba prestando atención. 

Llevo una semana con lo que parece una linfoadenitis mesentérica, sin prácticamente comer y cansado del dolor. 

—Y yo creo que ha hecho eso, un poco enfadada, para que le prestara atención —concluí. 

—Claro, es que fastidia mucho que Aita esté tanto tiempo malito, y casi no se pueda hacer nada con él, ¿verdad? —le dijo a la niña, recogiendo su sentir. 

—Sí —respondió—. Le duele la tripa. 

—Entonces —retomé la palabra—, ha sido que a Aita le ha dolido la tripita, Amara se ha sentido solita y le ha entrado un poco de rabia. Por eso ha intentado beber dos veces el agua amarilla, para estar conmigo. Pero yo, como no me había dado cuenta, le he reñido un montón. 

—Ya —dijo mi mujer—, lo estamos pasando mal esta semana, ¿verdad? Está siendo muy dura. A veces estamos nerviosos, y otras veces preocupados por la situación. 

—Pero el agua amarilla no se puede beber —contestó la niña. 

—No, no se puede beber, Amara —le di la razón—. ¿Te acuerdas por qué?

—Hace daño —dijo, mirándome en calma y con atención. 

—Qué bien que lo sepas, cariño —respondí—. Así seguro que nos sale mejor la próxima vez. 

Nos callamos un rato. 

—¿Lo he contado bien? —le pregunté a la niña—. No lo sé. Igual se me ha olvidado algo importante. Si quieres, cuéntalo tú. 

—He llorado mucho después. 

—¡Es verdad! —exclamé—. Eso también es muy importante. Porque, luego, Amara no quería salir de la bañera. Yo creo que estaba muy a gusto y se lo estaba pasando muy bien…

Como siempre, continuó. 

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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