Las historias que nos hemos contado

Nuestra vida es una concatenación más o menos lógica de relatos, en la que conviven historias que negamos, que no nos llegan, con otras que escuchamos y nos creemos. Lo que nos contamos acerca de nosotras y nosotros mismos afecta íntimamente a la relación con nuestras hijas e hijos. 

Le recordaron aquel día toda su vida. 

Pero no como el día señalado y feliz que debería haber sido, sino como un ejemplo del daño que, por su egoísmo, podía causar a toda la familia. 

Cada vez que protestaba, sentía rabia o ponía un límite, era la misma cantinela: «Mira como es; siempre igual, como el día de su primera comunión; va a lo suyo, no tiene en cuenta a nadie». 

Al principio se protegía. En su mente, mandaba a todos a la mierda. Pero, poco a poco, el mensaje pudo abrirse camino. Con el tiempo, se lo acabó creyendo. Se creyó lo le habían contado, a través de un mal día de junio. 

«Sólo pienso en mí mismo.»

«No puedo controlar mis impulsos.»

«Si estoy mal, son insoportable.»

«Siempre acabo haciendo mal a la gente que me quiere.»

A fin de cuentas, era evidente. Recordaba ese día con desagrado. No recordaba mucho, pero sabía que la había liado parda, montando una pataleta tremenda a la vista de todo el mundo. Todavía podía ver las caras largas de sus padres en el camino de vuelta en el coche. Unas caras largas que sostenían con crueldad el reproche, y que regresaban cada vez que decía o hacía algo que les recordaba ese momento. 

Una letanía profundamente desagradable. 

Con el tiempo, tomó la decisión de acudir a terapia. Algo iba mal ahí dentro, que rebotaba en su hijo, y se atrevió a pedir ayuda. 

Tardó mucho en trabajar este episodio, porque para él «era algo del pasado, que «no le había afectado mucho» y que «tampoco le afectaba ahora». Pero tenía un buen terapeuta, que sabía lo que eso significaba. 

—Vamos a prestar un poco de atención a eso —le recomendó—. Puede ser importante. 

Él accedió sin grandes pretensiones, y empezó a narrar sin ganas lo que pasó entonces. Según lo contaba, se iba dando cuentas de lo fragmentado del relato. ¿Qué te hizo sentir así? ¿Quién te acompañó mejor en lo que sentías? ¿Qué expectadores había? ¿Cómo crees que lo percibió cada uno de ellos? Ahora que lo ves desde el adulto que eres, ¿qué sientes que cambia? Todo eran preguntas sin respuesta. 

Así, sin darse cuenta, fue apareciendo la curiosidad. Y fue justo esa curiosidad la que le permitió ir rellenando los huecos. A veces, con recuerdos; a veces, con información probable; y otras veces, con la que mejor cuadraba. Pero, esta vez, con tiempo y dedicación plena, y con los recursos de un adulto regulado a través de la figura de su terapeuta. 

Según narraba y reconstruía el relato, la indiferencia fue dando paso a sentimientos potentes. A veces, era decepción, enfado y, otras veces, tristeza. El CUERPO se iba conectando con lo que sintió y pudo sentir el niño que fue en aquel momento crítico del pasado. Y, así, con tiempo, pudo aparecer la COMPASIÓN hacia esa criatura que enfrentó esas circunstancias tan abrumadoras sola. 

«Quiero decirte que, ahora sí, me distancio del reproche de tu madre y tu padre —se dijo—. Como adulto que ha revisado la historia, te digo que fueron injustos contigo. No sólo en el momento del suceso, sino también todas las veces que te lo recordaron de palabra, con un gesto o una mirada. 

Era tu día. Eras el centro de atención. Y eso es estresante para cualquier niña o niño de 10 años. Además, las miradas, los saludos, los protocolos y los cumplidos nunca te han gustado. Siempre los has vivido como una intromisión en tu espacio. Además, tuviste que aguantar el marrón durante muchas horas, desde primera hora de la mañana, hasta finalizada la tarde. 

Aunque te lo vendieron así, no era tu fiesta. Era una fiesta adulta, donde lo importante no eras tanto tú y tus necesidades, como que los adultos lo pasaran bien, hablando, riendo, bailando y bebiendo mucho. Con lo que pasa siempre en esas circunstancias: el contexto se vuelve insufrible para un niño. 

Es comprensible que intentaras escapar de ahí. Y que utilizaras la excusa de que querías probar el monopatín durante la comida. Claro. Necesitabas un momento de calma y de pasar inadvertido. Descansar como sea. 

Pero nadie supo entender tus necesidades. Estaban un poco bebidos, y metidos en el jolgorio. Sólo pudieron ver que tú querías irte de la sala, a jugar a la calle, y que no debías andar por ahí sólo. Para ellos, sólo estabas siendo egoísta, priorizando tus necesidades y amargándoles la fiesta. 

Es comprensible y saludable que pelearas para salir. Era una forma de protegerte y de proteger la fiesta. Porque tu cuerpo sabía que, con la debida distancia, podías mantenerte en tu ventana de tolerancia, pero ahí metido, con el alcohol y el humo del tabaco, acabarías explotando de una u otra manera. Pero no te lo permitieron. Y, cuando más a gusto estabas, ahí solo, jugando con lo que querías, en un aire que se podía respirar, alguien te metió de nuevo para dentro, tirándote del brazo. 

Ven aquí, niño. No nos hagas quedar mal, que es TU FIESTA. 

Fue la gota que colmó el vaso. 

Todo tu sistema se desrreguló de golpe. No porque fueras peor que otros niños, sino porque necesitabas que alguien se hiciera cargo de el estrés y la soledad que llevabas aguantando durante horas, absorbido por una fiesta que, a todas luces, te había decepcionado. 

La pena es que nadie supo captar el mensaje. Que tenías buenos motivos para gritar de dolor, porque el dolor sí que estaba. Pero, lo peor de todo, es que ahora, tiempo después, todavía no han sido capaces de reconocer el impacto que tuvo su comportamiento en ti, y que tenías buenos motivos para patalear de rabia.»

—¿Qué te habría gustado RECIBIR ENTONCES? —dijo el terapeuta. 

Y él se quedó pensando. 

Cerraron la sesión con esa pregunta al aire, que quedó en suspenso un par de semanas. Era una pregunta difícil de responder porque, sencillamente, algunas respuestas no se esperan de ciertas personas. 

—Quizás no puedas sentir que tus padres pudieron darte eso —matizó el psicólogo—, pero igual sí podemos recurrir a OTRAS RELACIONES que sí pueden hacerte sentir esa confianza. ¿Exploramos?

No fue nada fácil. Pero nada, nada. Pero, en el proceso, se dio cuenta del IMPACTO que su actitud estaba teniendo ahora en su hijo pequeño. Porque, al minimizar su propio dolor, estaba negando también el suyo, quitando importancia a situaciones que él tenía que vivir, que también le empujaban a soportar el dolor sólo. 

—Pobrecito —atinó a decir, movilizando la misma COMPASIÓN que había disfrutado consigo mismo—. En menudos marrones le estoy metiendo. No sé si sabré hacerlo bien, pero prometo estar más presente en su experiencia. 

Una semana después, volvía a la consulta. 

—Estoy impresionado —dijo, todavía sin creérselo. 

—¿Qué te sorprende tanto?

—¿Recuerdas las rabietas que tanto nos preocupaban?

—Sí, claro —respondió el terapeuta—. Eran uno de los motivos que inició esta consulta. 

—Parece magia. Prácticamente han cesado. 


La intervención educativa familiar se produce, a menudo, en coordinación con terapeutas de nuestra confianza. 

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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