Psicología sin conciencia de clase: la calma como valor absoluto en el capitalismo 

[…] No sé si os dicen esto en la carrera o en los cursillos que hacéis, pero hay agresiones que sólo se pueden frenar si el agresor tiene miedo a una reacción irracional, desproporcionada y opuesta. Y tienes derecho a ello. […] 

No te molestes, que ya lo digo yo:  

Menos mal que no existe un órgano de control sancionador en mi profesión, porque estoy seguro de que me echaba a patadas.  

Creo que, a veces, es necesario hacer afirmaciones provocadoras. Damos por hecho determinadas cosas que no se corresponden con la realidad y que, a veces, pueden dañar a las personas con quienes trabajamos.  

Como, por ejemplo, la sobrevaloración de la reconciliación y la calma. Cosa muy frecuente, sobre todo, entre las y los profesionales de la psicología y de la psiquiatría.  

Por mi parte —no me entendáis mal—, entiendo que la tranquilidad tiene un gran valor. De hecho, creo que es mucho más inteligente vivir una vida “suficientemente” tranquila, que feliz, tal y como se nos dice que debemos sentirnos ahora. Y pongo “suficientemente” entre comillas porque creo que ahí está el quid de la cuestión, amigas y amigos. Porque, a veces, consideramos la paz y la calma como un valor absoluto o una meta hacia la que debemos remar sin descanso, y eso denota un gran desconocimiento del funcionamiento del propio sistema nervioso, cuando no una insensibilidad manifiesta.  

Porque la calma no se logra mediante el esfuerzo obsesivo.  

Me llama la atención la forma del discurso mayoritario en estas profesiones. Con perdón hacia quien le pueda molestar —que sé que voy a hacerlo—, las y los profesionales de la psicología y la psiquiatría, muchas veces, parecen sacerdotes de la vieja escuela, tocados por Dios, impostando una calma que se acerca demasiado a lo místico. Es como si se vieran obligadas y obligados a parecer las personas más comprensivas y calmadas del mundo, cuando, en realidad, lo que muchas veces transmiten es una frialdad y desconexión absolutas.  

Esto ilustra a la perfección uno de los peligros de reprimir la rabia, esa emoción que nos ayuda a poner límites, defender los propios derechos y sacar fuerza de donde no la hay en los momentos más complicados. Cuando se suprime, en vez de darle voz y procesarla, suelen surgir en el propio cuerpo sensaciones de desconexión, apatía y, en el peor de los casos, impotencia y desesperanza. Que es justo lo que vemos en muchas y muchos de nuestros compañeros, que hablan como si estuvieran leyendo un libro que les aburre frente a la cámara.  

Creo que toca revisar la relación que muchas y muchos de nosotros tenemos con la rabia. Porque es verdad que la rabia puede ser una faena bien grande si entramos en un círculo vicioso, se hace con toda nuestra vida, y nos mantiene perpetuamente enfrentados contra el mundo, contra nosotros mismos, y contra el resto de las personas. Joder, nos puede dar un chungo. Pero también es verdad que la rabia no responde nada bien a los mensajes que le mandamos diciéndole que se calle, que no la líe, o que no hay razones para que se ponga tan histérica, maldita petarda.  

Someter a la rabia implica un esfuerzo brutal por parte de nuestra mente, que normalmente no nos lleva a un lugar mejor, sino a ser destructivos de otras maneras quizás más perversas o difíciles de detectar con los mismos recursos que están ocupados en mantenerla bajo cadenas, en lo más profundo.  

No hace falta que os diga que mirar demasiado hacia dentro es una forma de cargar de excesiva responsabilidad al individuo. Es decir, a la persona que sufre, también, diferentes modalidades de violencia, directa, indirecta y estructural, en su día a día. Y no digo yo que lo hagáis mal, pero este tipo de mensajes me faltan en gran parte de los discursos de los que me rodeo.  

La salud mental es algo colectivo, porque es la colectividad la que, en gran medida, nos está enfermando.  

Sin considerar lo que me parece, si cabe, más importante. Que es el hecho de que la reconciliación plena con el mundo y con nosotros mismos, seguramente coartará demandas y luchas colectivas que redundan en que el mundo sea un lugar mejor para todas y todos. Luchas que sólo pueden sostenerse con la energía que proporciona la rabia como, por ejemplo, la tan necesaria pelea por un sistema de salud de calidad y por la presencia de más y mejores recursos de apoyo a la salud mental. 

No sé si os dicen esto en la carrera o en los cursillos que hacéis, pero hay agresiones que sólo se pueden frenar si el agresor tiene miedo a una reacción irracional, desproporcionada y opuesta. Y tienes derecho a ello.  

Considerar que la calma es un valor que prevalece sobre el interés común es, colegas, una manera muy burda de plegarse al capitalismo. Una forma de promover el individualismo feroz que, en última instancia, liquida las luchas —o rabias— colectivas que resisten frente a la barbiarie que intenta que cada uno destaquemos en el rizoma, y nos agotemos haciendo esfuerzos para ello, sin considerar que tenemos interés y derechos comunes, a saber, que somos parte de una colectividad ineludible.  

Cuando iban cuatro monos a la psicóloga, me chupaba un huevo. Pero vistos los números de ahora, tras el daño que nos ha hecho la pandemia, creo que debemos reconsiderar el impacto social de la que estamos liando.  

Creo que el objetivo de nuestras intervenciones no debe ser en ningún caso la calma como estado Zen desconectado del mundo. Pero —aquí os doy la razón— sí creo que todas las personas tenemos que poder situarnos ahí, sabiendo que tenemos acceso a la tranquilidad como refugio y base segura. En este sentido, me hago eco de qué dice la #teoría_polivagal que es estar bien: la capacidad de pendular entre diferentes estados del sistema nervioso. Es decir, de irnos de la calma, a la huida, la lucha, el bloqueo o el colapso, pero pudiendo salir de estos estados que, a la larga, al quedamos atrapados, pueden resultan tóxicos. Y digo tóxicos en el sentido más literal del término, envenenándonos en cortisol nuestro sistema nervioso, destruyendo la red de conexiones neuronales que afecta a todo el cuerpo.  

Entonces, calma sí, venga, te lo compro. Pero escuchando lo que esos estados nerviosos nos dicen, y haciéndoles caso. Dándoles sentido. Y, cuando la rabia se exprese, poner límites, defender la justicia, destacar nuestra dignidad, o embarcarnos en las luchas colectivas que hagan falta para defender lo que es valioso entre todo. Y que arda Troya.  

Porque la rabia también se regula formando parte de un grupo que acoge, protege, nos hace sentir poderosos, y nos recuerda que lo que necesitamos y defendemos tiene un sentido.  

A fin de cuentas, si somos suficientes desobedeciendo o empujando por lo que es justo, no hace tanta falta la violencia hacia objetos ni personas.  

El sistema represivo está diseñado para las minorías. No puede con mayorías empoderadas.  

Una psicología, una educación y una psiquiatría sin conciencia de clase, ni de la justicia social, es una herramienta perversa a favor del capitalismo.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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