Bomba de humo: birras, ninjutsu y apego evitativo 

[…] Recuerdo un día en el que me pillaron largándome por la calle. Escuché “mira, el cabrón se está yendo”, me hice el loco, me pusieron la zancadilla, me tiraron al suelo y me hicieron una melé tirándose como gorilas todos encima. […] 

Siempre he sido de esas personas que están de fiesta y, de repente, pum, bomba de humo.  

Desaparezco de repente y sin decir nada. Y me la pela. Que le den a todo el mundo.  

Mis amigos ya saben de qué palo voy, así que, llegado el momento, están ojo avizor. Y si ven un movimiento extraño, me intentan convencer, taponan la salida, me retienen o me placan.  

Recuerdo un día en el que me pillaron largándome por la calle. Escuché “mira, el cabrón se está yendo”, me hice el loco, me pusieron la zancadilla, me tiraron al suelo y me hicieron una melé tirándose como gorilas todos encima.  

¡Arghhh! 

Recuerdo la mala hostia que sentí. No los maté, no tanto por mis valores, sino porque llevaba un pedo de la pera y yo, en estos casos, estoy más blando que el bolso de una babosa.  

Y aquí es, justo, donde quería yo llegar.  

Porque muchas personas con tendencias evitativas hacemos cosas parecidas. Huir, desaparecer o pirarnos, cuando las cosas dejan de ser agradables, bonitas o divertidas.  

Hasta hace poco, me contaba un cuentito tranquilizador: eso daba igual, siempre me perdonaban, no hacía daño a nadie, y era algo a lo que no iba a renunciar porque era algo así como un rasgo de mi personalidad autónoma e independiente.  

Toma tú. Huevazos como sandías.  

La realidad es que la huida de las personas que tenemos un MOI predominantemente evitativo, no suele tener que ver tanto con la autonomía como con la dependencia, y no está tan relacionada con lo que hacen los demás sino con lo que llevamos dentro. Y eso, a veces, es más chungo que El Dioni fumando carca de un furgón blindado.  

A ver si lo puedo explicar para que se entienda.  

A veces la bomba de humo es una forma de permanecer, sin enfrentar el reto que implican las relaciones. Es como si existiera una gratificación íntima en el hecho de que le busquen a uno y se pregunten por su paradero.  

«Sigo de fiesta cuando mis recursos para socializar se han agotado.» 

Es como el último esfuerzo para hacerse presente, de la mejor manera posible, cuando uno sabe que su actitud es y va a ser una mierda. De ahí que hablemos de una actitud dependiente, porque para satisfacer esa necesidad de estar presente, se requiere de la mirada del resto, aunque sea lo que, paradójicamente, se está evitando.  

Es lo que nos pasa, que queremos amor y cercanía, pero no da miedito acercarnos.  

Cuando llego a ese punto, rollo «estoy chungo y me piro», la sensación es que esa sensación de hastío, aburrimiento o mal rollo del tipo que sea no va a desaparecer si no es alejándome rápido de la situación que siento que lo genera. No hay opciones intermedias como, por ejemplo, recurrir a algún colega para decirle joder, pavo, mira, escúchame, ayúdame o pásame el cubata, que estoy chungo.  

Así que de autonomía nada, amigüitos, porque cuando sólo hay una opción para regular el propio mundo interior, estamos jodidos.  

Pero lo peor de todo es la vergüenza. Y esta es, justo, la peor parte de la historia y la más desconocida. Porque las personas que funcionamos así, a menudo, cuando nos retiramos no es para protegernos, sino para proteger a los demás de nuestra mala hostia o mala cara. Una imagen que, en ese momento, no podemos tolerar, porque nos devuelve a lo peor de nosotras y nosotros mismos.  

«No tienes que aguantar esta mierda, colega, ya me la como yo solito.» 

Pum. Desapareció. Y sabe Dios dónde habrá ido.  

Llegados a este punto, la faena es que nos quedamos con la parte putrefacta de la pera, a saber, con la sensación de que somos una mierda y que, en consecuencia, podemos causar daño a los demás; pero nos olvidamos de la parte de todavía está tierna y jugosa, y que hay mucha generosidad en este tipo de gestos, en los que uno se aleja para no hacer sufrir a la peña a quien se quiere con su presencia.  

Somos como el niño que en su día fue vulnerado y prefirió aceptar lo que le decía, a comprometer el vínculo con las personas que necesitaba para su supervivencia.  

Hace años trabajé con un padre cuyo hijo le había rechazado. Y era tal su sensación de fracaso y vergüenza, que sólo podía alejarse de él, porque sentía que no estaba —ni podía estar jamás— a la altura de los acontecimientos. Pero, claro, esta forma de reaccionar, hacía más daño a su hijo, que se sentía invalidado, invisibilizado y rechazado por un padre que, a su vez, huía para no causarle más daño.  

Pum. Bomba de humo. Esperando que quede lo mejor de uno… Porque lo que soy ahora, que se me puede ver, es una verdadera mierda.  

Ojalá, entonces, hubiera sabido reconocer algo de la generosidad implícita a sus actos. No para reforzar su actitud, sino para que pudiera trascenderla con otra mirada hacia sí mismo.  

Ojalá hubiera podido haberle hecho entender mejor a su hijo lo que pasaba, pero no con frases vacías, sino conectado con mi propia historia de vida.  

Quizás sí. Desde mi propia existencia como borracho ninja. Porque, todavía no había sido padre y no sabía que con mi familia iba a tener las mismas dificultades, pero —menos mal— ahora mucho mejor acompañado.  

Es que no es tan diferente lo que hacemos para vincularnos para sobrevivir, sea cual sea el ámbito o el momento de nuestra vida.  

¿Unas cervecitas? 

Os juro que tengo buen beber… pero sobre la despedida no tengo nada escrito 😉 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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