De 0 a 3 años: el periodo más sensible para la regulación emocional

[…] El acceso a esta memoria del cuerpo no siempre es fácil. Hay personas que tienen una puerta grande, a través de la que se pueden comunicar espléndidamente; otras que apenas cuentan con una apertura como el ojo de una aguja, que impide que pasen las palabras; o otras cuya puerta se abre y cierra dependiendo de las partes protectoras y/o disociadas que llamen al timbre. […]

Se sabe que la calidad de las relaciones durante la primera infancia —especialmente entre los 0 y 3 años— tiene una gran influencia en la capacidad de regulación emocional de las personas, incluidas las adultas. 

Esto no quiere decir que determinen la estructura de su sistema nervioso, pero sí que la condiciona en gran medida. Por supuesto, todas las personas son susceptibles de aprender nuevas formas de regulación emocional, y de reparar su arquitectura cerebral con la ayuda o las relaciones adecuadas, pero según avanza la edad la plasticidad (Barudy y Dantagnan, 2009) del sistema nervioso decrece, y se va haciendo progresivamente más complicado. 

Pero, entre los 0 y los 3 años, el impacto del trato recibido es crucial. Los primeros recuerdos (episódicos) de las personas suelen ser de alrededor de los 3 años. Antes, no se conservan en la memoria, tal y como la concebimos habitualmente, esto es, como imágenes o relatos que narran una historia. 

¿Significa esto que las niñas y niñas pequeños no recuerdan lo que ha pasado?

Existe el mito de que, si no se recuerda un evento, no ha afectado al niño o a la niña. Es la excusa que muchas personas adultas ponen para no hacerse cargo de los sucesos complicados o dolorosos que han acontecido a la infancia, y la razón por la que, muchas veces, es complicado explicar el comportamiento infantil, si no es a la luz de lo que pasó muy temprano. 

Las y los bebés sí recuerdan sus experiencias. Las recuerdan, incluso, con más carga afectiva que las niñas y niños más mayores, adolescentes o personas adultas. Lo que pasa, es que estas experiencias están escritas en un código diferente: codificadas en la memoria del cuerpo

Y es justo esta memoria del cuerpo, que suscita reacciones de placer, molestia o dolor, en diferentes zonas como respuesta a algunos estímulos, la que está íntimamente relacionada con el sistema de apego (Wallin, 2012). 

Por ejemplo, es la que nos ofrece la sensación (sentida, no pensada) de cómo es el mundo: de si es un lugar seguro, o peligroso, y del trato que podemos esperar de las personas. Es la que nos hace especialmente sensibles a determinadas señales, y nos hace pasar por alto otras que a otras personas les pasan desapercibidas; o la que nos hace reaccionar con fuerza a estímulos neutros, pero que para nosotros tienen una elevada carga afectiva. Y la que nos dice cómo debemos gestionar la distancia respecto al resto de seres humanos, propios y extraños, para sentirnos seguros; y la que nos activa de determinada manera para protegernos cuando se transgreden nuestros límites, o aparece un estímulo (externo o interno) que estimula nuestra inseguridad y nos hace sentir vulnerables.

El acceso a esta memoria del cuerpo no siempre es fácil. Hay personas que tienen una puerta grande, a través de la que se pueden comunicar espléndidamente; otras que apenas cuentan con una apertura como el ojo de una aguja, que impide que pasen las palabras; o otras cuya puerta se abre y cierra dependiendo de las partes protectoras y/o disociadas que llamen al timbre. 

A esta comunicación entre la conciencia (cerebro superior o mamífero) y la memoria del cuerpo (cerebro inferior o reptiliano), la llamamos integración vertical (Sieguel, 2012), y se basa fundamentalmente en la cantidad y calidad de las conexiones cerebrales que unen ambas partes del sistema nervioso. 

Y no es algo etéreo, sino que se ha cartografiado. Mira la imagen que os adjunto: 

Fuente: proyecto conectoma humano (HCP)

El principio clave para entender lo que pasa aquí es, en palabras de Sieguel (2012), “úsalo o piérdelo”, es decir, que las neuronas que se activan a la vez permanecen unidas. Esto es, que los momentos en los que están activos el cerebro superior e inferior son clave para ir creando y consolidando estas conexiones neuronales tan importantes. 

Y esto, las madres y los padres con apego ansioso-ambivalente, lo hacen regular. A trasladar su preocupación o angustia a las niñas y los niños, sobreactivan el cerebro inferior, sacándoles a menudo fuera de su ventana de tolerancia, es decir, llevándoles a un estado en el que la conciencia se siente incompetente para gestionar la explosión de energía que acompaña a la respuesta de lucha o huída. 

«No puedo hacer nada cuando mi sistema nervioso se hiperactiva», es la sensación que permanece. Y la que hace que estos niños y niñas vivan en perpetua tensión, al sentir que algo muy malo puede pasar si pierden el control sobre ellas y ellos mismos. 

El la metáfora que hemos usado, serán personas que no quieren comunicarse a través de esa puerta enorme, imponente, porque escuchan gritos y golpes dentro, y temen a que la bestia escape y los destruya por completo. 

Las madres y padres con apego evitativo, lo hacen quizás un poco peor. Porque, a la activación de sus hijas o hijos, responden prestando atención y apelando al cerebro superior, olvidando que hay una niña o un niño que sufre. Esto lleva a las niñas y niños, a negar sus emociones y su presencia en el cuerpo, y a tratar de priorizar el funcionamiento racional y el control, sobre la presión que llevan dentro. A fin de cuentas, lo que el adulto no ve y no narra, no existe. 

«Mis emociones no existen o es un territorio que no debe explorarse», acaban sintiendo, desarrollando la idea de que están mejor así, en un mundo frío y racional, lejos del calor afectivo. 

En la metáfora expuesta, son las personas cuya puerta es del tamaño del ojo de una aguja. Que deben prestar mucha atención y afinar mucho la vista, para empezar siquiera a intuir un poco lo que pasa al otro lado. 

Pero, la peor, es la experiencia de provocan las madres y padres con apego desorganizado, porque lejos de ofrecer protección, provocan miedo (Barudy, 1998). Y es justo ese miedo, cuyo origen son las personas que deberían proteger, lo que más compromete a todo el sistema. A la parte inferior, que permanece hipervigilante, de uñas, a la espera de alguna señal que le permita anticipar el peligro; a la parte superior, que difícilmente puede entender, narrar e integrar lo que está pasando, siendo perpetuamente incapaz de mirar hacia dentro, porque el exterior aterra demasiado; pero, sobre todo, a las conexiones neuronales, fritas en unos niveles de cortisol (la hormona del estrés que es venenosa en exceso) tóxicos. 

Al final, si no cuentan con relaciones reparadoras y/o asistencia profesional, tienen un gran riesgo de desarrollar trastornos de la personalidad, dificultad para representar su propia mente, mentalizar, y asumir la responsabilidad aceptando que tienen una mente que media entre el mundo exterior y su experiencia interna. 

«El mundo es peligroso y la vida consiste en protegerse, a la desesperada, del horror», sienten en lo más profundo, aunque puedan funcionar eficazmente a través de partes disociadas que han quedado, de alguna manera, a salvo de la conciencia del peligro. 

Pero, también, hay madres y padres con un apego suficientemente seguro, que ofrecen otra experiencia a sus hijas e hijos. Son los adultos que sirven de base segura o refugio para sus hijas o hijos. A los que pueden acceder para aliviarse y salir en calma o tranquilos. Que, cuando la pequeña o el pequeño sienten inseguridad o miedo, le dan tiempo para procesarlo y, luego, les explican en la calma qué ha pasado. Así, poco a poco, experiencia a experiencia, se va fortaleciendo esa estructura neuronal básica que une la conciencia con la parte más reactiva de su cerebro, porque en la narrativa del episodio y la sensación sentida de protección, confluyen la activación de las neuronas del cortex prefrontal, del sistema límbico y del tronco encefálico, produciéndose la magia de la comunicación entre ellas. Con el añadido de que, ahí, justo ahí, empiezan a diferenciarse los hechos, de la propia experiencia y de la vivencia de un tercero. 

«Pueden pasar cosas desagradables, pero hay personas que tratan bien, y yo también soy competente para darme el trato que me merezco y necesito», acabarán sintiendo. 

Y, en la metáfora de la puerta, que no sé si es buena, serán las personas que sientan que hay una puerta grande, a través de la que pueden comunicarse cómodamente con algo bonito que sufre dentro. Llamarán con cuidado, con la seguridad de que dentro tan sólo hay una niña o un niño pequeño que necesita comprensión, compañía y cariño, en un momento dado. Y que responderá con alivio en cuanto se activen los cuidados. 


Referencias: 

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa

SIEGEL, D. (2012). El cerebro del niño. Barcelona: Alba Editorial

WALLIN, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Descleé de Brouwer

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017) Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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