El mito de expiación en los profesionales que atienden a la infancia

[…] Un chivo expiatorio es un tercero —o un segundo— que carga con la culpa, y libera de toda responsabilidad a unos cuantos. Pero también es esa persona, grupo, institución, o lo que sea, en quien recae toda la hostilidad, permitiendo al resto sentirse competente en comparación con el monstruo que se ha creado. […]

Cuando no nos podemos mentalizar, aparece un chivo expiatorio.

Un chivo expiatorio es un tercero —o un segundo— que carga con la culpa, y libera de toda responsabilidad a unos cuantos. Pero también es esa persona, grupo, institución, o lo que sea, en quien recae toda la hostilidad, permitiendo al resto sentirse competente en comparación con el monstruo que se ha creado.

En las familias que sufren siempre aparece. Hay alguien, de dentro o de fuera, que implícita o explícitamente es designado como “el malo”, “el que no cumple” o la “oveja negra”. Y paradójicaoente, suele ser su dolor o los síntomas que desarrolla, los que acercan a la familia los recursos que necesita para que surta un cambio.

Se ve, ¿vedad?

Lo que no solemos tener en cuenta los profesionales es que estos mismos procesos nos afectan también, y de igual manera, en nuestro puesto de trabajo, donde a menudo hay personas a las que se les atribuye las razones de todos los fracasos. Personas a las que se mira con hostilidad o rechazo, porque se siente que es por ellas por lo que las cosas marchan mal.

Esta es una de las razones que explican la inmovilidad de empresas o instituciones. Porque, cuando se atribuye la responsabilidad a una persona a la que se bloquea mediante el maltrato, todo todo permanece igual, sin que nadie sienta que puede hacer algo beneficioso para el grupo.

Además, se añade el miedo. Un miedo profundo a innovar, equivocarse, y recibir esa mirada dañina, violenta, por parte del grupo al que se pertenece.

«Es mejor que las cosas sigan así. Y yo, como siempre, en mi refugio: bien escondido».

Esta es la premisa que sostiene a esa mayoría silenciosa que tolera y fomenta el maltrato. Que, con su silencio, legitima que se aniquile a uno o varios de ellos.

Porque, cuando hay violencia en un grupo, sólo queda activar estrategias protectoras. Y esas estrategias, siempre, invariablemente, comprometen nuestra función ejecutiva, llevándonos a tener más dificultades para mentalizar a los demás y hacernos cargo de su sufrimiento. Y, claro, eso activa más si cabe la solución intentada de designar y atormentar a ese chivo expiatorio.

Éste es un proceso que ocurre también entre instituciones.

En mi trabajo, por ejemplo, se ve claro: la escuela siempre lo hace fatal y tiene la culpa de [casi] todo.

No están bien situados, no comprenden la situación, la respuesta que recibe la infancia es la contraria a la que necesita o, yo qué sé, que la orientadora fuma en pipa.

Cualquier cosa vale para quitarnos la responsabilidad de encima. Todo vale.

Y claro, si lanzamos esa mirada envenenada, y actuamos en consecuencia, lo estamos poniendo a huevo: pero mira estos qué prepotentes, de qué palo van, no tienen ni puta idea, que les den por culo.

Se confirma así, la premisa de que ellos son una mierda y nosotros ángeles inmaculados.

Pero la realidad es muy diferente. Porque es, precisamente en la escuela, donde muchas de las niñas, niños o adolescentes con quienes trabajamos encuentran su base segura. Quizás no sea la directora borde con la que hemos discutido, o la orientadora que ha creado una relación tóxica con el alumno, sino una profesora amable que siempre pasa por ahí con una sonrisa, el bedel que mira con ternura y cariño, o una auxiliar de comedor que trata con especial cariño.

La cosa es que, más allá de lo que vemos, las escuelas son entornos complejos, en el que las y los alumnos pueden disponer personas adultas con las que sostener las relaciones que necesitan y repararse a través del buen trato.

Y que esos procesos resilientes ocurren, una y otra vez, en condiciones de estrés formidable para las figuras adultas, lejos de nuestra vista contaminada por nuestra necesidad de escurrir el muerto.

¿Recuerdas tú alguna de esas miradas y cómo impactó en tu cuerpo?

Pues es lo mismo que reciben, también, las niñas y niños a quienes acompañamos.

Basta ya. Mentalicemos la realidad de otros recursos. Su hacer, su sentir y el estrés que viven en el cuerpo. Es la única forma de intervenir ordenada, humanamente y acompañados.

Referencias:

DANGERFIELD, M. (2017). Aportaciones del tratamiento basado en la mentalización para adolescentes que han sufrido adversidades en la infancia. Cuadernos de psiquiatría y psicoterapia del niño y del adolescente. SEPIPNA, nº 63.  

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

2 comentarios en “El mito de expiación en los profesionales que atienden a la infancia

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