La paradoja del cuidador deprimido

Sobre la transmisión intergeneracional de la depresión, y alguna pista para no repetir el mismo destino. 

Para una niña o un niño, enfrentarse a un referente adulto #deprimido es un reto formidable.

Cuando la depresión irrumpe en un domicilio, suele alimentar un distanciamiento de la pareja. Sencillamente, estar en contacto con una persona deprimida es tan difícil, que suele activar estrategias evitativas en la otra persona, que tenderá a pasar más tiempo trabajando, con los amigos (a amigas) y, en definitiva, lejos de casa.

Esta realidad, conlleva que, a menudo, niñas y niños se enfrenten solos a la depresión de la persona adulta a la que quieren y de la que dependen para construir su sensación de seguridad de base. Pero, lo que muchas veces se olvida, es que una niña o un niño, en esta posición, se encuentra en una situación sin salida, en la que puede activar muy escasas estrategias protectoras.

Luchar suele resultar imposible. Para un niño o una niña hacer daño reiterada y deliberadamente a la persona que sufre es insostenible, dado que implica, probablemente, que la persona adulta se “apague” más si cabe, quedándose más solo y desamparado.

La huida, en el sentido clásico del término, también es muy difícil. Huir es dejar sola a la persona que sufre y, por tanto, provocar su caída en las sombras. Y la depresión se encarga, ella solita, de evocar de la manera más cruda posible, los monstruos que habitan esas sombras.

Por eso, la solución más frecuente es activar los cuidados hacia la persona que sufre. Es decir, forzar el control de una realidad cuyo origen y cuyo desarrollo no depende, en ningún caso de lo que sienta o haga una niña o un niño pequeño.

Esta parentalización, o inversión de roles, en la que el niño pasa a tomar el lugar del adulto y viceversa, le ayuda a tener una mínima sensación de control porque sus cuidados provocan una reacción positiva en la persona que siente que muere, pero tiene una doble vuelta. Porque el adulto que es cuidado por un niño sabe, en su fuero interno, que no está cumpliendo con sus funciones y activará algún recurso para sentir que sigue estando a la altura de los acontecimientos. No es extraño, entonces, que ese adulto que sufre y que, por tanto, no puede conectar con la realidad de su hija o hijo, reproche al niño su actitud o le haga sentir que lo que hace no es suficiente. O que, por ejemplo, tenga estallidos de rabia en un intento por poner fuera (proyectar) lo que ya no soporta dentro.

Para la niña o el niño, esto es una catástrofe, porque el único recurso que siente que puede protegerle, se cuestiona intermitentemente, recordándole que “no es suficientemente bueno” como para cuidar de las personas a las que quiere. Con el añadido de que, ese fracaso quedará asociado en su mente inmadura, a la llegada de todas esas sombras, que huelen a enfermedad mental y muerte.

No es extraño, por tanto, que se activen procesos disociativos como, por ejemplo, cuidar sin sentir lo que se hace, de manera impulsiva, dado que no es posible cargar con el propio dolor y el de la persona a la que se quiere y está desapareciendo.

Estos patrones de corregulación emocional, en principio externos, se van interiorizando progresivamente, a lo largo de toda la infancia y la adolescencia, configurando un modelo de relación con uno mismo, de manera que, cuando se active la tristeza, cursará con la sensación de que algo terrible puede pasar si se le permite su espacio. La tendencia natural será, entonces, a pasar al acto y cuidar (poner fuera) el malestar que llevan dentro.

La tragedia es que, a menudo, estas estrategias protectoras que pasan por luchar, huir de la tristeza, o pasar al acto, ayudando sin que dicha ayuda se haya solicitado, pueden contribuir a que aparezcan procesos ansiosos y depresivos. Porque tratar de contener la tristeza, con tamaño sobreesfuerzo, deja al sistema nervioso agotado, ávido de un descanso.

Paradójicamente, puede ayudar mucho retomar la conexión con esa tristeza. Sentirla, tolerarla, sostenerla, escucharla con curiosidad y dejarla llegar allí donde lleve. Porque cuando la ola de tristeza llega en todo su esplendor, también puede romper contra las rocas, aliviando el sufrimiento y, de paso, contribuyendo a retomar la conexión con lo importante, es decir, con las cosas que anclan a las personas a la vida y permiten cuidar con seguridad a la gente a la que quieren.

Y estas experiencias de conexión profunda, de regresar la emoción al cuerpo, si se sostienen con cariño y cuidados, pueden alterar la arquitectura del cerebro, transformando ese pozo negro que tanto miedo evoca, en un manantial natural, cristalino y fresco.

Y tú, ¿te proteges cuidando?

Quizás ames a las personas a quienes quieres, por delante de tu vida.

Gracias, de parte de ellas y ellos.


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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