Cómo regulas tus emociones influye en tus hijas o hijos

Una crianza suficientemente consciente pasa por revisar cómo nos llevamos con nuestros propios estados de ánimo, y ver si existen formas más satisfactorias de regularlos.

Hay personas que se llevan mal con el ENFADO. Tienden a evitarlo, suprimirlo, disociarlo, o transformarlo en otras emociones con las que se sienten más a gusto como, por ejemplo, la culpa o la tristeza.

La rabia es clave para establecer LÍMITES y proteger nuestras BASES SEGURAS, es decir, esas cosas que nos permiten sentirnos seguros y permanecer regulados cuando las cosas se tuercen. Por eso, las hijas e hijos de madres y padres que se llevan mal con la rabia, suelen tener dificultades para enfrentarse a los abusos de otras personas, o tienden a culparse a sí mismos del daño que les causan otras, quedando comprometidas sus necesidades de sociabilidad y autonomía.

Otras personas se llevan mal con el MIEDO. Puede ser incluso que no lo sientan, o que, en su extremo contrario, les desborde totalmente.

Lo habitual en las primeras, es que lo vivan como un enfado, lo cual, no es disparatado, porque una de las reacciones naturales al miedo es la lucha. El problema es cuando las personas no contemplan otro tipo de reacciones también naturales, como la huída o la solicitud de ayuda, que suelen tener mejores consecuencias a medio y largo plazo.

Sea como sea, las hijas e hijos de personas que REPUDIAN el miedo, tendrán —muy probablemente— su autoestima por los suelos. Porque, o bien activan el mimetismo y actúan como sus madres y padres, luchando y enfrentando las consecuencias de la violencia que han generado, o se irán al extremo contrario, quedando superados por el el miedo y paralizándose. En este caso, quedarán comprometidos los procesos de identificación que favorecen la propia autonomía, dado que un niño no puede crecer sin el estímulo que implica querer acercarse más a las personas a quienes siente que se parece.

Sin embargo, cuando el miedo DESBORDA a las figuras adultas, la cosa es un poco diferente. Lo habitual es que se acabe desarrollando un comportamiento fóbico (evitativo), ante estímulos que sienten que les puede desrregular. Pero también puede ser que acaban suprimiendo el miedo y que toda su vida gire en torno a demostrar que ellas y ellos NO SON como sus progenitores, que pueden desarrollar por sí mismos las cotas de autonomía que necesitan.

En ambos casos, se produce u desequilibrio en la díada [auto] protección-autonomía, en la que, de alguna manera, optar por una de ellas implica rechazar la otra.

Con la TRISTEZA pasa otro tanto de lo mismo. Si las figuras adultas la REPUDIAN, pueden aparecer, por ejemplo, somatizaciones o sintomatología depresiva, entre otras cosas. A veces, el dolor físico es la forma que tiene el cuerpo de obligar a la mente a tomarse un descanso; y otras veces, de llevarle a parar y activar los cuidados hacia una o uno mismo.

Por otro lado, las niñas y los niños que viven con padres que se deprimen tienden a repudiar también la tristeza. Muchas veces, se dicen a sí mismos que no quieren dejarse llevar por ella, para no provocar en terceros el mismo daño que han sufrido ellos. Le tienen pánico, y están dispuestos a activar todos sus recursos para desactivarla, porque en el imaginario colectivo, la depresión es una maximización de la tristeza.

Sin embargo, las cosas son justo al revés. Porque lo que les predispone a la depresión es, patológicamente, precisamente tratar de bloquear o suprimir las sensaciones que provoca de tristeza. Porque, entre otras cosas, al no transitarla, permanece un malestar dentro que lleva a seguir forzando la maquinaria, permaneciendo dentro una amenaza latente que no puede aliviarse. Es habitual que estas personas acaben pensando que no son como deberían, retroalimentándose un fuerte sentimiento de CULPA que, en última instancia, es lo que va a dificultar más si cabe transitar los diferentes duelos.

Pero también hay gente que se lleva mal con la ALEGRÍA. Por ejemplo, puede ser que hayan tenido madres o padres muy licenciosos o irresponsables, y que hayan asociado dicha alegría con un caos o una impredictibilidad insoportable. A menudo, se han hecho cargo de muchas responsabilidades que no les correspondían. Por ello, se afanan en evitarla, cumpliendo estoicamente con su deber, pero sin disfrutar de los placeres de la vida. Esto tiene, necesariamente, implicaciones de cara al vínculo con sus hijas e hijos que no podrán conectar con alguien que, a su vez, está desconectado de los placeres que reporta la vida.

Otras personas parecen absorbidas por la FELICIDAD. Todo va bien, y siempre tienen palabras positivas para todo. Mr. Wonderful en la tierra: controla tu mente para estar siempre bien, por encima de los acontecimientos. Pero pueden hacer mucho daño: primero, porque este tipo de funcionamiento implica ALTERAR LA REALIDAD para adaptarla a los propios deseos y, segundo, porque colocan a sus hijos e hijas, que todavía están conectados con las sensaciones que les reporta su cuerpo, en una situación muy complicada, negando su realidad interior y, por tanto, también LO QUE SON, es decir, a ellas y ellos.

Muchos casos de violencia filoparental se explican así. A veces, es una forma desesperada de reafirmación de la identidad, en un contexto relacional en el que uno es negado. Y de mantener cierta cordura cuando la familia altera la realidad para adaptarla a sus intereses y necesidades.

Bueno, he sido un poco simplista, pero no puedo alargarme más por las limitaciones del medio.

La cosa es que, llegados a este punto, es probable que te hayas sentido identificada o identificado con algún modelo de los que hemos hablado y te hayas puesto algo tenso. Descuida. En la mayor parte de los casos, la crianza no se hace en solitario, sino acompañados de personas con quienes llegamos a una relación de complementariedad que, muy simplificadamente, implica que llegamos a un equilibrio en el que cubrimos nuestras necesidades.

Así que, aunque te lleves mal con alguna de tus emociones, puede que tu pareja —o la familia extensa— cubra el hueco que has dejado.

Y si no es así… es decir, si tú fallas y ambos no llegáis, siempre se puede mejorar nuestros desempeño en la regulación emocional, a través de un trabajo guiado.

Sé que es una solución que difícilmente se contempla. Pero merece la pena.

Ya verás.

Si eso, me cuentas 😉

Referencias:

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta

MINUCHIN, S. (1998). Calidoscopio familiar. Barcelona: Paidós

NARDONE, G. (2015). Ayudar a los padres a ayudar a los hijos: problemas y soluciones para el ciclo de la vida. Barcelona: Herder

NARDONE, G. (2009). Psicosoluciones. Barcelona: Herder

NARDONE, G.; GIANNOTTI, E.y ROCHI, R. (2012) Modelos de Familia. Conocer y resolver los problemas entre padres e hijos. Barcelona: Herder

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka Saitua

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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