Los gilipollas del coronavirus

Un gilipollas, en su concepción habitual, es una persona que se cree muy lista y actúa sistemáticamente jodiendo a los demás.

Además de ser muy malo y contagioso, este virus tiene una cualidad excepcional: hace aparecer a las y los gilipollas.

Un gilipollas, en su concepción habitual, es una persona que se cree muy lista y actúa sistemáticamente jodiendo a los demás. Con aparente conciencia de lo que hace.

Por ejemplo, hay gilipollas adolescentes, que se creen invulnerables, y que se niegan a ponerse la mascarilla, porque así peligra su status o su masculinidad.

Hay gilipollas adultos, que salen a los balcones a juzgar si el vecino, de cuya vida no tienen ni puta idea, está cumpliendo las normas de prevención que, a ellas y ellos, les parecen bien.

Hay también jefes gilipollas, que se empeñan en continuar con la producción a todo gas, a pesar de que sus trabajadores estén muriendo, y llevándose consigo a sus mayores.

Y gilipollas de playa que, aunque tengan todo el arenal para ellas o ellos, se ponen al lado tuyo a fumarse un puro y a echarte el humo a la cara, con expresión de superioridad.

Hay gilipollas para todas y todos. Allí donde se mire, hay gilipollas; y todos tenemos un tipo de gilipollas al que daríamos con un palo con sumo placer.

No voy a negar que hay gilipollas, pero tampoco que yo seguramente soy el gilipollas al que otras personas quieren golpear.

Quizás el gilipollas listillo, que sin tener ni pajotera idea de genética ni medicina, se empeña en trasladar al mundo un mensaje que no logra del todo comprender.

Yo qué sé.

Lo que sí sé es que este virus cabrón tiene una capacidad asombrosa para conectar con nuestros miedos más profundos. Los de todas y todos, y los que nos afectan a cada persona en particular.

De volvernos gilipollas, quiero decir.

A nadie le gusta enfermar. Y es muy loco entablar una lucha contra algo que no se ve.

Pero, además, todas y todos tenemos una historia de TRAUMA que, mientras nada nos conecte con ello, nos deja vivir más o menos bien.

Sin embargo, a veces, hay elementos del ambiente que nos hacen sentir especialmente vulnerables. Que nos conectan con las pérdidas no resueltas, con el rechazo, con la soledad, con la invasión de nuestra privacidad, con la imposición autoritaria de las normas, con la manipulación perversa, o con Rita la Pollera, sabe Dios.

Entonces, se nos va irremediablemente la pinza, porque todo nuestro cuerpo se pone en MODO PROTEGER. Algunas y algunos desbarran que te cagas, y otros se van a la rigidez. Y un tercer grupo se vuelve tarumba, creándose un universo paralelo, o actuando como si no pasara nada, empujando ese miedo hacia su interior.

Para el espectador, claro, son una manada de gilipollas.

Gilipollas que van de superhombres o supermujeres, que se aferran a la norma, que hacen las cosas a lo loco jodiendo a los demás, que entran en teorías conspiranoicas que flipas, o que ¿cómo cojones hacen para vivir con esos huevos tan gordos, joder?

Pues mira, quizás no sean tan gilipollas, colega, sino gente afectada por un enorme sufrimiento que no sabe —porque nadie se lo ha enseñado NUNCA— regularse bien.

Que no CONFÍAN, en su capacidad de hacer cosas consigo mismos o con el entorno que realmente les hagan sentir mejor. Por eso, recurren a estrategias basura que, a veces, les ayudan a pasar el trago pero, a menudo, les dejan mucho peor.

Porque no han tenido un buen trato de base que les permita tratarse a ellas y ellos mismos suficientemente bien.

Porque, ¿cómo se regula el miedo?

Lo primero y, quizás lo más complicado, es ACEPTAR que el riesgo es real. Y claro, esto es una faena, porque cuando ponemos atención al miedo, nos ocupa toda la mente y todo el cuerpo, y amenaza con desbordarnos y no dejarnos hacer las cosas bien.

Para eso, es necesario tener una buena relación con el miedo que, a grandes rasgos, no es otra cosa que haberlo sentido, y haber tenido en paralelo unos brazos en los que refugiarnos, para luego enfrentar los riesgos y problemas de manera más regulada y, en consecuencia, con más probabilidad de éxito, ¿verdad?

Quien no ha tenido este tipo de experiencias está vendido. Sólo no se puede hacer.

El siguiente paso es buscar la COLABORACIÓN y la COMPLICIDAD con otros seres humanos. Eso ayuda a regularnos, sentirnos fuertes, y disponer de más información de calidad. Porque cuando los cerebros se unen —sobre todo cuando están desrregulados— aumenta exponencialmente su capacidad de enfrentar los problemas, por muy complicados que puedan parecer.

Pero claro, para eso, también hay que haber disfrutado de experiencias de solidaridad y colaboración. Y eso, la mayor parte de nosotros, aislados en un pupitre durante la mayor parte de nuestra escolarización, criados en los videojuegos, y con padres y madres que trabajaban todo el día y a quienes apenas pudimos ver… pues como que no.

Y lo último, claro, es TOMAR DECISIONES que tengamos la seguridad que protegen, a pesar de no sentir los efectos inmediatos. Entender y sentir bien dentro no sólo que al cuidar y proteger al resto nos estamos cuidando a nosotros mismos y a nuestras familias, sino también DISFRUTAR DE CUIDAR Y PROTEGER a los demás. Eso es, no tanto porque nos convenga sino porque, coño, está bien.

Pero, de una serie de niños y niñas que han vivido compitiendo con sus iguales, a ver quien era el tonto, y a ver quién el listo o el guapo, el que sacaba buenas notas o que jugaba al fútbol bien, cuyos padres y madres sólo respondían ante las calificaciones escolares, ¿qué se puede esperar?

Gilipollas.

Gilipollas everigüer.

O mejor dicho, niñas y niños heridos como consecuencia de una crianza desconectada de sus emociones, de la naturaleza, del mundo y de los demás, a quienes el peligro les desborda porque NO CONFÍAN EN SÍ MISMOS y NO SABEN QUÉ HACER.

Hasta la vista, gilipollas.

Lo digo con amor. Desde mi gilipollas interior 😘


Basado en un tweet de @@rebeldemami.


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka Saitua

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

4 comentarios en “Los gilipollas del coronavirus

  1. Gonzalo

    Bravo Gorka. Una descripción irónico empatica muy lúcida… ojalá tuviéramos más la costumbre de entender sin juzgar, así nos daríamos cuenta que todxs somos vulnerables y que muchos tenemos probablemente heridas no resueltas que nos llevan a afrontar las situaciones estresantes con estilos diferentes… pero en el fondo todxs somos iguales. El siguiente paso como dices es la colaboración… ¿será una utopía viendo el mundo en el que vivimos?… si me lo permites dejo aquí una noticia de hoy para reflexionar http://www.telemadrid.es/programas/120-minutos/personas-reconocen-coronavirus-mercadillo-Fuenlabrada-2-2258494144–20200812013556.html

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