Empujé al chico hacia una esquina, y ocupé su lugar.
«Juzgadme a mí. Uno a uno».
Empujé al chico hacia una esquina, y ocupé su lugar.
«Juzgadme a mí. Uno a uno».
Los hijos o hijas reabren nuestras heridas, brindándonos la oportunidad de sanarlas o haciéndonos caer al abismo.
NO MIENTE. Que no. No está tratando de manipular. No se está dando cuenta del daño que hace ni de las contradicciones de su discurso o de su actitud. Está funcionando por partes. Y esas partes apenas se comunican entre sí ¿qué vamos a hacer?
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Cuenta una mujer que, horas después de la explosión, los supervivientes esperaban sentados, tumbados, agotados por el dolor, en el extrarradio de la zona cero […]
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Cuando una persona nos muestra su herida, es probablemente porque siente que podemos jugar un papel importante para sanarla. Ignorarla por prudencia o miedo, puede hacer mucho daño.
Nuestras partes protectoras tienen una edad concreta, porque están ancladas a las dificultades y retos que tuvimos que superar en determinados momentos de la vida. Nuestro trabajo es localizarlas y darles la mirada y el cuidado que nunca tuvieron. Es una forma poética de hacer justicia.
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Aceptar la propia realidad como clave de la autorregulación emocional y garantía de la intervención familiar. Un ejemplo paradójico. Seguir leyendo «La aceptación | conexión con un lugar seguro»
Sobre las dificultades de las familias autoritarias o sacrificantes para satisfacer la necesidad de seguridad y vínculo de los niños y las niñas adoptados.
Seguir leyendo «Un paseo por el Ártico | adopción desde la frialdad»
Luchar contra nuestra parte protectora sólo la convierte en más fuerte y dominante. Mejor cuidarla y reconocerla como los recursos que tuvimos que articular para sentirnos seguros y sobrevivir a nuestra infancia.
Seguir leyendo «Sobre la convivencia entre nuestra parte comprensiva y la protectora «
Cuando hay coherencia entre el pensar, el sentir, y el cuerpo, se produce la magia de la integración cerebral, y el sistema vuelve e la coherencia y a la calma.
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