Sobre la convivencia entre nuestra parte comprensiva y la protectora 

Luchar contra nuestra parte protectora sólo la convierte en más fuerte y dominante. Mejor cuidarla y reconocerla como los recursos que tuvimos que articular para sentirnos seguros y sobrevivir a nuestra infancia. 

Dentro de nosotros y de nosotras conviven —entre otras— dos partes: una parte comprensiva y una parte protectora.

La PARTE COMPRENSIVA es la que normalmente tenemos presente. Permanece cuando nos sentimos tranquilos y en paz. Esta parte atiende a razones, tiene control sobre en qué fija la atención, y puede ponerse en el lugar de los demás, resonando con sus emociones.

Sin embargo, en todas las personas hay, también, una parte —o partes— protectora. Esta PARTE PROTECTORA funciona de manera muy diferente a la otra. Se activa cuando nuestras emociones —sobre todo el miedo— sobrepasan nuestra VENTANA DE TOLERANCIA, y todo nuestro organismo actúa desesperadamente para volver a cierto equilibrio y calma.

Esta parte protectora no es flexible ni atiende a razones. No es capaz de hacer planes, ni de ponerse en el lugar de los demás. No es reflexiva, sino reactiva. Entre otras cosas, porque se identifica con las soluciones que en muy el pasado tuvimos que dar a problemas que nos sobrepasaban, y ha quedado petrificada, codificada en el cuerpo en nuestra MEMORIA IMPLÍCITA.

Comprensiva_Protectora

Paradójicamente, atacar o cuestionar esa parte protectora es casi siempre contraproducente. La lucha contra ella sólo la hace más fuerte, más reactiva; más rígida, caótica y dominante. A fin de cuentas, sólo cumple con su misión de siempre. Tomar el control para PROTEGER al sujeto, caiga quien caiga, en los momentos de máximo peligro o vulnerabilidad.

Entre la parte comprensiva y la parte protectora hay un puente que las conecta. Ese puente es el REMORDIMIENTO o el SENTIMIENTO DE CULPA, que surge de observar cómo a veces funcionamos de manera racional, tranquila y empática; y otras veces de manera impulsiva, alocada, desesperada e inmadura.

Este sentimiento de culpa cumple una función muy positiva: nos ayuda a ser críticos con nosotras y nosotros mismos, y a reflexionar sobre nuestro comportamiento. Pero también nos pasa factura. Porque actúa como un mazo contra nuestra parte protectora. La amenaza y la golpea. Y, en consecuencia, cuanta más culpa sentimos, más dominante se vuelve la parte protectora.

Mi trabajo como educador familiar es apelar a la parte comprensiva para que saque lo mejor de sí misma y pueda reparar y cuidar de los niños, niñas y adolescentes se merecen; pero NUNCA luchar contra la parte protectora.

¿Qué hacer entonces?

Si has llegado hasta aquí, probablemente sientas confusión. Nos han enseñado que la fuerza de voluntad debe hacerse cargo de nuestros impulsos más primarios, dominarlos, someterlos, y que eso construye nuestra capacidad de autocontrol.

Pero esa idea es un mito.

Para que nuestra parte protectora se calme, y permita a la parte comprensiva hacerse cargo de la situación, es imprescindible que se sienta mirada, apreciada y cuidada. Quizás primero por la actitud del profesional que nos atiende, y más tarde por nosotras o nosotros mismos.

Porque esa parte, que muchas veces rechazamos, que nos aleja de los demás, y que sentimos que a menudo hace daño, tuvo una función clave en nuestro desarrollo, y está conectada íntima y profundamente con nuestros deseos de vivir, de desarrollarnos y de superar la adversidad. Problemas de los que no somos conscientes, entre otras cosas, porque los hemos normalizado.

Para construirnos como padres y madres más conscientes es necesario, por tanto, que tengamos primero el valor de MIRAR esa parte protectora, sin cuestionarla ni juzgarla, y que estemos dispuestos a observar qué FUNCIÓN cumplió en el pasado. De manera que vayamos creando entre nuestra mente, nuestro corazón y nuestro cuerpo las conexiones que nos permitan relajar nuestra mirada, y reconocer el VALOR que incluso HOY sigue teniendo.

Es implica ENRIQUECER EL RELATO de nuestra propia historia. En la que hubo y sigue habiendo un NIÑO o NIÑA HERIDO, que sufre y articula los recursos que le dieron fuerza en los momentos más desesperados. Acogerlo, abrazarlo y darle, como personas adultas, lo que le faltó en el pasado. Recogerlo del suelo, mirarle con cariño y sanarlo.

Volver a sentir que tenemos superpoderes. Pero que estos no se derivan de la radiación de un meteorito o de la mordedura de una araña, sino del ESFUERZO y la PERSISTENCIA de nuestro niño interior por seguir siendo feliz, mantenerse a salvo y seguir viviendo.

Pinta bonito ¿verdad?


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

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