Guardaré un buen recuerdo de tu niña herida 

Nuestras partes protectoras tienen una edad concreta, porque están ancladas a las dificultades y retos que tuvimos que superar en determinados momentos de la vida. Nuestro trabajo es localizarlas y darles la mirada y el cuidado que nunca tuvieron. Es una forma poética de hacer justicia.  

Era una conversación tensa para los dos.  

Yo le estaba diciendo que no habíamos cumplido con el trabajo que nos había indicado la administración pública. En parte, porque ella siempre me había visto como una figura de control y amenazante; y porque yo tampoco había sabido adaptarme bien a sus circunstancias, ni a sus necesidades.  

Le señalé que, a pesar de todo ello, sentía que habíamos tenido muchos momentos buenos en los que habíamos conectado como personas. Y que agradecía mucho que, a veces, se haya olvidado de mi rol profesional, y que hayan aceptado al Gorka que hay detrás del disfraz. Eso nos había permitido hacer cosas importantes y llevarnos un buen recuerdo, aunque no hubiéramos seguido el camino marcado.  

—Sabes lo que pasa, Gorka —me dijo.  

Me quedé escuchando.  

—Que ojalá te hubiera conocido con 14 o 12 años. Entonces sí que necesitaba un educador conmigo.  

Seguramente intuyó mi curiosidad y sorpresa.   

—Cuando mis padres se separaron, había muchas discusiones en casa. Y yo estaba siempre en medio —continuó—. Fue una época horrorosa. Dejé de estudiar e iba dando tumbos. Hasta que, a los 17 años, me marché de casa para no volver nunca.  

—Y qué te había gustado recibir de ese educador —creo que utilicé la tercera persona, porque la intensidad me abrumaba. 

—Yo qué sé. Que estuviera conmigo, que me empujara, que me ayudara a tirar hacia delante —dijo—. No estar tan sola.  

—Ya, habría sido muy diferente si no sintieras tanto la parte de mi trabajo que tiene que ver con el control ¿verdad? —reconocí.  

—Eso es.  

—Déjame que te diga una cosa ¿puedo? —le pregunté con cuidado.  

—Sí, claro.  

—Quiero que sepas que yo he podido conocer a esa adolescente. Porque has tenido la generosidad y el valor de mostrármela; y ella la cordura de pedir ayuda —dije, metiéndome a saco.  

Buff… y menudas las que te ha liado —la risa le protegía. 

—Sí, a veces ha sido un poco insoportable. No te voy a decir que no. Por ejemplo, cuando tenía miedo, y se enfadaba si llamaba, pero también si le dejaba su espacio —así es la huella del doble vínculo. 

Reímos y el ambiente se relajó.  

—Sí, he conocido a esa adolescente que sufrió y que hoy sigue sufriendo. Y tengo que decirte que—hablaba despacio y bajito— voy a guardar con cuidado y cariño, un buen recuerdo de ella. Me ha encantado conocerla. 

Rompió a llorar con toda la congoja retenida durante 38 años.  

Suelo ser muy prudente con el contacto físico. Pero, a tomar por saco, le pedí un abrazo. Ella se levantó y me apretó con mucha fuerza.  

Estuvo llorando un buen rato, hasta que se recompuso un poco. Y cuando pudo articular, a duras penas, alguna palabra, me soltó, como un vómito que alivia:  

«Dale un beso a tu hija.»  


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

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