La trampa de la angustia

[…] La vida en familia está surcada muchas veces por “emociones trampa”. Llamo así a las emociones que nos invitan y casi nos exigen buscar soluciones donde no las hay, casi siempre empeorando las cosas. […] 

Ayer le metí un berrido a mi hija.  

Sí, los que curramos en estas cosas también lo hacemos, por muy blanquitos y con alitas que nos expongamos ante la opinión pública.  

No estamos exentos de comportarnos como capullos.  

Fuimos mi pareja y yo a recoger a nuestra hija al cole y, justo antes de que saliera, me dieron una mala noticia. Una de esas noticias que se te meten como una bola de fuego en el pecho, y te martillean la cabeza como diciendo “ahora, maldita sea, tienes que resolverlo ahora”.  

La movida era que no, no podía resolverlo a la voz de ya, porque la primera oportunidad para hacerlo era a primera hora del día siguiente.  

Así que, nada, me hice el fuerte, y acudimos a recoger a la niña.  

«Menos mal que no voy sólo», recuerdo decirme, «así puedo apartarme o alejarme si lo necesito.» 

Quienes conozcáis un poco la #teoría_polivagal habréis intuido ya dos reacciones básicas de mi sistema nervioso: la lucha y la huida, en este orden, lo cual, hace intuir que el peligro que percibía era algo que sentía que podía enfrentar con éxito, por lo que todo mi cuerpo se estaba cargando de energía. Como una maldita olla exprés a la que se le han atorado las válvulas.  

No pintaba muy bien la cosa.  

Salió la niña de clase y, por la ley de Murphy, claro, salió torcida. Llovía a mares —cosa que tampoco ayuda— y empezó a pedir la merienda. El coche estaba a unos 100 metros, y le dije, conteniéndome como pude, que se aguantara hasta llegar hasta allí, que ahí podía comer tranquila.  

Ni qué decir que mi cuerpo comunicaba otra cosa. A saber, “déjame en paz”, “siempre estás igual”, “no me molestes” o “me importa un bledo tu vida”.  

Mientras tanto, mi pareja aguantaba el tipo como podía, reconfortando a la niña.  

Por supuesto, la peque no se atendió a mis palabras. Era mucho más potente lo que irradiaban mis tripas, así que empezó a mostrar con más intensidad su malestar, exigiendo su comida.  

Ahí es donde no pude más, y estallé, levantándole la voz y diciéndole que se aguantara, porque no hay tutía. Di dos pasos al frente, y me alejé de ellas. Ella acató mi orden llorando y, me atrevo a decir, que sintiéndose bastante confundida e incomprendida.  

Fuimos al supermercado. La niña triste, yo angustiado y de mala leche y, seguramente, mi mujer pensando en que el día estaba siendo una mierda.  

«Ya te vale, tío. Le has dado una caña que no puede entender ni asimilar, y que no se merece.» 

Pero no dijo nada.  

Tampoco estaba yo para recibir nada en positivo.  

Fuimos recogiendo lo que necesitábamos: tomate, lechuga, arándanos… y empezó a haber cierta comunicación, aunque con cara de sapo. Que si tenemos de esto, que si esto nos falta, que si no se nos olvide el papel higiénico… Imagino que ello le dio pistas a ella de que estaba un poco mejor o, al menos, más receptivo.  

Sea como sea, en la charcutería noté una mano en mi espalda. No era un gesto acusatorio ni invasivo, sino cálido y comprensivo.  

La angustia desapareció de repente. Como un globo que se desinfla.  

Mira, qué movida.  

Tal y como he aprendido en terapia, me dejé llevar con esa sensación en contra de mis pensamientos. Y mi cuerpo pudo relajarse, aunque mi cabeza seguía diciéndome que no estaba a salvo y que necesitaba resolver eso.  

Pero “eso” ya no me afectaba.  

Sorprendido todavía por mi respuesta somática, me acerqué a la niña, que estaba subida en el carrito.  

—Antes te he gritado fuerte y no te lo merecías —dije desde la más absoluta tristeza—. Ando preocupado por cosas se mayores, y se me ha ido la pinza. Lo siento mucho. No ha estado bien.  

Me miró con la cabeza gacha y abrió los bracitos.  

A un par de metros, mi mujer nos miraba con cara de gustito, relajada.  

El charcutero le preguntaba si quería 200 o 300 de pavo, pero ella no respondía.  

— 

La vida en familia está surcada muchas veces por “emociones trampa”. Llamo así a las emociones que nos invitan y casi nos exigen buscar soluciones donde no las hay, casi siempre empeorando las cosas.  

La angustia es una de ellas.  

La angustia activa todo nuestro cuerpo para hacer algo y resolver los problemas, luchando o huyendo del posible daño que podemos sufrir nosotros o las personas a quienes queremos. Nos invita a actuar o pone el pensamiento en “modo frenético” para encontrar lo antes posible una solución a los problemas.  

Muchas veces solos. Sin ayuda. 

Lo jodido es que, a veces, no hay solución posible o la solución no puede encontrarse ahora. Entonces, corremos el riesgo de permanecer cargados como una bobina de tesla, electrocutando ¡Zaass! a quien se ponga a tiro.  

Y no es que seamos gilipollas —bueno, alguno sí que lo es— sino que la naturaleza del problema o de la emoción nos sugiere un camino inválido o perjudicial para nuestros objetivos. Y es muy difícil salir de esa rueda.  

De hecho, si me llegan a decir a mí, con las baterías rezumando litio, que la solución iba a pasar por una manita en la espalda, les hubiera mandado a la mierda.  

¡A tomar por culo! 

Da igual lo que he estudiado y mi trabajo personal, sencillamente, mi cuerpo no estaba para eso. El sistema nervioso autónomo había tomado el volante y dirigía todo mi ser por la autopista, sin poder considerar que ciertas carreteras secundarias podían ser un mejor camino, o llevarme a un mejor destino.  

Me encuentro en muchas ocasiones con familias instaladas en la #angustia, sobre todo, cuando una chica o un chico se revela y acaba poniéndose en peligro (se escapa, tiene actividades delictivas, consume drogas, etc.). Y es natural que, desde la angustia, deseen que la situación cambie, lo antes posible. En problema es que ese deseo de cambio que implica la angustia también transmite determinados significados a la hija o hijo díscolo como, por ejemplo, que no es suficientemente bueno, o que está haciendo sufrir a la familia. Con el añadido de que, si alguien le transmite al chaval que se porte bien, le está suplantando su #sentido_de_agencia (la confianza en que es capaz de dirigir su propia vida), dado que, si hace caso, no podrá tener la sensación de que lo ha hecho por decisión propia, sino porque su madre, su padre, o quien sea, se lo ha pedido.  

Y ahí acabamos: arenas movedizas en las que, cuanto más se trata de escapar, más nos hundimos en lo oscuro y frío.  

A veces, lo que estas familias necesitan no es tanto luchar contra el problema, sino gestionar mejor su angustia. 

Y no hace falta que desaparezca del todo, ni mucho menos, para que mejoren las cosas.  

¿Cómo? 

Hay muchas opciones. Muchísimas. A Sako Pako.  

Pero hoy me quedo con esa sensación de la manita en la espalda.  

Los problemas se enfrentan y toleran mucho mejor acompañados. Haciendo equipo.  

De verdad que sí se puede.  

Hay un camino.  


Lecturas relacionadas:  

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta 

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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