Relatos orientados a la acción: un pantano oscuro

[…] Cuando las y los profesionales sentimos que debemos actuar, articulamos un discurso que nos permite hacerlo con la seguridad y contundencia que nuestra acción requiere. No es un relato orientado a suscitar dudas, ver la realidad con objetividad, o conectar a las personas, o exponer posibles soluciones a los problemas. No señor. Es un relato que tiene el único objetivo de justificar y motivar nuestra acción, a sabiendas de que puede ser muy bestia. […]

Un chico de 15 años entra en consulta médica para valorar su aparato respiratorio. Sufre un asma muy fuerte desde edades muy tempranas que ha cursado con varios ingresos hospitalarios.

Ya sabéis que pocas cosas hay más angustiosas para una madre y un padre que correr hacia el hospital con un hijo que se está ahogando.

En el transcurso de la consulta, la familia informa al médico que el chaval está fumando porros. Con buena intención, quieren que el médico se ponga de su parte, y recrimine al chico su comportamiento.

El médico responde. Le parece grave que un chaval que apenas ha entrado en la adolescencia esté fumando hachís del malo, por lo que siente que tiene una oportunidad ventajosa para hacer algo.

Delante de sus padres, le enseña al niño unas radiografías, y se lo pone muy feo.

—Ponte las pilas, porque si no dejas de fumar ya, tus pulmones pueden colapsar en un par de años.

La familia se marcha de la consulta confiada en que la acción del profesional puede tener repercusión en la conducta del chico. Y sus mejores anhelos parecen hacerse realidad cuando comprueban que no está consumiendo.

Sin embargo, al de 9 días, el adolescente vuelve a casa con un colocón de la pera. Apenas se tiene en pie y tienen que ayudarle a llegar hasta la cama.

La familia se angustia más si cabe. Ahora, además de las angustias de siempre, se les añade el hecho de que se han creído que el chaval puede tener consecuencias desastrosas a corto plazo, por lo que incrementan su necesidad de control sobre su comportamiento.

Una necesidad de control que les aleja más entre ellos, incrementado las maniobras evasivas del chaval, incluido el consumo de porros.

Cuando las y los profesionales sentimos que debemos actuar, articulamos un discurso que nos permite hacerlo con la seguridad y contundencia que nuestra acción requiere.

No es un relato orientado a suscitar dudas, ver la realidad con objetividad, o conectar a las personas, o exponer posibles soluciones a los problemas. No señor. Es un relato que tiene el único objetivo de justificar y motivar nuestra acción, a sabiendas de que puede ser muy bestia.

Pasa en el sistema de salud, en el sistema escolar y, claro, en los servicios sociales.

El problema es que este tipo de relatos, aunque tienen un sentido, tienden a autoperpetuarse. Entre otras cosas, porque los profesionales somos a menudo demasiado frágiles como para cuestionar nuestras propias acciones.

Sin embargo, en estos contextos, todo es cuestionable. Y, aunque a veces hay que intervenir, es importante flexibilizar los relatos que dieron lugar a las decisiones que se pudieron tomar o a las medidas que se impuso a personas y familias.

Porque un relato orientado a la acción, sólo contempla a uno de los protagonistas. Normalmente, una víctima señalada a la que hay que proteger ¡atención! porque ella sola no puede defenderse.

Por eso, los relatos orientados a la acción son tan graves. Suplantan el sentido de agencia. Llevan a los profesionales a invadir, inexorablemente, el espacio de decisión de las personas a quienes acompañan, dejándoles una sensación de franca impotencia.

Una impotencia que se asemeja mucho a las sensaciones que emergen del trauma. Un trauma, esta vez, provocado y generado por acciones de protección que han desacreditado a las personas y familias.

Que igual eran necesarias, no digo que no; pero que han suscitado un montón de conversaciones sobre los implicados sin los implicados, a la par que decisiones que han revuelto su mundo por completo, sin que puedan tener ningún control sobre los acontecimientos.

Gran parte de la desconfianza que las personas tienen hacia los servicios sociales parte de esto.

Y tienen toda la razón del mundo.

En cada caso, con cada persona a la que atendemos, deberíamos revisar los relatos orientados a la acción que tanto daño les han hecho, inspirando, si se puede acciones directas o simbólicas decididamente enfocadas a recuperar la dignidad perdida.

Se que lo ves, porque curras en esto.

Ahora no me jodas: no mires hacia otro sitio.


Lecturas relacionadas:

RAMOS, R. (2015). Terapia narrativa con familias multiproblemáticas. Madrid: Morata.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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