Encontrarse en el dolor

[…] Y le digo, también, que toda esa tensión que queda atrapada en el cuerpo durante el reflejo vagal dorsal, intenta buscar una salida, expresarse, movilizar las respuestas protectoras (lucha, huída…) que en otro lugar y tiempo no se pudieron activar, siendo lo lógico que se movilicen precisamente con las personas que les dan o sugieren cierta seguridad. […]

Eneko está sufriendo acoso escolar.

Su padre y yo nos acabamos de enterar por una notificación de la escuela que, por suerte, está decidida a abrir el protocolo para protegerlo.

Al preguntarle a su padre por cómo ha percibido últimamente a su hijo, me responde que una de las cosas que ha podido observar es que está provocando más conflictos en casa.

Su padre es un buen hombre, que se preocupa por su hijo, pero tiende a la evitación y la frialdad emocional. En sus esquemas está la idea de que “los niños se crían solos” y que de que la mejor forma de estimular su autonomía es permitirles que enfrenten sin ayuda los problemas de la vida, porque es eso lo que, por encima de otras cosas, les puede fortalecer.

Sea como sea, me pide el cuerpo explorar esas escenas de malestar que se presentan en casa, en las que parece que padre e hijo entran en conflicto por una tensión cuyo origen está en otro lado, probablemente en el sufrimiento que el niño padece en la escuela.

Le explico, entonces, que lo normal cuando un niño sufre este tipo de violencia, es que no se pueda defender. Porque, si ya es complicado responder a una agresión explícita, en plan, te calzo una hostia, más difícil es responder a esas agresiones implícitas, sutiles, que parece que no lo son, como una mirada despectiva, una broma humillante, el vacío comunicativo o el ostracismo del grupo que en otro momento sí que acompañó. En esos casos, responder coloca en un lugar muy complicado a la víctima, porque seguramente sea señalada por no estar en sus cabales, culpándola de la reacción a la violencia que otros ejercieron.

Y le digo, también, que toda esa tensión que queda atrapada en el cuerpo durante el reflejo vagal dorsal, intenta buscar una salida, expresarse, movilizar las respuestas protectoras (lucha, huída…) que en otro lugar y tiempo no se pudieron activar, siendo lo lógico que se movilicen precisamente con las personas que les dan o sugieren cierta seguridad.

–¿Quieres decirme, Gorka, que él está peleándose conmigo como si yo estuviera en el lugar de los chicos que le acosan?

–No estoy seguro, pero sí que estoy pensando que podría ser algo así.

Pienso, entonces, en explorar la experiencia de los dos, prestando especial atención a cómo se resuelve la situación.

–Vale, cuéntame un poco –le digo–, por favor, cómo sueles darte cuenta de que se te viene encima este marrón.

–Suele empezar pidiéndome cosas que no necesita. Rollo caprichos absurdos –empieza a revelarme.

–Y eso, ¿qué sensaciones o respuestas genera en ti?

–A mí me cabrea un montón por dentro, pero no se me nota.

–¿Crees que no se te nota? –pregunto, levantando las cejas.

–Bueno, no se me nota demasiado –reconoce–. Le digo que no y paso a hacer otra cosa.

–Y esa respuesta, ¿cómo le afecta a él?

–Se pone más tonto –reconoce con una sonrisa que denota cierta sorpresa–. Me persigue, y me exige que le de lo que ha pedido, atacándome con reproches del pasado que, si bien no son un insulto, me sientan muy mal.

–¿Y tú qué haces?

–Trato de aguantar el tirón y explicarle por qué no necesita esas cosas… –se calla, parece que ha hecho alguna conexión.

Me quedo callado.

–Entonces, él se suele poner como un basilisco –continúa–. Grita, dice que todo es una mierda, y dice, con palabras o sin ellas, que va a hacer lo que le de la gana, porque todos somos igual.

–Todos sois igual… –parafraseo.

–¡Y una mierda que todos somos igual! –estalla– ¡No tiene ni puta idea del esfuerzo que estoy haciendo por él! ¡No se imagina el dolor que siento al verle así!

–Y… ¿se lo dices? –pregunto tímidamente.

–¡Claro que sí! Se lo grito, mecagoenlaputa, no es justo que me trate así. Soy el único que da la cara por él.

–¿Dirías que el mensaje le llega?

–Yo qué sé.

Estamos un rato en silencio. Respiramos juntos, casi al mismo ritmo, hasta que siento que se ha disipado suficientemente la tensión.

–No creo que lo estés viendo como yo… –me atrevo– pero me parece una forma estupenda de resolver la situación.

–¿Estupenda? Anda, no me jodas –responde con desconcierto y algo de curiosidad.

–Sí, estupenda. Porque cuando uno sufre tanto, necesita que otras personas sufran también o compartan su dolor.

Se queda pensativo.

–Creo que toda esta historia que me has contado va sobre eso –continúo–, es decir, de los esfuerzos que tu hijo está haciendo para que compartas su dolor, sin conectar con lo que no puede, esto es, la vergüenza, la soledad, el desamparo y la impotencia. Y lo bueno es que lo consigue. Te tiene ahí, enganchado, sabiendo que lo está pasando fatal y, lo que es mejor, compartiendo su dolor.

–No lo sé –dice con la cabeza baja y suena a aceptación.

–No soy yo muy de poner notas, pero lo dejo en un 8. Está de puta madre, pero me falta un poco para la perfección.

–Qué cabrón –me dice con complicidad–. Anda suelta.

–Para el 9 sería estupendo que le hicieras saber que eres consciente de que toda esa mala leche no va contigo. Que sabes que lo está pasando fatal y que estás dispuesto a acompañarle, ahora que los conoces, en los problemas de donde surge ese dolor.

–¿Y para el diez?

–Dicen que en las escuelas musulmanas la máxima nota es un 9. El diez está reservado para Dios.

–¿Para el diez? Dime anda.

–Para el diez… estaría genial que sintiera antes cómo te afectan las cosas. No es del todo justo que tenga que esperar tanto para encontrarse con tu alarma y tu dolor.


* Nota: No siempre hay que reaccionar de manera reflexiva y desde la calma, amigas y amigos. Resonar empáticamente implica aceptar ciertos niveles de incoherencia, error y desorganización.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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