¿Emociones contrarias? No sé yo 

[…] Imponer nuestras categorías a la gente que sufre es un ejercicio de poder innecesario, iatrogénico, cuando no un ejercicio de burda manipulación. […] 

Uno de mis sueños húmedos es abrir un libro para listos y poderlo entender. Mientras tanto, mantengo una costumbre curiosa que me hace bien: abro uno de esos libros por una página cualquiera, al azar, e intento cazar una idea que me guste, me descoloque o me inspire para reflexionar.  

Ayer, hice eso con el libro gordo de los budistas —Dhammapada se llama y sí, lo he tenido que googlear—, y me encontré con que decía que el odio es lo contrario del amor. Una idea muy trillada, también, en la cultura occidental. Y me quedé pescando porque, ¿se parece en algo eso a la verdad? 

No es ningún secreto que funcionamos con mitos sobre las emociones que no nos hacen ningún bien. Que perpetúan los círculos viciosos que nos anclan en la insatisfacción o la ansiedad.  

Lo primero que pensé al leer esa caquita —caquita de Buda, caquita sagrada, pero caquita tal cual— es que era una idea muy común y ya refutada por algunos estudios de guays. Artículos que dicen que no, que lo contrario al amor es el miedo, y movidas así. A ver, y en parte es verdad, porque cuando la amígdala se hiperactiva, es imposible tener en cuenta a los demás y casi imposible cuidar. 

Lo vemos, por ejemplo, cuando trabajamos con madres y padres que están viviendo una situación de peligro, bien por la violencia que sufren por parte del contexto o de las instituciones, o porque algún estímulo les lleva a anticipar —la mayor parte de las veces con mucha razón— que algo va a salir mal. No pueden ponerse en el lugar de sus hijas e hijos, por mucho que les digamos lo que necesitan o lo que puede pasar. Y no son peores por eso, sólo están expresando con naturalidad lo que es la naturaleza humana. Todas y todos somos así.  

Pero, por otro lado, nuestra experiencia no se mide o percibe en bruto, sino al pasar por la conciencia y asignarle un sentido. Y es ese sentido, esa investidura de realidad, esa reconstrucción de la experiencia corporal, lo que nos puede ayudar a transitar lo que sentimos y llevarnos a la seguridad, o a dejarnos atascados en círculos viciosos que perpetúan la incetridumbre, la inseguridad, la hieractivación o la hipoactivación chunga ésa que tanto yuyu da.  

Visto así, las cosas no están tan claras. Y está bien que no estén claras, porque eso nos ayuda a poder reconstruir la historia rescatando nuestro sentido de agencia sin la interferencia de un gurú, un sabio o, como decimos en la barraca, una o un profesional.  

Porque, mira, la primera respuesta ante el miedo —que también suele ser la más saludable— es buscar el apoyo de una persona que pueda darnos seguridad. Y ese reflejo innato, instintivo, en el que se fundamenta al apego seguro, y que proporciona alivio y liberación de oxitocina por ambas partes, es muy cercano al amor.  

No es infrecuente que sintamos más amor si cabe por nuestras hijas e hijos cuando se nos abrazan sintiendo terror. Y es genial que sea así, porque en ese abrazo fuerte, reconfortante, uno no sólo se siente protegido, sino querido y perteneciente a la manada como sujeto de pleno derecho, y legitimado para demandar cuidados. Un factor de protección clave para la salud mental, porque esa es la relación que vamos integrando con nuestra propia niña o niño interior, a saber, ese cuerpo que se queja, patalea, y vive la vida sin el filtro de lo cognitivo, y que nos llena de vitalidad.  

En las relaciones de maltrato familiar —cuando quien debe proteger causa daño— conviven, de alguna manera, la experiencia del miedo y del amor. Por eso vemos en niñas y niños maltratados esas conductas caóticas y erráticas cuando se acercan a las personas que les agreden: en un momento demandan cariño, luego huyen sin motivo aparente, pueden provocar la agresión, otras se pierden manipulando objetos, o se quedan congelados como si el hielo hubiera llegado a su corazón. Y todo casi a la vez, en una secuencia caótica y sin sentido, como buscando torpemente una solución que no existe.  

La disociación es también una forma de conciliar emociones que cumplen funciones aparentemente antagónicas, como el miedo (un impulso hacia fuera) y el amor (un impulso de atracción), creando entre tesis y antítesis, una experiencia sintética nueva, de muchas maneras diferente a las que tuvo que conciliar. Pero hay miles de maneras más saludables de lidiar con esas paradojas, desde el arte, al altruismo, pasando por múltiples narrativas, metáforas y significados que nos aporta nuestro contexto social.  

No sé si se puede hablar de emociones contrarias. Intuyo que es un error. Por ejemplo, cuando hablamos del odio como antagónico al amor, estamos dificultando procesos de duelo que nos pueden acercar a un mejor equilibrio. Porque muchas veces se odia a quien se amó en algún momento, y es frecuente que la rabia —que, por ejemplo, acompaña a una separación amorosa— sea una primera fase, natural, del proceso que puede ayudarnos a conectar con la tristeza y el agradecimiento que permita cerrar ese episodio con la persona que tanto significó.  

Pero, a ver, que me pierdo, ¿dónde iba yo? 

Ah sí, coño, que lo he dicho al principio.  

Va a ser que es muy tarde o que ya estoy un poco mayor.  

Tenemos una tendencia demasiado obtusa a percibir la realidad como un choque de dicotomías. Y no es extraño que sea así. Los conceptos, al menos, tal y como los consideramos en la cultura occidental —en el capitalismo que motivó la revolución industrial— se definen en sus márgenes o por contraposición a otros conceptos que sirven para hacerlos brillar. Y aunque eso sea útil en algunos campos, no creo que debamos extrapolarlos a nuestra experiencia sensitiva, íntima o interpersonal.  

Vaya por delante que en otros lugares y culturas no es así.  

Y no es así especialmente en los procesos de resiliencia, cuando las personas integran creativamente sus experiencias en un relato único, estructurante y nuclear.  

Pum.  

Lo he dicho muchas veces, cuanto más delimitamos un concepto como profesionales de la psicología o de la educación —cosa que nos gusta porque nos ayuda a elevarnos a un pedestal— más condicionamos la experiencia de las personas a quienes acompañamos y, lo que es más peligroso, la de las personas que andan sin ninguna protección, en pelotas por ahí.  

Imponer nuestras categorías a la gente que sufre es un ejercicio de poder innecesario, iatrogénico, cuando no un ejercicio de burda manipulación. Por eso detesto hacer informes, colegas, porque implica imponer un relato ajeno sobre las personas con quienes trabajo y eso, lo mires por donde los mires, es suplantarles y arrebatarles el sentido de agencia. Porque, por mucho que me gustaría, por mucho que lo anhele y por mucho que me empeñe, nunca voy a ser experto en la vida y experiencias de los demás. 

Y eso los servicios sociales lo hacemos fatal.  

Catastróficamente mal.  

Concluyendo, que os meto unas brasas de la pera. Sostenemos un montón de mitos sobre las emociones que no nos hacen ningún bien. Algunos, porque están enraizados en el discurso social; pero otros muchos porque los necesitamos las y los profesionales porque necesitamos una bata blanca o un traje caro para vender nuestros servicios.  

Pero eso sólo habla de nuestra inseguridad.  

De nuestro hambre y de las armas que tenemos para lidiar con una competencia feroz.  

¿Se ve? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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