En contra del liderazgo positivo, también

[…] Cada vez tengo más claro que no hay mucha diferencia entre el jefe autoritario o perverso, que te persigue para que hagas un turno que no te toca o para que trabajes horas extras sin cobrar, y el que tira del carro con una sonrisa para motivar a los demás. […] 

Por favor, dejad de hablar de liderazgo como si fuera un valor absoluto al que todas y todos deberíamos aspirar. Estáis convirtiendo vuestro discurso en un problema de salud mental.  

Estoy hasta la castaña pilonga de coaches y grurús que se presentan como expertos en hacerte llegar a la cima, en ayudarte a dar tu máximo potencial, en hacerte destacar frente a los demás.  

Sois una maldita enfermedad.  

Habrá quien sate ahora y me diga oye, colega, no te pases, que hay todo en la viña del señor. Gente que vende humo y esencia de culebra, y profesionales formados, implicados en que a la gente le vaya bien.  

No sé yo.  

Cada vez tengo más claro que no hay mucha diferencia entre el jefe autoritario o perverso, que te persigue para que hagas un turno que no te toca o para que trabajes horas extras sin cobrar, y el que tira del carro con una sonrisa para motivar a los demás. Que sí, que preferiría tener al segundo en casa, claro, pero, en el fondo las diferencias son de forma, superficiales, sin más.  

Porque, a palos o con palmaditas en la espalda, ambos te están reduciendo a un mero objeto con capacidad de producción. “Recursos humanos” lo llaman, como si nuestra esencia como trabajadoras y trabajadores fuera nuestra capacidad de producción.  

Y esta cosificación neoliberal de la fuerza de trabajo, como mulos de carga, que antepone el producto a la humanidad, está apoyada por un discurso social. Un relato que penetra, por capilaridad, en lo más profundo de nuestras estructuras, afectándonos a todas las edades y a todos los niveles de nuestra identidad.  

Verás cómo te suena.  

Vivimos en una realidad paralela, donde hay que destacar para ser, es decir, para ser reconocidas y reconocidos con una identidad. En consecuencia, tenemos el constante imperativo de vender nuestra “marca personal”, hasta el punto de que el éxito se mide en seguidores en redes sociales o en likes. Esto nos obliga a mantener una actividad frenética y constante, sin descanso, porque el éxito es del que se levanta pronto, del que trabaja mientras otras y otros duermen, y del que antepone su imagen a su identidad.  

Mira quién habla. Pues sí.  

Es la cultura del liderazgo positivo. Del desarrollo de capacidades y habilidades personales para el ejercicio de una labor, normalmente con tintes materialistas. Es decir, de seducir a los demás para ocupar un nicho de poder que nos permita decir, coño, cojones, aquí estoy yo.  

Porque estamos educando a las generaciones que vienen para dar por hecho que la alternativa es el vacío absoluto, el no-ser, la más absoluta aniquilación. No es extraño que veamos cada vez a más influencers que explotan su propia muerte, como si esa presencia en los demás fuera lo único que les queda de valor.  

Por eso muchas adolescentes van hoy en día a clase maquilladas, en gran medida por eso piden a la cirugía plástica que les arregle la jeta para parecerse a tal o cual filtro de Instagram. Y cada vez más chicos se implantan músculos de plástico. Están confundiendo en sus pequeñas cabezas la realidad con lo que les gustaría y sienten que deberían ser.  

Igual que las personas adultas en Linkedin —y en el resto de redes, claro— impostándose al decir al mundo que son buenos líderes y, por tanto, importantes para los demás. “Cómprame”, que “trabajo bien”, repiten, convirtiéndose en carne de explotación perfecta en trabajos de mierda, donde se van a encontrar con 100 como ellos en un ring donde vale de todo, excepto rendirse y vivir.  

Porque Linkedin es poco más que el filtro adulto de Instagram. Un filtro perverso, que nos recuerda cada vez que se aplica, que no somos suficientes, porque no nos podemos acercar a la realidad que simulamos. Y eso es lo que da trabajo a los coaches vendehumos, que no son otra cosa que los cirujanos plásticos de la adultez, es decir, peña que se lucra porque nuestra vida no se parece a lo que tristemente hemos aceptado que debería ser.  

Así que ojo con criticar a la juventud.  

Hoy quiero hacer un alegato en contra del liderazgo. Positivo o de mierda, me da igual. A tomar por culo.  

Quiero decir alto y claro que apostar por ser un líder implica grandes y graves RENUNCIAS que comprometen la propia salud mental. Por ejemplo, implica deponer —eso, “deponer”— toda nuestra atención en el plano interpersonal, tratando de condicionar lo que sienten y piensan los demás. Es decir, es una apuesta por la manipulación. Y una actitud de riesgo al colocar toda o gran parte de nuestra autoestima condicionada al reconocimiento de los demás.  

Porque, si eso falla, ¿qué nos queda? 

Es entrar en un círculo vicioso similar al que viven algunas personas con rasgos de personalidad narcisitas: cuanto más me preocupo por dar buena imagen, más le alejo de mí mismo, menos me reconozco, por lo que necesito dar buena imagen para llenar mi vacío existencial. Y es que, llegados a un determinado punto, el riesgo es no reconocerse más allá de lo que se exhibe para agradar a los demás.  

Sugiere que hay que ofrecer una imagen distorsionada de uno mismo que se adapte a las circunstancias más acorde con las necesidades de la empresa o en entono, que con las necesidades íntimas que una o uno pueda tener. Imagina, por dios, trabajar 8 horas —o 14, que para ser un líder tienes que ser especial— así. Es un envenenamiento progresivo del sistema nervioso que lleva inexorablemente a un cuadro ansioso o depresivo, cuando no a perder contacto con la realidad.  

Nos convertimos en secoyas creciendo lo más rápido posible para captar la luz. Pero, en nuestro caso, es absurdo, porque esa luz no nos da la vida, y tenemos patitas para huir.  

Yo prefiero ser un Lemming. Me la pela, pantera. Ser de la masa gris e informe tiene grandes ventajas que nadie quiere destacar. Uno se puede centrar en la tarea que le toca y no comerse demasiado el tarro si ha tocado fallar. Puedes ser tú mismo, con tus frikadas y tus mierdas, sin esa necesidad abrumante de unirte a la cultura del colectivo para que se te reconozca con un mínimo de valor. Pero, sobre todo, puedes hacer piña con otros antilíderes igual de hastiados que tú. Tomarte por la mañana un café, y por la tarde unas biras, hablando de tus hobbies cutres y tus intereses, menospreciando el trabajo como lo que es, una mera forma de ganarse la vida, de aportar algo al mundo, que no tiene demasiado que ver con el desarrollo personal.  

Nos necesitamos entre nosotros para hacernos fuertes contra los líderes y la cultura del liderazgo, riéndonos de ellas y ellos, mientras escupimos el café. Es el primer paso para restarles autoridad.  

A mí lo que de verdad me interesa de mis compañeros es si son de vino o de birras, a qué montes suben, cómo cuidan de su gato, o qué juegos les molan de la play.  

Porque, amigas y amigos, nos reconocemos y nos vinculamos en la diferencia. La estandarización neoliberal que promete cohesión en las empresas y en los equipos, sólo genera competitividad, servilismo, alienación y frustración.  

No hay más ciego que el que no puede ver.  

No hay peor masa que la que se esfuerza y presume de liderar.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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