Juanito: la restauración de la confianza en el mundo adulto

[…] La cosa es que, además —para acojonarme más si cabe— me cuentan que Juanito es más malo que Hitler con un dolor de muelas. Que se escapa de casa y que se la pela todo; que va por la vida trapicheando, que corta el bacalao, y que amarga la vida a todos los compañeros de clase que no le siguen el juego. Y que tenga cuidado si me quedo con él a solas, porque es impredecible y no tiene freno. Glup. No me jodas. […]

Lo malo de las redes sociales es que sólo te llega lo güeno.

Pero, en el fondo, yo sé que hay gente que no se ha creído nada del post anterior. Así que les voy a dar en la jeta con un ejemplo.

Conocí a Juanito —creo que voy a usar siempre este nombre ficticio— en la reunión de presentación. Lo primero que me llamó la atención era su mirada de psicópata. Reconozco que me dio miedo. Ahí estaba el cabrón bajo la capucha, clavándome desafiante esa mirada de hielo, en plan, como te pases un pelo, te rajo de arriba abajo como un bacalao para el secado.

Glup. Y hasta la nuez que se me suben los huevos.

Porque Juanito, que tiene 15 años, es alto como la Torre Eiffel, y fuerte como un toro. Si me mete una hostia, me desmonta. Y no quiero ni saber lo que lleva en los bolsillos.

La cosa es que, además —para acojonarme más si cabe— me cuentan que Juanito es más malo que Hitler con un dolor de muelas. Que se escapa de casa y que se la pela todo; que va por la vida trapicheando, que corta el bacalao, y que amarga la vida a todos los compañeros de clase que no le siguen el juego. Y que tenga cuidado si me quedo con él a solas, porque es impredecible y no tiene freno.

Vale, venga, al curro. Que está chupao.

Me acerco primero a sus padres. Su madre es una mujer de perfil muy bajo, depresiva, a cargo de 5 hermanos, uno de los cuales es un bebé de un año, muy demandante hacia ella. Apenas habla, pero transmite todo el rato la sensación de que no puede más, y de que su hijo —Juanito, claro— le está quitando la vida.

Su padre trabaja lejos. Ha tenido que desplazarse hasta Cádiz por motivos laborales. Hablo con él como puedo, por teléfono, y me da la sensación de ser un hombre recto, pero bastante autoritario. Un tipo acostumbrado a que sus hijos hagan a la primera lo que dice, callando la boca y, además, agradecidos.

Se evidencia, entonces, una dinámica circular. Cuando el chico la lía, y se pira de casa, la madre trata de traerlo de vuelta a través del victimismo. No duerme por las noches mientras está fuera, se hunde a la vista de todos, y deja de manifiesto su impotencia y su desesperación, para que otros de sus hijos cubran las necesidades de los más pequeños. Esta situación, paulatinamente, se vuelve insostenible, porque cuanto más se victimiza menos válida se siente como madre. Entonces, llega a un punto de ruptura, en el que su autoestima naufraga en el fango, y se viene abajo, con ganas incluso de matarse porque no puede con su vida.

Entonces, el padre se percata de la situación, normalmente avisado por alguno de sus hijos. Y entra en escena como el Cid Campeador, asumiendo el rol de salvador para con su familia. Abre la puerta de golpe, y va a por Juanito, que baja la cabeza, acojonado, escuchando cada uno de los puñales que su padre le clava: que si eres un cabrón, que si tu madre está así por tu culpa, que si ya puedes cambiar desde hoy mismo, mira lo bien que lo hace tu hermano mayor, porque sólo vales para hacernos sufrir y para fumar porros, con lo que hemos hecho por ti desde siempre…

Desde la perspectiva de Juanito esto es demoledor. Él ya sabe que es un mierdas, y ahora, además, se lo confirma toda su familia. Se siente encima de un escenario imaginario, ante el único público que le importa, haciendo el ridículo. Por eso, porque es insoportable, da un portazo y se marcha. Da igual hacia dónde. Cualquier lugar vale para no conectar con eso. Pero en ese marcharse y dar un portazo al único mundo adulto con el que puede identificarse, también se abren las puertas de la marginación y la delincuencia. Porque ya no quedan referencias a las que seguir, ni mucho menos, relaciones que puedan sostener el arrepentimiento de sus actos porque, para que uno se arrepienta, necesita confiar en que se puede restaurar cierta mirada con ello.

En mi primera entrevista a solas con él, me lanzo a la piscina. O me pego yo la hostia o me las pega él, y prefiero tener el control sobre lo que me toca.

Le digo que me doy cuenta de toda esta putada. Que es injusto que no se le reconozcan los esfuerzos que ha hecho para sacar a su madre adelante, y que le machaquen por un estado de ánimo que poco tiene que ver con él, y mucho con su historia.

Sigue con su cara de asesino bajo la capucha.

Que es una putada vivir a la sombra de un hermano que todo lo hace bien. Y que se le haya castigado sistemáticamente por no estar a su altura. Una altura a la que nunca podía llegar, porque la diferencia de edad lo impedía.

Sigue mirándome, pero la mirada se le relaja. Menos mal, parece que no me va a cortar el cuello justo ahora.

Que tiene que ser un horror vivir con esa mirada de su madre… pero que peor tiene que ser que su padre, la persona a la que todavía desea parecerse, le reprenda de esa manera, dejándolo de lado.

Se revuelve en su silla, inquieto.

Que tiene que ser un horror saber que su padre deja su trabajo y vuelve a casa, por su culpa.

Se le humedecen los ojos.

Y que, en su situación, lo normal es pirarse. Protegerse rompiendo la relación con los adultos. Porque, de quedarse ahí, bajo esos reproches y esa mirada, corre el riesgo de creerse que es un mierdas de verdad, o volverse literalmente loco. Porque nadie, ni él tampoco, merece que se le haga de menos cuando lo único que está tratando es de sobrevivir a un infierno.

Entonces, Juanito arranca, como una moto gripada, y empieza a contarme su historia. Una historia que coincide con lo que le he dicho, y que me da muchas pistas sobre lo que puedo trabajar con su familia.

Una familia que, cuando echa la vista atrás, reconoce a un niño que lo dio todo por su madre. Que se hizo tempranamente el hombre de la casa. Que se esforzó de mil maneras, pero fracasó en el intento de cuidarlos y protegerlos. Que, como si cargara con una mochila de piedras, se agotó por el camino, y seguía gritando “¡Seguid sin mi”!, en vez de “que os den por culo”, como todo el mundo había sentido.

Una familia que puede trasladar estas ideas a la escuela. Y que, cuando lo hace, la escuela reconoce haber visto a Juanito en esos estados previos, cuando se afana porque el resto estén bien, dándolo todo por sus colegas. Una escuela que cambia la mirada hacia él, porque ya no tiene sólo la fotografía del presente, sino el sentido que el pasado da a su conducta, y que acepta gran parte del profesorado.

Un niño que, en clase, deja de ser un reto imposible, para ser alguien que sufre y que, por tanto, también merece cuidados.

Y, milagrosamente, la actitud de Juanito cambia. Primero, pasa de ser el psicópata de Scream, a un niño un poco cabrón, pero graciosete. Se gana a la peña con su sentido del humor un poco canalla. Y empieza a jugar con los iguales y con los adultos. Y, en ese juego, es más fácil conectar con él, con su estado anímico, su experiencia y sus emociones.

Juanito, entonces, se abre en canal. Y empieza a hacer ver que no es malo. Que hay buenos motivos detrás de su comportamiento. Y todo el mundo alrededor no se lo toma como una excusa o una forma de evitar las consecuencias, sino como la realidad tal y como él la está viviendo. Hay quien le devuelve que tiene razón, y quien le dice que entiende sus razones, aunque, como todo el mundo, tenga que responder de sus actos. Y Juanito responde, con media sonrisa, porque todavía tiene que ser duro y cagarse en Dios cada vez que el adulto le jode. Pero, en el fondo, sabe que no le están jodiendo, sino abriendo las puertas para la reparación que tanto necesita.

Juanito deja de trapichear, y sigue saliendo. Pero empieza a avisar cuando llega tarde. Ahora, sabe que su madre padece una depresión que nada tiene que ver con su comportamiento, sino con otras cosas que se han hecho explícitas en sesiones con toda la familia. Y su padre, al ver que está mejor y más conectado con ellos, no siente tanta necesidad de machacarlo. El señor, que ha revisado su propia historia, entiende que no puede pedir a su hijo lo mismo que se le pidió a él, porque no tienen la misma experiencia en la familia.

Y así, sin prisa pero sin pausa, aparece el Juanito de antes. Y todos nos damos cuenta de que no había que cambiar a Juanito, porque el Juanito empático y sensible, que desea lo mejor para los suyos, siempre había estado ahí, agazapado bajo la presión de esa parte que le protegía diciéndole que no necesitaba a nadie, joder, que estaba mejor solo.

Y Juanito no me mató, ni nada parecido.

Mecagoenmiputavida. Esto lo he vivido yo. Y me genera muchísima tristeza que el mundo no lo sepa.

Pero, sobre todo, me aterra que se dé a estos chicos por perdidos.

Que, cojones, sabemos las consecuencias.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s