Una coz brutal 

[…] Tenemos que revisar nuestra sensibilidad hacia la infancia. Pero no desde los libros de texto, sino desde nuestra experiencia infantil más íntima, para poder acercarnos con compasión y curiosidad a esos estados de su sistema nervioso que nos dicen que algo, muy grande, no marcha bien. […] 

De niño me costaba mucho confiar en las personas, pero tenía una confianza ciega en los animales.  

En esa narrativa infantil, los animales eran seres bondadosos que, si trataba con afecto y ternura, nunca, digo nunca, me iban a hacer daño. Y esa relación especial, cercana y secreta con los animales, me hacía sentir un poquito especial.  

Pero un día, todo mi mundo se quebró.  

Tendría yo alrededor de 10 años, y estaba con mi padre en un prado. Había un caballo atado a un poste, y decidimos darle hierba para comer. Todo normal, hierba, ñam, ñam, mimito y felicidad. Hasta que, de repente, zas, estaba en el suelo con mi padre tirándome de los brazos para sacarme de ahí.  

Cuando recuperé la conciencia o la orientación, tenía la espalda destrozada, con la marca de una herradura en el omóplato izquierdo, sangrando. Menudo hostión.  

¿Por qué? 

Si yo sólo le estaba cuidando, mimando y dando de comer.  

¿Por qué me había hecho daño? 

La verdad es que todavía, a fecha de hoy, no lo sé. Tendría buenos motivos, seguro, pero no los puedo entender.  

Y fue justo ese no poder entender lo que quebró un poco mi infancia. Lo que alteró sin remedio toda mi cosmovisión. Una perspectiva del mundo, de las relaciones y de mí mismo que me otorgaba cierto valor.  

A otro niño le habría dado igual. “Mira qué hijoputa el caballo”, y ya está. Pero para mí, que necesitaba más que otros creer en la bondad de los animales, hubo algunas coces más:  

De repente, me sentía vulnerable en uno de los pocos territorios donde hasta hace poco podía sentir cierta seguridad. Así que me esforcé por apartar lo ocurrido de mi mente: “es sólo un caballo loco, otros animales no me van a dañar”. Pero la cosa es que ya no me relajaba tanto con los perros ni los gatos… siempre había cierta sensación de inseguridad o peligro. Cuidado, loco, que algo puede pasar.  

Sin embargo, había una fuerza en mí que se empeñaba en sentir la ternura de antes y apartar ese miedo, porque necesitaba seguir igual. Pero ese empeño sólo me llevaba a sentir con más fuerza el peligro, haciéndome actuar de manera rígida y tensa, despertando así el instinto protector de los animales, que sentían que algo no iba bien.  

Así, poco a poco, mi relación con los animales se resintió. Ni yo me sentía cómodo con ellos, ni ellos podían sentir conmigo la misma seguridad. Se marchaban, se piraban, dejándome ahí empantanado, sintiéndome una mierda, en la más profunda soledad.  

¿Quién o qué era entonces yo? 

Si no era el “amigo de los animales”, ¿a qué me podía agarrar? 

Si era rechazado por la naturaleza, lo que más había valorado hasta ahora, ¿qué decía eso de mí? 

El mundo se había vuelto un poco más hostil por un suceso sin importancia. Porque no tenía importancia, ¿verdad? Total, una herida en la espalda. Ninguna costilla rota. Se cura y ya está.  

Pero, ahí quedó esa sensación, bien dentro: acerca de lo que puede pasar de repente, sin aviso, cuando más se expone uno, cuando se relaja, cuando más da.  

Tendemos a pensar en el trauma desde una perspectiva adulta. Parece que hay sucesos que merecen esa consideración (agresiones, violaciones, catástrofes, muertes…), y otros que son una chorrada, que no lo pueden ser.  

¿Una bofetada? 

¿Una pelea con los amigos? 

¿Una palabra? 

¿Un maldito silencio? 

Pero lo que no sabemos, nunca, es como ese hecho aparentemente insignificante puede alterar el sentido de la realidad. Bloquear, de un tajo, los mecanismos protectores que esa niña o ese niño puedan tener, dejándole en la desesperanza y la soledad más absoluta, porque lo que había servido hasta ahora, ya no puede ser.  

Tenemos que revisar nuestra sensibilidad hacia la infancia. Pero no desde los libros de texto, sino desde nuestra experiencia infantil más íntima, para poder acercarnos con compasión y curiosidad a esos estados de su sistema nervioso que nos dicen que algo, muy grande, no marcha bien.  

¿Lo hacemos suficientemente las personas que trabajamos con la infancia? Me temo que no.  

Porque nunca es el caballo, sino el sentido que se construye o se destruye en torno a esa realidad.  

Y esa experiencia puede ser muy diferente con un acompañamiento cercano, que denote verdadera disponibilidad.  

“Menuda movida. Esto ha debido ser muy importante para ti, me quedo lo que haga falta, porque también lo es para mí.” 

¿Te imaginas? 

Pues imagínatelo.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s