La gata salvaje | metáfora de una vida sin palabras 

[…] Todos venimos de otra vida. De una vida sin recuerdos, ni historias. Una vida que todavía nos afecta, para lo bueno y lo malo, porque constituye el núcleo de lo que somos, desde muy dentro. […] 

Hola, Amara;  

No sé si leerás esto algún día.  

Ahora mismo tienes 3 años y 4 meses, pero quiero contarte un secreto muy importante:  

Todos venimos de otra vida. De una vida sin recuerdos, ni historias. Una vida que todavía nos afecta, para lo bueno y lo malo, porque constituye el núcleo de lo que somos, desde muy dentro.  

Por ejemplo, yo creo que en mi vida anterior fui un topo. Un animalito pequeño y feo que se ocultaba bajo tierra y que a duras penas se atrevía a salir al exterior por la noche, tras asegurarse, una y mil veces, de que no había depredadores.  

Ser un topo es un poco faena. En la boca siempre se tiene el sabor de la tierra. Y se come lo que se pilla, lombrices y caracoles que, como imaginas, no son los mejores manjares. No se siente casi nunca el aire fresco en la piel, y es una vida bastante solitaria. Pero ser un topo no siempre es malo. Allí debajo, bien resguardado, pasan cosas maravillosas que la os animales de la superficie y el cielo no pueden siquiera imaginar, porque están demasiado pendientes de los placeres que a los topos se nos escapan.  

Pero no quiero aburrirte con mis historias, que son cosas de viejos.  

Lo que me gustaría decirte es que tú también vienes de otra vida. Una vida en la que yo estuve y que no puedes recordar, porque el viento siempre, sin excepción, se la lleva.  

Igual te preguntas ahora qué fuiste en esa vida, ¿verdad? Pero yo no puedo decírtelo con seguridad, porque esa es una experiencia sólo tuya. Lo que sí puedo hacer es compartir contigo como te vi en esa vida sin recuerdos ni palabras, en la que fuiste bebé o muy pequeñita, a la que tanto te gusta jugar ahora.  

Pero es sólo mi mirada. Estaría genial que también le preguntaras a Ama, a Aitite y Amama, a Abupí y Abupepe, a tío Piñas y a tío Yago. Seguramente cada uno te cuente una historia diferente. Pero, aunque cada uno te diga una cosa, debes saber que todas, todas, son de alguna manera ciertas; pero la única que vale es la que tú sientas como propia. La que te cuentes a ti misma.  

Pero vamos a lo importante, que ya sabes que soy un pesado y que me enrollo un huevo.  

Yo siento que tú, en esa otra vida, fuiste una gata salvaje negra. Seguro que no te extraña demasiado. Adoras a los gatetes. Por algo será. Creo que es tu animal preferido.  

No parabas de moverte, ejercitarte, subirte a sitios raros y difíciles y demostrar tu fuerza. Que te sobraba descansar o dormir, porque siempre tenías cosas que explorar, por la noche y por el día.  

Ya sabes: muy pirata.  

Además, sabías poner en valor tus intereses y necesidades por encima de las del resto del mundo. Qué gusto. Te importaba un huevo como tenían que ser las cosas, tu ibas a tu pedo, por los tejados, por encima de todo el mundo, haciendo las cosas a tu manera.  

Y no sabes qué orgullosos estábamos. Ojalá nunca te olvides de que sigues teniendo esa fuerza en las garras.  

¿Te acuerdas? 

Claro que no, por eso te escribo esto.  

Hacías cosas muy raras. El segundo día después de nacer, ¡te diste la vuelta sola! Nadie se lo podía creer, pero nosotros, aita y ama, lo vimos con nuestros propios ojos. Pero, pero, pero… —decía la gente— si eso no lo puede hacer una bebé tan pequeñita.  

Pero tu saliéndote del molde, tal y como sigues haciendo ahora. 

Pero esa fuerza y esa independencia de gatete, no te restaba ni un ápice de ternura.  

Me acuerdo de un día que me llevé un disgusto, cerré el blog, y me pillaste llorando en casa. Apenas tenías año y medio. Una canija. Pues te quedaste parada, te cambió la carita, te acercaste y empezaste a darme un mimito por la espalda. Estuviste ahí un buen rato, acariciándome con tus almohadillas de gatete, hasta que se me pasaron todos los males. Porque, para ti, el resto de animales son importantes, pertenezcan al mar, al aire, a la tierra o, como yo, al subsuelo.  

Eso sí, en cuanto me viste bien, marchaste de nuevo a correr aventuras. Y yo me despedí orgulloso de verte crecer así, como una gata negra salvaje. Salvaje en el explorar y en el cuidar, porque sabes y puedes poner toda su alma en ello.  

Y es que quién me iba a decir a mí, un topillo miedoso y atormentado, que iba a criar a alguen como tú, tan espléndida y valiente.  

Y que iba a reconfortarme tanto que vayas por los tejados, toda loquita, asumiendo tus riesgos y escribiendo con esas uñas afiladas, tu propia historia.  

Gracias por existir a tu manera.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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