Las aventuras de Bebé Pedorro | un cuento que huele mal 

[…] —Aita, ¿me cuentas el cuento de Bebé Pedorro? —me dice, cuando necesita refugio.   

Entonces, ambos nos apartamos del mundo; y ella se sube a bracitos, colocándome su cabecita en el hombro. Yo le hago cosquillas por la espalda, y empiezo a narrar:  […] 

Hay un nuevo personaje en nuestra vida. Se llama #BebéPedorro, y es simplemente genial.  

Bebé Pedorro es el personaje principal de un cuento que se cuenta bajito y despacio, porque sirve para ir hacia la calma y la seguridad.  

Pero es, también, un cuento que ha construido ella, en base a algunas preguntas que yo le he podido hacer. Y en cada versión se cambia un poco, sobre todo, al final.  

—Aita, ¿me cuentas el cuento de Bebé Pedorro? —me dice, cuando necesita refugio.  

Entonces, ambos nos apartamos del mundo; y ella se sube a bracitos, colocándome su cabecita en el hombro. Yo le hago cosquillas por la espalda, y empiezo a narrar:  


«Érase una vez una niña que se llamaba Amara. Amara era una niña especial porque, al contrario de otras niñas y niños, podía volar con su imaginación. Lo hacía cuando estaba dormida, soñando.  Despierta no podía ser.  

Un día, Amara se fue a la camita, se durmió y empezó a flotar en su habitación. Subió y subió hasta llegar al techo, donde había una ventana abierta desde la que se veía el cielo azul. Flotando como un globo, la traspasó.  

Subió y subió sin esfuerzo. Desde arriba pudo ver el tejado de su casita, y como se hacía cada vez más pequeño según subía hacia el cielo.  

De camino hacia las nubes blancas, se encontró con un pajarito. Lo miró, y se sorprendió al reconocer al gorrión que se quedó atrapado en el balcón cuando era bebé, y al que le costaba mucho trabajo volar.  

—Hola, amigo —le dijo Amara.  

—Pío, pío —respondió el gorrión, agradecido por lo que Amara hizo por él.  

Siguió subiendo. Cada vez hacía más viento y más frío.  

De repente, escuchó un ruido muy fuerte y desagradable: “Fffffffffffhhhh”.  

Tuvo que apartarse muy rápido, porque era ¡un avión! 

¡Casi se chocan! 

Desde donde estaba, muy alto, alcanzaba a ver el mar y el puerto. Y se dirigió hacia allí, suavemente, disfrutando del vuelo.  

En el puerto había muchos barcos atracados.  

Había uno verde que llevaba…  

—Pianos —puede responder ella.  

Había otro azul, que llevaba… 

—Sofás.  

Había otro amarillo que llevaba…  

—Televisiones.  

Y había otro rojo, muy rojo que llevaba… 

—Regalos —y como aquí es donde quiere llegar, suele sonreír.  

Amara vio todos los barcos de colores, y pensó en cuál le gustaría posarse. Tras pensarlo un ratito, eligió el de color…  

—¡Rojo! 

Cuando llegó a la cubierta, se sorprendió de la cantidad de regalos que había. Parecía una montaña.  

Se quedó mirando, atontada y, de repente, intuyó una presencia a su espalda. Se giró y descubrió a un hombre con barba blanca y cara de bueno. Fumaba en pipa y llevaba una gorra de color azul, en la que ponía… 

—Capitán.  

Eso es. Era en capitán del barco. El que mandaba más.  

—¿Qué haces aquí, niña? —dijo con amabilidad.  

—Quería ver de cerca los regalos — respondió Amara, diciendo la verdad.  

—¿Te gustan los regalos? —preguntó el capitán. 

—Me gustan mucho.  

—¿Te gustaría llevarte uno? 

—¡Claro! —exclamó Amara, rebosante de ilusión.  

—Está bien —aceptó el capitán—, puedes llevarte el que quieras. Pero sólo puede ser uno, así que elige bien.  

Amara miró la montaña de regalos. Le llamó especialmente la atención el que estaba justo en la cumbre. Era un regalo de color…  

—¡Verde! —dice con fuerza.  

Y con un lazo de color… 

—¡Blanco! 

Amara empezó a quitar el papel verde. Ras, ras, ras. Y rompió con los dientes el lazo blanco que no dejaba abrir. La caja de dentro era de color marrón.  

Levantó poco a poco la tapa, con curiosidad por saber qué había en el interior. Cuando la hubo quitado, sólo podía ver negro, muy negro. Parecía que sólo había oscuridad allí.  

Afinó la vista y, de repente, surgió un ruido muy fuerte de ahí:  

—¡Pppppppppprrrhhh! 

Olía muy mal. Olía a caca que echaba para atrás.  

Afinó la vista y descubrió que en el fondo de la caja había…  

—¡Un bebé! —dice, partiéndose de la risa.  

¡Era un bebé! 

¿Pero un bebé de juguete o de verdad? 

—¡De verdad! 

Entonces, Amara le dijo:  

—Hola Bebé.  

Y el bebé respondió:  

—¡Pppppppppprrrhhh! 

¡Qué asco! 

—¿No sabes hablar, Bebé? —le preguntó Amara.  

—¡Pppppppppprrrhhh! —repitió el bebé, con su culete.  

Entonces, Amara tuvo una idea genial para comunicarse con él. Hablaría en su mismo idioma, en un lenguaje que él pudiera comprender.  

Se giró, apretó la tripita, relajó el culete y…  

—¡Pppppppppprrrhhh! —soltó por su ojete.  

—¡Pppppppppprrrhhh! —respondió con una sonrisa el bebé.  

Y así fue como Amara y el Bebé pedorro se hicieron amigos. Dejando el barco que olía fatal.  

Amara cogió a Bebé Pedorro de una manita. Despacito, para que no tuviera miedo, se lo llevó a volar. 

Juntos recorrieron el mundo, llegando a los sitios más raros y fantásticos; corriendo aventuras que nunca podrían olvidar.  

Y el primer sitio al que fueron se llamaba…» 


Nos vamos entonces a alguno de los cuentos que le gustan. Nos encontramos con los personajes, e imaginamos alguna aventura rara, muy rara, pero conectados y abrazaditos, hasta que todo vuelva a estar bien.  

Por mi parte —aunque su culete huela a rayos malayos— sólo tengo palabras de cariño y agradecimiento hacia ese bebé.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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