La maldición del confesionario

[…] Hablar del dolor no es requisito imprescindible para un buen acompañamiento. […]

Las personas que trabajamos acompañando a otras personas arrastramos una losa muy pesada, que es tanto el resultado de nuestra tradición científica como religiosa. 

Vamos a ponerle un nombre así, como chachipiruleta: la MALDICIÓN DEL CONFESIONARIO

Tendemos a concebir, sin darnos cuenta, los procesos de acompañamiento, bien como la consulta de un médico, o como la confesión al cura del pueblo. Y ambas perspectivas, tienen elementos en común: para sanar, evolucionar, cambiar, progresar, o lo que narices sea, debe expresarse una NARRATIVA SINCERA ante un profesional, preparado, especialito, con superpoderes, que sirve de VEHÍCULO para acceder a un lugar mejor, el cielo o la sanación.

Y si este esquema no se reproduce, nos sentimos fatal:

«No puedo hacer mi trabajo.»

«Es una familia muy resistente.»

«No acepta la relación de ayuda.»

«No confía en mí, ni en mi criterio.» 

En la primera entrevista con ella, Marta me dejó bien claro que ella no iba a hablarme ni de su familia, ni de su pasado. 

* Marta, por supuesto, es un nombre ficticio. 

No pienses que te voy a hablar de esas cosas —me dijo—. Eso no tiene nada que ver con lo que me pasa ahora. 

Vale —le dije—. Si ése es tu límite, trataré de respetarlo. Pero, porfi, corrígeme y perdóname si se me escapa alguna pregunta que te incomode, porque no estoy acostumbrado a trabajar así, y fijo que se me va la pinza. 

Las personas con quienes trabajamos, a veces, tienen muy claros cuáles son los LÍMITES que necesitan para permanecer reguladas. El problema, a menudo, lo tenemos como profesionales, que presuponemos que esos límites tienen que ver con nosotros, en vez de ser un recurso de autocuidado. Y así vamos por la vida, intentando con pico y pala, derribar los muros que las personas erigen para protegerse; y luego nos sorprendemos —¡aibalahostia!— de que nos manden a la mierda. 

Porque la literatura científica y la investigación-acción concuerdan en esto. Lo prioritario en cualquier proceso ni somos nosotros, ni nuestra técnica, ni que se hagan las cosas como al sistema (de protección, educativo, sanitario, etc.) le gusta y le complace. Lo que de verdad ayuda a las personas son la CALIDAD DE LAS RELACIONES. Y eso, amigas y amigos míos, es independiente de lo que nos quieran o no contar, o de los límites que las personas proponen o imponen para mantener un espacio mínimo seguro; pero está muy relacionado —muy mucho— con la capacidad de autorregulación y de reparación que tengan las figuras profesionales implicadas, muy a menudo con muchas cositas que sanar de su propia infancia. 

Porque son esos TRAUMAS SIN TRATAR de las y los profesionales los que irrumpen en los procesos, y no permiten a las personas avanzar a su ritmo. 

¿Quién no ha tenido nunca la sensación de que debe hacerlo especialmente bien en un caso porque hay mucha gente mirando?

¿Quién no ha entrado en una guerra con alguien para que le cuente lo que ha sucedido?

¿Quién no ha sentido alguna vez que tiene la razón y que la persona a la que acompaña debe aceptar su criterio?

Pues amigas y amigos, esas sensaciones tan fuertes tienen que ver con nosotras y nosotros. Nada que ver con lo que de verdad está en la base de la calidad de los procesos. 

A ver, que no digo yo que no me ayude currarme un buen genograma, o que me cuenten las faenas que les ha hecho la vida. Es cierto que, normalmente, con información se avanza más rápido pero, a veces, ir rápido perjudica a las personas. 

Marta, por ejemplo, tenía buenas razones para ir despacio y resistirse al confesionario. Se había criado con sus abuelos, porque su madre y su padre eran muy jóvenes y nunca les permitieron hacerse cargo de ella. 

Su abuela y su abuelo tenían muy buenas intenciones, querían que saliera adelante, pero esa niña pequeña, inquieta, confundida, rebelde, siempre fue sentida como una carga no deseada. Le dieron todo lo que puedieron, pero creció con una sensación de vergüenza tremenda: como si nunca, hiciera lo que hiciera, pudiera ser suficientemente buena. 

Para protegerse, y pertenecer a su familia, se impostó a sí misma, creándose una coraza de perfección que le permitía sentir que era autosuficiente y dueña de su vida. Pero la intervención de los servicios sociales, debido, entre otras cosas, a lo severa y restrictiva que era con su hija, amenazaba todas sus defensas, evidenciando no sólo que era una niña herida, sino que estaba dañando a su hijo de la misma manera. 

Era esa vergüenza lo que estaba tras los límites que me imponía. Una VERGÜENZA que era insoportable y que, de muchas formas, seguía dominando su vida. Pero lo que no se ve tan fácilmente es que esos límites, bruscos, radicales, hoscos y firmes, que sacaba con garra, era lo único que le había ayudado a sobrevivir toda su vida. 

No toques ahí, ¡que te reviento!. Y, así, podía seguir su vida. 

Quizás, nos toque pensar un poco en si es posible un buen acompañamiento sin pasar por la consulta del especialista o por el confesionario. Yo que sé, voy a soltarlo a lo loco, estar de la mejor manera posible con una persona muda, de quien no sabemos nada y que, a pesar de entendernos, no emite palabra. Quizás, ahí, justo ahí, es donde se pone a prueba nuestra HUMANIDAD: lo que hay que poner en juego por delante, por encima, y mucho más allá que nuestra formación y nuestro conocimiento. 

Pero, ¿nos lo creemos?


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

2 comentarios en “La maldición del confesionario

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