El dentista bueno

Sobre el impacto que tienen las mujeres y hombres que tratan bien a la infancia.

Me pidieron ayuda porque el niño se ponía fatal cuando acudía al dentista. 

Imposible hacerle nada en la boca. Parecía ir de buena gana y con intención de colaborar, pero cuando el médico empezaba su trabajo, algo se activaba en él que le hacía gritar y patalear con una fuerza descomunal. Como un miura. 

—¿Qué puedo hacer? —me preguntó su madre. 

«Ni puñetera idea», pensé yo. Así que decidí investigar más al respecto. 

Hablé con el dentista. Un hombre que estaba muy preocupado, y que quería hacer bien las cosas. Me dijo que el comportamiento del niño, de 8 años, le sorprendía, porque permitía la anestesia, que es la parte más dolorosa del proceso, pero luego no le permitía trabajar en su boca. A hostia limpia. 

—¿Qué puede pasar? —me preguntó.

«Ni idea», me dije otra vez, tratando de ser, al menos, sincero conmigo mismo. 

—¿Cuando ocurre precisamente “la transformación”? —le pregunté. 

—¿La transformación? —lo pilló al instante—. Justo cuando le pido que esté quieto. 

«Pum.» Sentí un pequeño susto, a modo de neurocepción. «Esto es importante, fijo.»

En la sesión siguiente con la familia, formada por la madre, su actual pareja, su hermana mayor y una tía que convivía en la casa, pregunté sobre las posibles experiencias de INMOVILIZACIÓN que había podido tener el niño. Sabía de un padre agresivo y autoritario, e imaginaba que por ahí podían ir los tiros. 

Pero, en intervención familiar, la nuestra es una escopeta de feria. 

—Hace 4 años, le operaron de apendicitis —empezó la hermana—. Le dolía un montón, y estaba aterrado. Cuando llegamos a Urgencias, tuvieron que sujetarlo entre 4 médicos, porque no se dejaba explorar. 

—Hostia. Pobrecillo —me salio decir—, y ¿cómo se resolvió la cosa?

—Pues al final lo tuvieron que operar de urgencia —continuó—. Para anestesiarlo se repitió el episodio. Luchó con todas sus fuerzas, hasta que quedó dormido. 

No dije nada, y me llevé la conversación a casa. Lo tenía bastante claro, pero quería esperar al siguiente día para hacer una devolución en condiciones. 

—Creo que estamos muy equivocados —empecé—. Pensábamos que nos enfrentábamos a un problema, pero tenemos entre manos todo lo contrario. 

Se miraban entre ellos. 

—Ya sé que suena extraño, pero creo que el niño está tratando de resolver algo que pasó hace tiempo, y que ha quedado fijado en su cuerpo, como un peso que siente a cada paso —dije—. Porque no hay nada peor que saberse en peligro y enfrentarse al dolor sin poder hacer nada para protegerse. Patalear es una forma sana de recuperar el control que entonces necesitó pero no tuvo. 

Tras hablar extensamente con la familia, volví a la consulta del dentista. 

—Creo que no es un caso para mí —me dijo con una humildad que no suelo percibir entre médicos—. Quizás lo derive a un dentista especializado en niños. Allí pueden aplicarle técnicas de sedación que faciliten el proceso. 

—Me da un poco de miedo la sedación —dije—. Porque, si actúa sobre el sistema locomotor, puede maximizar la sensación de indefensión, y si induce un estado alterado de conciencia puede estimular procesos disociativos. De todas formas, yo no tengo ni idea de esto. Lo consultaré con un psiquiatra o psicoterapeuta de nuestra confianza, para estar seguros, porque habrá que elegir muy bien el medicamento y la dosis. 

Mientras, pensaba que, ojo, no tenía que perder la oportunidad, porque estaba ante un hombre sensible y bueno. 

—Lo que él necesita ahora, es resolver lo que le pasó hace 4 años. Recuperar la sensación de control que entonces no tuvo. A fin de cuentas, la reacción de lucha es lo sano cuando uno se siente en pelig…

—Espera, Gorka —me interrumpió—. Creo que te pillo. Que sepas que esta consulta está abierta para él. Puede pasar las veces que quiera a patalear y a sentir que aquí se respetan sus necesidades y su criterio. 

Me recorrió una electricidad de los pies a la cabeza. Y al pasar por ahí se me humedecieron los ojos. 

—¿De verdad? —pregunté, atónito.

—Sí, y no le pienso cobrar, a no ser que logremos finalizar el proceso. 

—Gra… gracias —balbuceé.

—Tú y yo hablamos, y me vas diciendo cómo hacerlo. 

Imaginad el impacto que tienen en el mundo varios de éstos. Profesionales que, como diría Jorge Barudy, forman parte de esa “manada de mujeres y hombres buenos”. 

Imaginad. Y sabed que andan por ahí, haciendo cosas, pero en silencio. 


* Relato ficticio pero basado en experiencias reales. 


Referencias: 

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia.Barcelona: Gedisa

DANA, D. (2019). La teoría polivagal el terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017). Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

2 comentarios en “El dentista bueno

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