El cocinero asesino

[…] Las reacciones de activación de nuestro sistema nervioso simpático, es decir, la respuesta de lucha o huida, siempre es una reacción ante un peligro. Un peligro que puede ser del presente o del un pasado que, de una u otra manera, nos ha hecho especialmente sensibles a determinados estímulos. […]

Ayer andaba yo cocinando. No era nada para presumir, sólo unas pechugas de pollo a la plancha. De repente, Mariña, mi mujer, se colocó en una esquina, muy cerquita, para hablar con nuestra hija.

Yo seguí a lo mio, distraído. Hasta que decidí abrir el cajón de los cubiertos, que chocó muy levemente contra su cuerpo. De repente, sentí un latigazo de energía por los brazos, a la vez que un peso en la frente. Mi espalda se puso tensa, y las piernas se clavaron en el suelo.

A pesar de cómo la he descrito —que soy muy de Bilbao a la hora de contar las cosas—, fue una reacción leve. Creo que ella ni siquiera la percibió. Pero era una oleada de furia extraña. No parecía tener sentido.

¿O sí?

Las reacciones de activación de nuestro SISTEMA NERVIOSO SIMPÁTICO, es decir, la respuesta de lucha o huida, siempre es una reacción ante un peligro. Un PELIGRO que puede ser del PRESENTE o del un PASADO que, de una u otra manera, nos ha hecho especialmente sensibles a determinados estímulos. Y la respuesta de lucha es, normalmente, una reacción natural a la invasión o la transgresión de los propios límites por parte de un enemigo contra quien se puede iniciar, sostener y ganar un “combate”.

Este tipo de reacciones, “simpáticas”, nos ocurren todo el rato. A veces, son muy potentes y se notan. Otras veces, son leves y pasan desapercibidas. Y en algunas ocasiones nos desbordan y nos llevan a actuar de manera chunga, haciendo daño de manera directa o indirecta a las personas a quienes queremos.

En mi caso, es evidente que la situación que estaba viviendo ayer, en mi casa, cocinando tranquilamente, con un buen ambiente y en compañía de las personas a quienes quiero, no incluía ningún peligro, así que, con total seguridad, mi reacción estaba anclada en otro lugar y tiempo.

No voy a contar esa parte de mi historia, porque incluye a personas a quienes respeto y quiero. Pero sí toca hablar de las OPCIONES que tenemos cuando se activa en nosotros una respuesta desagradable de este tipo.

Pero antes, hay que aceptar que no siempre tenemos disponibles todos los recursos. Cuanto más intensa es la reacción, menos cosas podemos hacer con ella, dado que según aumenta la intensidad, vamos perdiendo más y más el control, así como la capacidad para vernos a nosotras y nosotros mismos como personas con una mente que puede mediar entre el contexto y nuestro sistema nervioso autónomo. Por eso, si algo queda fuera de nuestro control, toca aceptarlo y buscar ayuda para encauzarlo.

En mi caso, al ser una cosa leve, tenía un gran abanico de opciones. Veamos algunas de ellas.

Podía HUIR de lo que sentía. Es una cosa que se hace mucho. Poner la atención en otra cosa y esperar a que la emoción desaparezca. No es una mala opción para salir del paso, sobre todo, si no contamos con tiempo suficiente, pero debemos ser conscientes de que a pesar de la ilusión de resolución —no ser consciente de que la emoción está—, no es un alivio para el organismo, que tratará por todos los medios de comunicar lo que es importante para él para que nos hagamos cargo.

Podía LUCHAR contra lo que sentía. Que, ya sabéis, no lo recomiendo a nadie. Porque eso introduce más tensión y energía en un sistema ya de por sí predispuesto a la lucha. Es como cuando un padre pega a un niño para que no pegue a un compañero. Sólo que aquí, en vez de un zapato y una correa, se hace a través del sentimiento de CULPA que es lo opuesto a tener una actitud de empatía, curiosidad y aceptación hacia una o uno mismo.

Hago un paréntesis para meter así, con calzador, una pequeña reflexión que puede tener mucho de cierto. Es en relación a las niñas y los niños que agreden a otros niños. Muy a menudo hay en ellos mucho de lo que hemos descrito, un sentimiento intolerable de culpa y vergüenza, que les lleva a sentirse peores que el resto y enfrentados al mundo, quizás en gran medida por la actitud de un mundo adulto que confía demasiado en los reproches para regular la conducta. ¡Hala, que sigo!

Podía NEGAR lo que sentía. Es decir, colocarlo en una cajita a parte, para no verlo, quizás porque me devuelve una imagen de mí mismo que detesto. El problema de esto es que dejarlo ahí, fuera de la conciencia, consume unos recursos de la pera. Es como tener el Chrome abierto con 70 pestañas, la RAM se queda a 0. Entonces, el sistema nervioso empieza a renquear, a ir despacio, a estar sobrecargado, porque hay procesos en segudo plano, con el añadido de que lo que hay ahí está vivo y lucha por emerger para comunicarnos algo muy importante: cómo podemos estar protegidos.

O podía CUIDAR de lo que sentía. Que es la opción mejor y, cojones, dejadme presumir para una vez que me sale a huevo. Cuidar implica, primero, reconocer que hay una diferencia entre sentir y hacer, y que yo soy responsable —cuando se puede— de lo que hago, no de lo que siento. Que mi sistema nervioso autónomo, como el de todo el mundo, va a su pedo.

Por eso es tan importante aceptar y reconocer esos estados. Al hacerlo, se produce el inicio de la magia de la INTEGRACIÓN, esto es, conectar el sistema nervioso central con el sistema nervioso autónomo. Y es precisamente esa transmisión del impulso nervioso, lo que refuerza y engruesa en cableado que conecta la mente con las reacciones del cuerpo, haciendo más fácil que se tengan en cuenta y se comuniquen entre ellos.

Cuidarse es prestar atención a lo que el cuerpo quiere decir, porque es sabio, y hacer algo para que se sienta escuchado:

«Vaya, Gorka, menudo latigazo que te ha dado. Seguro que hay algo ahí que es importante para ti, y que todavía no tienes bien trabajado. Respira, míralo, y síentelo, ya sabes que no va a durar para siempre, pero prométete que lo vas a escuchar en otro momento, cuando las circunstancias acompañen y tú estés mejor preparado».

Primer suspiro de alivio. No hace falta atenderlo ahora, pero va a atener su espacio.

Esto permite un retorno rápido y saludable al ESTADO VAGAL VENTRAL, que implica la activación de los circuitos de compromiso social o, para que nos entendamos, la posibilidad y oportunidad de PEDIR AYUDA para regular mejor nuestros estados de ánimo.

Así que, ahora, toca comentar la jugada. Pero claro, sin luchar, sin culpabilizar, y sin exigencias de ningún tipo.

«Hostia Mariña… quiero compartir contigo una cosa. No tiene nada que ver contigo, pero mira lo que me ha pasado. Lo siento si has notado algo extraño.»

Seguramente, así, encontraré una respuesta que me ayude a situarme mejor en posteriores ocasiones. A fin de cuentas, ahora seremos dos contra mi sufrimiento. Un equipo. Qué gustito.

Porque eso de pedir ayuda es lo más cercano a instaurar una verdadera COMUNICACIÓN CLARA y ASERTIVA. Es decir, que el mensaje llegue donde y como debe llegar, estimulando los cuidados.

Redondo, ¿verdad?

Pues hala, a por ello.


Referencias:

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa

DANA, D. (2019). La teoría polivagal el terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017) Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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