La mirada que te faltó

[…] —No lo sé —respondí—. Comparto la misma intención que tú, pero tengo una cosa muy clara: si ella no se siente comprendida en su experiencia, es muy complicado que te haga caso. Ya sabes cómo es. […]

—Voy a hablar muy seriamente con ella. Lo que ha hecho es intolerable. Va a tener que asumir las consecuencias —dijo. 

Se refería a un episodio en el que su hija de 15 años había insultado muy despectívamente a la madre de una compañera de clase, sobre la que, además, estaba ejerciendo acoso escolar. 

—Entiendo que no quieras que se vuelva a repetir. Es muy grave —respondí, con cuidado. 

—No puedo permitir, Gorka, que haga estas cosas. Si no tiene una respuesta, va a repetir ese comportamiento. 

—Lo veo parecido —le di la razón—. Necesitamos hacer algo para que no repita una conducta similar. Hay que hacer lo posible para que no agreda a los demás, y para que protegerla, porque si hace ese tipo de cosas, se va a acabar metiendo en problemas que no va a poder gestionar. 

—Hoy mismo hablo con ella. 

—¿Desde el enfado?

—¿Cómo si no? —me reprochó. 

—No lo sé —respondí—. Comparto la misma intención que tú, pero tengo una cosa muy clara: si ella no se siente comprendida en su experiencia, es muy complicado que te haga caso. Ya sabes cómo es. 

—¿Y tú qué harías? 

—¿Te apetece escucharme? —pregunté sin saber qué iba a responder. 

—Sí. 

—¿De verdad? —le miré con picardía. 

—Venga que sí —dijo rebajando la tensión. 

—Creo que tenemos que hacernos una pregunta: ¿qué ha activado esa reacción?

—Yo qué sé. 

—Te puedo lanzar una idea —me aventuré— puede que me equivoque pero, al escuchar lo que ha pasado, me ha resonado que ella ha podido sentir dos cosas muy fuertes: por un lado, la etiqueta de “niña mala y desagradable” que lleva puesta y, por otro, la sensación de ser rechazada por una figura adulta. Parece que tu hija tiene ambas heridas muy abiertas. 

—No sé. Puede ser. 

—Puede ser —afirmé—. Es muy lógico responder al rechazo con agresividad, porque lanza el mensaje de que somos una mierda. Y eso da en lo más profundo, donde más duele, y no se puede tolerar. 

—Ya. 

Lo dije con toda la intención. A fin de cuentas, una niña con herida de rechazo suele ser muy susceptible al enfado de los adultos, especialmente su padre y su madre, porque la distancia sentida puede activar el miedo a la expulsión de la relación y, en los casos más graves, del sistema familiar. 

—Ayer estuvimos hablando acerca de tu historia de crianza, ¿recuerdas?

—Sí —respondió sorprendida. 

—Hay algo en esa historia muy malo y muy bueno a la vez. 

Se hizo un silencio. Dejé que se activara la curiosidad. 

—¿A qué te refieres?

—En tu historia hay multitud de experiencias de rechazo, es decir, relaciones que se rompen, que generan rabia y confusión, y que nunca más se vuelven a reparar. 

—Eso es verdad —reconoció—. Mira todo lo que pasó con la familia de mi madre. Pero a mí no me gusta hablar de esas cosas. Tengo una coraza. 

—Lo sé. Y no quiero romper esa coraza —dije de manera tranquilizadora—. Está bien que esté ahí, protegiendo ese núcleo vulnerable que contiene tanto dolor. 

Bajó la cabeza. 

—Lo bueno de ese dolor es que puede acercarte a la experiencia de tu hija —dije—, no tanto desde la adulta que eres, sino desde la niña que fuiste. Ella es más sensible a sus necesidades. 

—Igual sí. No sé. 

—La idea es que, cuando una persona es rechazada, suele actuar bastante mal —continué hablando muy despacio—. Sin empatía ni cuidado hacia los demás. Y cuando esto pasa, el mundo adulto suele reaccionar bastante mal. A menudo, presionando y haciendo más daño del que esa personita tan vulnerable puede soportar. 

Hice oro silencio. Seguía mirando hacia abajo. No levantaba la vista. 

—Mi invitación es que exploremos juntos qué te habría gustado que pasara —afirmé—. El trato que necesitaste recibir. 

—Mi tío Óscar. 

Me callé. Y algo dentro de mí me dijo que debía permanecer así. 

—Mi tío nunca me rechazó. Siempre sentí que estaba allí —dijo, quebrándosele la voz—. Nos hemos distanciado con el tiempo, pero cada vez que nos vemos me hace sentir genial. 

Pasamos otro rato en silencio, conectados, así. 

—Mi propuesta es que, durante esta semana, te des un baño caliente. Te sumerjas poco a poco en el placer y el calorcito que te reporta esa relación, y que seas consciente de que, además de todo lo que sufriste, también Óscar estuvo allí.

Le cayó una lágrima sobre el brazo. No se limpió. 

—Y que, cuando vayas a hablar con tu hija, lo hagas reforzada por esa sensación. Porque no podemos descartar que la niña que ahora es, necesite un adulto como el que necesitaste tú. 


* Relato ficticio, con nombres falsos, pero basado en intervenciones y experiencias reales. 


Referencias: 

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa

MINUCHIN, S. (2009). Familias y terapia familiar. Barcelona: Gedisa

PAYNE, M. (2002). Terapia narrativa. Barcelona: Paidós

RYGAARD, N. P. (2009). El niño abandonado. Barcelona: Gedisa


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Un comentario en “La mirada que te faltó

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